3 enero, 2016

La Cuba, un laboratorio de paz

A miles de kilómetros de La Habana, donde se negocia la paz entre el gobierno y las Farc, hay un territorio que es modelo para el posconflicto porque luego del azote de la violencia hoy se trabaja para incentivar el perdón y la reconciliación.

 

En esta Cuba no hay plenipotenciarios del gobierno ni mucho menos de las Farc, en esta Cuba también se siembra café, cítricos y otros cultivos, con campesinos que trabajan por la cooperativización de los medios de producción, pero no tiene un régimen comunista como ocurre en la isla del mar Caribe del que diariamente surgen noticias de lo que sería la paz en Colombia.

La Cuba de la que les habló es una finca de la vereda La Cuba- Putumayo, una de las doce veredas del corregimiento de Azúcar Buena, cuyo asentamiento principal recibe el nombre de La Mesa, nombre reconocido a nivel mundial porque en esa zona del noroccidente de Valledupar, el 10 de marzo de 2006, entregaron las armas y renunciaron a la guerra 2.545 hombres del bloque norte de las Autodefensas Unidas de Colombia al acogerse a la Ley 975 de 2005, más conocida como Ley de Justicia y Paz.

Les habló de un territorio que pasó de ser un fortín paramilitar a un prototipo de laboratorio de paz, promovido por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, que a través de proyectos de asistencia técnica capacita a los campesinos en producción y comercialización de plátano, café, aguacate, tomate y cacao, entre otros.

Los experimentos de este laboratorio consisten en que las personas que por culpa de los grupos armados habían dejado de ser campesinos para convertirse en víctimas de desplazamiento y despojo, vuelvan a producir en el campo; que los desmovilizados de la guerrilla y los grupos paramilitares, que por diferentes motivos dejaron de ser campesinos para convertirse en combatientes, vuelvan a ser lo que eran y trabajen asociados para un mejor futuro.

La desmovilización de hace una década en vez de generar confianza y devolver la tranquilidad, estigmatizó a los habitantes de esta comunidad, que algunos llegaron a considerar el fortín de los paramilitares, y es que no era descabellada la idea. Allí nadie salía ni entraba sin el visto bueno de los hombres que bajo el mando de Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’, llegaron a la zona en septiembre de 1999 con la excusa de sacar a sangre y fuego a la guerrilla de la región.

La mayoría de la gente que se desmovilizó vestía suéteres blancos y unas gorras negras que decían BNA (Bloque Norte de las Autodefensas) y otros en camuflado. Según lo expresado en versiones libres por el exparamilitar Jonathan David Contreras Puello, alias ‘Paco’, en esa desmovilización que contó con el visto bueno de autoridades locales y nacionales hubo civiles de la región que nada tenían que ver con las autodefensas y los hicieron pasar por paramilitares.

Pese a los cuestionamientos surgidos de esa declaración, ver el desmonte del régimen paramilitar fue un acto inimaginable para los habitantes de la zona que vieron la entrega de armas en la cancha de fútbol que además hace las veces de plaza central en La Mesa, donde aún se mantiene el puesto de salud y la Institución Educativa El Carmen. Lo único nuevo en ese entorno es la iglesia, con la que el catolicismo trata de ganar un espacio al que la guerra no le permitía llegar.

La Mesa es la puerta de entrada a la región de Azúcar Buena y uno de sus primeros anfitriones es Epimelio Mejía, un sobreviviente de la ola de violencia que hoy cuenta con 56 años de edad.

‘Pime’ como es conocido el tendero, además de vivir al frente del sitio de la desmovilización masiva de los hombres de ‘Jorge 40’, es vecino de ‘la piedra de los lamentos’, donde las AUC montaban retenes para pedir documentos y controlar el acceso a la zona. La enorme roca hoy está pintada de blanco y con pequeñas huellas de manos en un acto simbólico que representan las esperanzas de los habitantes del pueblo.

“El pueblo superó en gran parte esa situación que fue bastante difícil y los que sobrevivimos a la violencia estamos trabajando, tomamos la rienda de esto y sacándolo adelante. Está entrando en este momento una fuerza económica porque la seguridad de la que goza el corregimiento de Azúcar Buena y especialmente La Mesa es envidiada por muchos, yo me había ido y retorné; Valledupar me cansó de tanta inseguridad, en cambio aquí vivo tranquilo”, contó el comerciante que en medio de la embestida de los violentos perdió a un hermano y a su compañera sentimental.

“Uno tiene que entrar en un estado de conformidad ¿Qué más puede hacerse? Perdonar, porque es la única forma de llegar a un estado de tranquilidad”, agregó.

La más sangrienta incursión en La Mesa, se remonta al 11 de diciembre de 1999, cuando a las 3:00 de la madrugada, más de cincuenta paramilitares, con lista en mano sacaron de sus casas a seis campesinos.

Los muertos fueron identificados como Nelson Rafael Acosta Castro, César Elías Ropaín Jiménez, Nelson Rafael Acosta Carval, Alexánder Mora Quesada, Roque Manuel Rubio González y José María Arias Martínez. A todos les encontraron las manos amarradas con un lazo verde y registraban heridas de revólver calibre 38, según Medicina Legal.

Sin embargo, en las veredas Las Mercedes, Los Laureles, La Colombia, El Mamón, La Montañita, La Cuba-Putumayo, Tierras Nuevas, Los Ceibotes, Los Cominos de Tamacal, Sabanitas, El Palmar y La Montaña que hace parte de la región de Azúcar Buena ya no se dedican a contar los muertos, ahora tratan de olvidar los días de sometimiento en los que vivieron confinados. Desde hace dos años 80 familias de la zona trabajan en los proyectos productivos promovidos por el PNUD.

“Uno de los productos bandera de los beneficiarios es el cacao que en una hectárea cultivada produce un promedio anual de mil kilos y cada kilo es comercializado en aproximadamente ocho mil pesos, generándole ingresos al campesino de ocho millones de pesos, solo por este cultivo y si le sumamos los otros y la ganadería, estas fincas pueden ser autosostenibles”, así explicó Jorge Mario Ríos, asistente técnico del PNUD, el plan de reactivación económica que inició en esta zona con recursos de la Alcaldía de Valledupar y que después entró a reforzar el Ministerio del Trabajo con el programa de empleo rural.

En este resurgir la finca La Cuba es pionera frente a los 37 parceleros que hacen parte de la propuesta en la vereda La Cuba-Putumayo, un paraíso en estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, escondido en el espeso bosque de Ceibas, Caracolís, Moritos y Guasimos.

“Nos tocó aprender a convivir con las personas que estaban acá con el foco de violencia. Todos nos vimos perjudicados, gracias a Dios hoy gozamos de libertad para hablar y salir”, dijo emocionado Roselino Calderón Hernández, presidente de la Junta de Acción Comunal.

Aislados
Uno de los motores económicos que está por encenderse es el turismo. Bañarse en la cascada del río que divide a las veredas El Palmar y La Cuba-Putumayo, es un privilegio, disfrutar de sus aguas cristalinas que sin temor alguno toman propios y extraños para calmar la sed y preparar sus alimentos.

Para llegar a este paraíso hay que pagar penitencia, no cuenta con servicio de energía eléctrica y alcantarillado, hay que atreverse a transitar el tortuoso camino empedrado de aproximadamente 25 kilómetros que los mismos campesinos se encargan de mantener abierto desde La Mesa a la ye de El Palmar, para sacar las cosechas, esperanzados de que por allí mismo entre el desarrollo.

En medio de todo el proceso reconciliación, perdón y emprendimiento, la más reciente buena nueva para esta comunidad se dio el pasado 18 de diciembre, cuando un puente peatonal que ellos mismos ayudaron a construir fue inaugurado, el pasado 18 de diciembre, para mejorar la comunicación terrestre de La Cuba-Putumayo con el resto del mundo.

En épocas de invierno los niños no podían ir a la Escuela en La Mesa, las crecientes del río se los impedía, solo algunos lograban pasar arriesgando sus vidas por un improvisado puente de tablas, construido por los mismos campesinos, que aún reposa 10 metros por debajo de la nueva estructura que les facilitó la organización no gubernamental Puentes de Esperanza.

La obra se realizó en tiempo record, no hubo dilapidación de recursos y para el montaje los obreros fueron los habitantes de la zona que bajo las directrices de un ingeniero trabajaron durante un mes, cinco días a la semana.

“Hace muchos años llegamos acá a la vereda La Cuba-Putumayo y encontramos mejores condiciones de vida, pero a la mayoría de gente nos tocó salir de la comunidad, nosotros salimos y hace cinco años retornamos con mis tres hijos que ahora están viendo todas estas buenas obras que nos están beneficiando”, contó Oladys del Rosario Arias Villazón.

Pese a toda esta proyección Azúcar Buena no ha logrado borrar su pasado oscuro, desde septiembre de 2014 la Defensoría del Pueblo activó las alertas tempranas en el Cesar relacionadas con el reagrupamiento de grupos armados en la zona, por lo que Ejército y Policía han reforzado la seguridad en la zona.

Así las cosas, mientras en la Cuba insular se sigue hablando de políticas para una paz de la que muchos son escépticos en La Cuba del Cesar se habla con hechos a través de un modelo para el posconflicto que requiere de más inversiones reales en vías, educación, salud y proyectos productivos.

“Nos tocó aprender a convivir con las personas que estaban acá con el foco de violencia. Todos nos vimos perjudicados, gracias a Dios hoy gozamos de libertad para hablar y salir”: Roselino Calderón Hernández, líder de La Cuba-Putumayo.

Por Martín Elías Mendozapa