23 mayo, 2022

La poética en la etnia arhuaca

La poeta y docente Rosalba Izquierdo, indígena arhuaca, en compañía de quien esto escribe, presentaron ‘La poética en la etnia arhuaca’, que fue leída en español y en lengua arhuaca.

El auditorio de la Fundación Universitaria del Área Andina, de Valledupar, en la mañana del sábado anterior, fue sede de una velada literaria con los escritores invitados a la quinta edición del Festival Internacional de Poesía y Encuentro Nacional de Declamadores “Clemencia Tarifa”, que se realizó en Codazzi durante los días 20, 21 y 22 de mayo.

Los veinticuatro participantes en lecturas de poemas venían de Puerto Rico, Venezuela, Panamá, y de varias regiones de Colombia. La escritora y docente universitaria Lucía Margarita Cruz, de Puerto Rico, autora del libro ‘Los que mecieron mi cuna’, presentó la conferencia ‘Aproximaciones en las rutas y las derrotas poéticas’ en Clemencia Tarifa (Colombia, 1959-2009) y Julia de Burgos (Puerto Rico, 1914-1953). La poeta y docente Lina María Wadnipar, de Montería, con ascendencia de El Paso, disertó sobre ‘Los rasgos poéticos en la cultura zenú’.

La poeta y docente Rosalba Izquierdo, indígena arhuaca, en compañía de quien esto escribe, presentaron ‘La poética en la etnia arhuaca’, que fue leída en español y en lengua arhuaca. He aquí, unos fragmentos:  

La kankurwa (casa ceremonial) de los arhuacos es el centro del mundo de la poesía. En ella los mamos (seres profundamente espirituales) se reúnen allí con su gunamu (comunidad) para compartir su sabiduría. Las mujeres, sentadas en el suelo, logran conectarse con la misma placenta de la madre seynekun (tierra madre), mientras los hombres poporean para despertar el pensamiento y comunicarse con los padres; y mostrando caras alegres y tranquilas adivinan la palabra hablada y dicen cuentos, cantos y poesías, que allí se conoce como gakunamu (palabra).

 Esta cultura, refugiada en un lugar de La Nevada (conocido como “el corazón del mundo”), constituye un prototipo de integración, trabajo comunitario y convivencia.  Jamás usan armas ni han ido a la guerra. El acto poético es la coherencia vital entre la palabra y la acción.  Todas sus acciones van acompañadas de poesía, que se manifiesta a través de cantos.  Cantan a la lluvia. Cantan hasta para ahuyentar las hormigas de los cultivos.  

 La poesía existe y está al alcance de todos.  Es el vínculo de sentir que se descubren experiencias nuevas que enriquecen nuestra conciencia y nuestra sensibilidad.  Cuando el hombre pierde el deleite de la poesía se agigantan los instintos del poder y la soberbia; entonces se inventa la guerra y la vida se fragmenta en sus manos. ¿Qué refinada sensibilidad tendrá el guerrero, si la guerra es la negación de la vida?   

Sin embargo, para el hombre común, el que no destiñe girasoles con las armas, la poesía no detiene la fe ni la esperanza; sigue vigente en el recorrido de los sueños, abre las puertas a los pájaros que huyen del trueno, siembra sombra en las ramas del desierto y regala de los arhuacos la palabra Dikin kwa riwanamu, como invitación para ponernos de acuerdo en defensa del amor y de la vida. 

Por José Atuesta Mindiola