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Tauromaquia, tradición cultural o barbarie

Por: Luis Napoleón de Armas P La Corte Constitucional le ha dado viabilidad a la continuación de este espectáculo; el argumento central es que este es una tradición cultural que se debe respetar. La verdad es que nunca había visto a la Corte presentando una argumentación tan frágil como esta; no hay que ser constitucionalista […]

Tauromaquia, tradición cultural o barbarie

Tauromaquia, tradición cultural o barbarie

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Por: Luis Napoleón de Armas P

La Corte Constitucional le ha dado viabilidad a la continuación de este espectáculo; el argumento central es que este es una tradición cultural que se debe respetar. La verdad es que nunca había visto a la Corte presentando una argumentación tan frágil como esta; no hay que ser constitucionalista para saber que el fallo carece de enjundia jurídica y de consideraciones sociológicas. La tauromaquia en Colombia no supera tres generaciones, solo en 1917 se hicieron las primeras presentaciones de toreros venidos de España; estamos hablando del siglo XX. Además, es un espectáculo poco sentido por el grueso de los colombianos que tampoco pueden verlo por sus elevadas tarifas. Es una fiesta para el jet set nacional. Creo que el fondo del problema está en la barbaridad del espectáculo, diferente a la cultura popular; un torero hace el rol de salvaje y el salvaje es el bárbaro de la cultura. La tauromaquia tampoco es un arte porque este deleita al que lo produce y al que lo admira; matar nunca será un arte, a menos que se tome como el arte de la tortura y mucho menos por  la forma ventajosa como se practica. Al toro le cae una gavilla para dosificarlo y domeñarlo antes del encierro; lo debilitan con procedimientos farmacéuticos y físicos; le dan de beber sustancias laxantes y sus ojos son opacados con un ungüento que le quita visibilidad; en la faena los picadores lo siguen diezmando, las banderillas le mantienen la hemorragia; a tal punto llega su debilidad que no alza bien la cabeza, los músculos de su cuello, previamente, han sido mermados. El toro entra al ruedo muy nervioso, la luz solar le molesta por el encierro que con anterioridad le hacen en la oscuridad. El toro, realmente no quiere atacar sino escaparse y muchos lo han hecho poniendo en gran problema a los asistentes. Una vez entra al circo, una jauría de asesinos caen sobre él: banderilleros, picadores, distractores, vaqueros burladeros y el torero; el toro es engañado. Su muerte es agónica. Esta es una lucha desigual en la cual el único que va gratis es el toro. Detrás de esto, que llaman cultura, mueve mucho dinero y no se descarta el inmenso lobby que hicieron sobre la Corte. Este es un rezago atávico del circo romano que ya ni en la España lo quieren; una encuesta Gallup encontró que el 66% de la opinión pública no está interesada en esta mal llamada fiesta taurina; incluso, en Cataluña la cancelaron mediante un referendo. Pero esta oposición en la península Ibérica, no es nueva; los Borbones y otros reyes, la prohibían, pero, no por su salvajismo sino porque les parecía populachera. Hoy día, la tauromaquia en España es permitida pero desestimulada con altas cargas tributarias. Me dirán: ¿y la carne que nos comemos a diario?. Bueno, esta tampoco es una tradición cultural, pero si gastronómica que hace parte de la cadena alimentaria que la naturaleza establece para la conservación de la especie. Esta es una necesidad metabólica mientras que el toreo se debe a la soberbia y vanidad del hombre. El toreo bien se enmarca en el Levítico, libro del Pentateuco, que no contempla ninguna compasión con los animales y vanagloria al dios hebreo con la inocente sangre de los corderos. Ahora el homenaje es para los que cortan las orejas y los rabos y para  quienes se llevan la taquilla. ¡Olé! ¿Y de las riñas de gallos qué? ¿Serán otra tradición cultural? Esta “cultura” nos la impusieron los conquistadores que, a su vez, la tomaron de Asia. Se dice que en la China esta era una entretención hace 2.500 años. Y pese a estar más arraigadas que la fiesta taurina, tampoco son autóctonas ni han desarrollado nuestros valores. Las tradiciones culturales, en cambio, sí fortalecen los valores y al hombre, más no la violencia. Dicen que la sangre es el manjar de los dioses y estimula el éxtasis de los violentos. Acorde con el fallo, algún día, la violencia permanente podría considerarse como tradición cultural. ¡Vivan las costumbres!
napoleondearmas@hotmail.com

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