21 noviembre, 2019

La guerra por el litio

Desde las guerras bíblicas hasta hoy, todas se sustentan en el dominio económico: las médicas, las púnicas, las macedónicas, las dos mundiales; las específicas contra Irak y Libia y otras más; se hacen por tierras y recursos minerales; nadie ha peleado por cooptar la inteligencia de un país. La última y definitiva guerra será por […]

Desde las guerras bíblicas hasta hoy, todas se sustentan en el dominio económico: las médicas, las púnicas, las macedónicas, las dos mundiales; las específicas contra Irak y Libia y otras más; se hacen por tierras y recursos minerales; nadie ha peleado por cooptar la inteligencia de un país. La última y definitiva guerra será por el agua cuyo horizonte no es tan lejano.

El primer poder que surgió sobre la tierra fue el económico, complementado después con el político y con el religioso, la triada perfecta; quien los tenga domeña al mundo. Lo de Bolivia no se debe al resultado de unas elecciones ni a la continuidad de Evo en el poder, aquí se mueven los grandes intereses económicos de los EE. UU., y camarillas criollas sobre un valioso y escaso recurso, el litio, cuya cotización internacional gira alrededor de los seis mil dólares/ tonelada, (Tm), 12 veces una Tm de petróleo a valor presente, amén de su estratégica utilización energética, en especial en la fabricación de baterías.

Bolivia posee el 60% de las reservas mundiales de este metal, con 21 millones de Tm en su subsuelo que justifican cualquier golpe de estado y que Evo no estaba dispuesto a dejarse arrebatar como lo hacían desde la colonia. En la carta de Cuauhtémoc nos enteramos del tamaño del saqueo que hemos sufrido de nuestros minerales desde la conquista española y Bolivia fue uno de los grandes saqueados; este país acaba de lanzar el primer auto latinoamericano impulsado por estas baterías, con su propia tecnología.

La permanencia en el poder de una misma persona, común en el mundo, no les preocupa a los grandes conglomerados económicos; el Japón es un imperio con herencia familiar, gran aliado de los EE. UU.; allá no se producen elecciones; igual ocurre en Arabia Saudita y otros principados afroasiáticos a quiénes nadie les exige democracia, cohabitan con ellos, solo piden compromisos económicos y alianzas militares. Nuestras democracias latinoamericanas solo son útiles mientras cooperan con los EE. UU., y grandes consorcios económicos del mundo.

Pinochet fue elogiado por sus aparentes logros económicos con la cartilla de los Chicagos Boys y, pese a tomarse el poder en forma cruenta y a sus posteriores crímenes de “limpieza”, sus atropellos a la democracia y al pueblo chileno fueron banalizados por sus socios y corifeos. Pero, como un retruécano histórico, su falacia es develada, Piñera lo ha reconocido. En Colombia hay herencia electoral, un remedo democratero manejado por diez familias que ejercen el poder en forma ininterrumpida a través de una casta militar abyecta que protege a las llamadas “gentes de bien”. Siempre, el poder se ejerce con las armas, acompañado por la triada.

Hay que sincerar las formas de gobernar y redefinir el concepto de democracia; desde la revolución francesa mucho ha cambiado la humanidad. Incluso, el papa francisco dijo que el concepto de Dios había que redefinirlo, atendiendo la dinámica de los hechos que dicen, son tozudos.

Ya no podrán delimitarnos con estereotipos, por creíbles que sean, la concepción del mundo y de las instituciones crece cualitativa e hiperbólicamente; en los últimos 20 años hemos avanzado más que en los 2.4 millones de años que nos separan del Homo Naledi. Ahora somos el Homo social, que no come cuento, lee críticamente los procesos, marcha y protesta.