6 marzo, 2021

La visita del Ministro (Relato de provincia)

Entonces se avivaron los vítores al doctor Iguarán por toda la gente presente allí en el recibimiento. El varitillero explotaba en el cielo, sin tregua, cohetillo tras cohetillo de pólvora negra. Es entonces cuando el doctor Iguarán, ya metido entre sus copartidarios que lo saludaban, dijo: - “¡Ala! ¿Luego en este vuelo viene algún ministro?”.

Imagen de referencia.

Todos estaban a la espera del Ministro. Allí, posado ya en tierra, estaba el avión. A la sombra de una de sus alas los músicos de la banda de viento se habían amparado de un sol bravo. Ahora ejecutaban el pasodoble España Cañí. Su director, el maestro Ezpeleta, les había hecho repetir hasta el aburrimiento las polcas, mazurcas y también los valses austriacos, todo un catálogo de buena música, para que allí y en ese preciso acto, estos muchachos se lucieran. Él mismo había exigido a todos los de la banda que fregaran el metal de sus instrumentos con bicarbonato de sodio para que el sol les diera visos dorados en tan solemne ocasión.

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Una racha de buen nombre le había venido al maestro once años antes, con ocasión de las ceremonias hechas en honor de Guillermina, la soberana de Holanda. En esa ocasión su mano había sacudido la batutilla con trazos imaginarios en el aire para marcar los tonos melódicos de la banda cuando la reina descendía de un buque de guerra, la vez que vino a Curazao. Ella, impresionada por la armonía de su arte que salía de sus partituras caribes, por tres veces le hizo repetir una pieza llamada ‘El Tabaco de Toribio’.

Ahora, aquí estaba frente al viejo avión que llegaba los viernes, un DC 3, el cual había apagado sus hélices y por eso la música de su agrupación se sentía desbordante, con sonoridades de retumbos. De mucho había valido el duro entrenamiento de días que los muchachos de la banda hicieron en trasnochos seguidos, algunos de los cuales, el maestro Ezpeleta había traído consigo de los pueblos de la Provincia. Así, Tití Zuleta con su tuba papuja; Abelito Verdecia con su alto que contrastaba con el derrengue de sus canillitas de nomo; Popayí con su larga flauta plateada; Lole Mejia, amo del bombardino; Olaya Aramendiz con su saxo que parecía salido de su bigote de escobilla, el de los platillos, el del bombo, el del trombón, el del bugle, el de las maracas y demás, ya hacían una delicia de armonías, aun de temas nuevos como La Violetera y El Último Cuplé, que habían tomado de los ‘Chavales de España’ en una vuelta artística que tan renombrada orquesta había hecho por algunas latitudes andinas y caribes.

RECORRIDO DEL ALCALDE

Cinco días antes, en un pliego de papel sellado, ante un notario y con dos testigos que avalaban el documento, el maestro Ezpeleta dibujó su firma en un contrato con el Municipio. Su banda, ‘Los Caballeros de la Noche’, quedó entonces con la obligación de dar alegría en el recibimiento de su Excelencia, el Ministro, y más luego dar vida a un baile de gala que vendría después de un banquete que brindaba el Municipio.

Antes de su llegada al campo de aterrizaje, el alcalde, Augustico Gómez, quiso darse cuenta que nada faltara en tan celebrada ocasión. Por eso él mismo había ido hasta el taller de don Luis Fernández, joyero de oficio, para eso de las “llaves de la ciudad” que el Concejo Municipal ofrecería a tan ilustre visitante. Una rústica talla en madera de trupillo había servido para hacer un molde de yeso. Después un candelabro de plata fue derretido en una fragua para vaciarlo en la horma hecha, y por último la llave que salió de allí fue pulida con una lima rabo e’ rata’.

El mismo joyero, don Luís, le había manifestado que había rebuscado entre las estampas ilustrativas de una Enciclopedia Jackson, la escena donde Boabdil, el último rey musulmán de España, le hacía entrega de las llaves de Granada a los Reyes Católicos cuando los soldados moros que defendían las murallas de la ciudad, no resistieron por más días el asedio de las huestes cristianas. De allí se había copiado el modelo de la llave, que resultó ser del tamaño de un antebrazo.

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Después, el Alcalde tomó vía hacia la casa de Francelina Rivadeneira, la modista de moda, para recoger las banderitas con las cuales los niños de las escuelas le harían calle de honor al Ministro y a su séquito por la Calle de la Marina. Cinco mil yardas de popelina amarilla, azul y roja se habían tomado al fiado en un almacén de Maicao y cuyo dueño era el turco Ibrahim Solimán.

No se le escapó al alcalde Gómez pasar por la Hostería Brisas del Caribe, para confirmar la reserva de diez habitaciones, número que se calculaba como el de la comitiva que vendría con el Ministro de Fomento. Subió los peldaños hasta el segundo nivel del hotel para dar su aprobación a lo mullido de los colchones de algodón, a los cobertores para estreno, a las almohadas de esponja, a los ventiladores de techo, la vista al mar y a los azulejos de los baños para que no tuvieran una sola peca de mugre.

No quería que ningún detalle incomodara al Ministro y por eso no delegó en ninguno para que no quedara una hendija por donde entrara el cargo de negligente con que los del partido contrario pudieran culparlo. Por eso también estuvo donde Pánfila Brito y le dio un rápido vistazo a la textura de la yuca molida, a las arrobas de tocino de empella, al vinagre criollo hecho de comino majado y cáscara de piña para salpicar los pastelitos que como parte de un refrigerio se daría en el patio de la Alcaldía, cuando los concejales le hubieran hecho entrega de las llaves de la ciudad al ilustre visitante.

Tampoco el Alcalde pudo resistir la tentación de ir de visita donde doña Julia de Parodi en su restaurante ‘DeliCasa’. Allí estaba todo listo para el banquete que habría en la noche en traje de frac. Doce criados con sus mandiles a la cintura harían de meseros. Las viandas estaban todas preparadas: el consomé de pollo, las galletas de queso, el guiso de tortuga, el vino riojano legítimo, las lonjas de novillo adobadas con laurel, el friche con vísceras de chivo, el arroz de ceviche y camarón, las frituras de lebranche en aceite de oliva y en salsa bechamel. Doña Julia le mostró la mantelería holandesa que había heredado de una bisabuela, quien, a su vez, en una época remota la trajo por encargo de una textilera de Flandes, y los 75 juegos de cubiertos de plata maciza que habían salvado sus antepasados de las raterías de los piratas Coz, Duncan, Martin Cotes y Guatarrial, cuando sus buques rapaban por los puertos caribes las morrocotas y alhajas de los avecindados, en tiempos bien metidos en los días que ya fueron.

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Por último, satisfecho de que todo estuviera a punto, tomó la vía del campo de aterrizaje cuando en su Bulova de pulsera las manecillas apuntaban la una de la tarde. Condujo un Buick descapotable que alguno prestó, cuyo motor de arranque lo habían traído en volandas un par de días antes de Maracaibo. A su llegada al campo de aterrizaje pudo verificar, además, que unos internos del bachillerato que le habían enviado estaban atentos con varas y hondas en la mano para corretear a las cabras que se metían a la pista causando riesgos en el descenso del avión.

EL TELEGRAMA

Todo había comenzado con aquel telegrama que llegó claro y preciso. No cabía error en su lectura: “Próximo viernes estaré esa vuelo 707 Taxader en compañía de Harold punto” Copartidario Idelfonso Iguarán punto”

El mensajero de la telegrafía abrió su maletín de cuero y le entregó el telegrama a Luis Romero, a quien venía dirigido. Éste, una vez leído, tomó camino a la sede del Directorio Conservador para que allí se enteraran del lacónico mensaje.

-Aquí no hay de otra – expresó Guillermito Vidal – el doctor Iguarán viene con el Ministro de Fomento, Harold Eder, y hasta parece muy hermanado con él porque lo trata de tú a tú, pues lo llama Harold a secas.

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El escrito terminó en manos del Alcalde quien, pese a ser liberal, como primera autoridad del lugar tenía el deber de hacer los honores a un ministro de Estado, tal y como correspondía al protocolo debido a quien los visitaba con esa alta investidura. Debía entonces darle plazo al pleito casado que tenía con los godos, quienes le hicieron una guachafita tremenda en el Concejo donde lo trataron de malversador del erario público, porque él, con el ánimo de disminuir gastos, compró, para imprimir la Gaceta Municipal, una imprenta usada, con el faltante de unas poleas, que la hacían inútil. 

Además, corrió por las calles una hojita volante que salió también de las manos de ellos, donde le daban el trato de adúltero y bígamo dizque porque tenía devaneos amatorios con una dama ajena, y, además, que era lo que más le dolía, lo resaltaban como el peor alcalde en toda la historia de aquel puerto.

Se sobrepuso al dolor de las ofensas y dio vía libre a los preparativos de un gran recibimiento. Encargó entonces a su secretario la hechura de un decreto de honores para que en un pergamino hecho con cuero de cabritilla y con trazos de un calígrafo hábil en letra pastrana, se declarara al Ministro “hijo adoptivo de la ciudad, e hijo ilustre al doctor Idelfonso Iguarán”.

En las diligencias de tales preparativos, dos veces se hizo el intento de convencer al Obispo para que prestara la alfombra. Algún quemón de odio sentía contra el Alcalde pues a sus oídos habían llegado unos feos comentarios sobre tal mandatario. Se decía que era un sin Dios porque tenía correspondencia epistolar con una logia de rosacruces de Caracas, de esos que la Iglesia había excomulgado por impíos. Cedió por fin a su terquedad gracias a que en la última comisión que fue a su sede, iban algunos de sus feligreses que cargaban el palió del Santísimo en las misas cantadas los domingos de minerva. Ahora, por fin, estaba la alfombra roja extendida hasta la escalerilla del avión.

LA LLEGADA

Entre los pasajeros que descendían, con lentitud calculada, bajó por la escalerilla el doctor Idelfonso Iguarán con la cabeza cubierta con un sombrero borsalino, chaleco de pana, cadenilla de reloj de faltriquera y unos relucientes zapatos de charol con hebillas. De su mano derecha traía asido a un muchacho de pocos años.

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Entonces se avivaron los vítores al doctor Iguarán por toda la gente presente allí en el recibimiento. El varitillero explotaba en el cielo, sin tregua, cohetillo tras cohetillo de pólvora negra. Los personajes más ilustres del puerto, presentes con sus vestidos de paño y corbata, rodearon al llegado. Se oyó un grito potente: “¡Viva el señor Ministro!”, el que fue contestado con otro viva clamoroso del montón de personas que habían llegado en siete buses de escaleras contratados por el Municipio y que para esas horas tenían un embolate en la cabeza por el estrago etílico de doce cajas de Ron Padilla que se les había repartido.

Es entonces cuando el doctor Iguarán, ya metido entre sus copartidarios que lo saludaban, dijo:

-¡Ala! ¿Luego en este vuelo viene algún ministro?

Entonces corrió un soplo de estupor. La perplejidad se asomó en la cara de todos, hasta cuando Wibi Barros interrumpió ese instante de asombro para decir:

– Claro… ¿Y usted no decía en el telegrama que venía en compañía de Harold? Todos creímos que era el Ministro de Fomento, Harold Eder. A eso se debe este recibimiento- puntualizó Barros. El doctor Iguarán respondió con una sonrisa nerviosa.

-Yo les anuncié que venía con Harold, pero no el Ministro. Es Harold mi hijo, aquí se los presento- dijo, señalando al niño que llevaba tomado de la mano.

El desconcierto fue total. A gritos pidieron al varetillero que no explotara más cohetillos, pero como ya estaba borracho siguió metiéndole la candela de una colilla de cigarrillo a sus artefactos de pólvora hasta agotar su arsenal de artificios. Se hizo un silencio mortal entonces, porque hasta la banda enmudeció a una señal del Alcalde. 

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Este se puso las manos en la cabeza con la mirada perdida en el cielo como pidiendo misericordia. De seguido se desnudó del saco de su vestido de lino blanco, se aflojó la corbata y dio un suspiro gordo y ruidoso. Por último, extrajo de su bolsillo el discurso cuya hechura le había robado varias horas de sueño, y con movimientos lerdos de sus dedos hizo mil pedacitos el papel. Después colocó los trocitos en la palma de la mano y con un soplo vigoroso de sus mejillas los diseminó por el suelo del contorno.

Pensó por unos instantes en el costo de aquella ridícula equivocación.

“Menos mal -reflexionaba – que los godos esta vez no le pasarían cuenta de cobro por este despilfarro, porque ellos mismos habían sido los artífices de este panorama de desastre”.

Entonces movido por una resolución de instante, se subió al quinto peldaño de la escalerilla del avión para que todos escucharan lo que iba a decir. Echó en redondo una ojeada tribunicia sobre el montón de paisanos, después hizo un leve carraspeo para afinar la garganta, y entonces gritó:

“¡Carajo, que siga la fiesta! ¡Qué Ministro ni que chorizo! Al fin de cuentas aquí estamos celebrando es la elección del cardenal Roncalli como el nuevo papa Juan XXIII”.

Vino para él un atronador aplauso y después un jubiloso paseo en los hombros de los godos que ahora, con la cabeza calenturienta de ron y alegría, a todo pulmón le daban vivas al Papa y al Alcalde.

No pasaron bastantes días cuando se supo que su Señoría Ilustrísima, el Obispo, cambiando la brújula de sus rencores, escribió una nota al Vaticano que se leyó en los púlpitos y se repartió con la hojita de la misa del domingo, pidiendo para el Alcalde el título de Caballero de la Orden Piana por su santo celo en defensa de la fe. También el Directorio Conservador expidió un comunicado que se repartió en hojitas volantes, y se leyó en el malecón de la playa, en el mercado público, en las escuelas, en el teatro de las películas, en los parques, en el atracadero de las canoas del pescado, en el hospital, en los bares, en las casas de las putas, en la galleras, en los ruedos de las culebreros y en las esquinas del pueblo, con el ratán tan de un tamboril, en la garganta de un heraldo, y que después se dio a conocer hasta en los ranchos de paja y yatajoro de la pampa guajira, en donde fue mudado al dialecto de los wayuú. 

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Tal comunicado decía que don Augustico Gómez era la viva rencarnación de Pericles, el legendario gobernante de la Grecia antigua, por su talante democrático, y que, por todos los bienios, lustros, décadas y centurias, era el mejor alcalde que había parido ese suelo de Nuestra Señora de las Nieves de Río Hacha, desde que el fundador, Nicolás de Federmann, había hincado su pendón de conquista frente a los mangles del río Ranchería, sobre los blanquecinos arenales sofocados de calor y rebrillados de sal.

Ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, enero 15 de 2021.

Por: Rodolfo Ortega Montero