Por: Luis Napoleón de Armas P.
Fredys Socarras arrancó con pie derecho, está pensando con calidad. También hay que reconocerle al gobernador Monsalvo y a la Asamblea del Cesar por el apoyo logístico ofrecido. El convenio firmado entre el alcalde y el rector Wasserman, agiliza la llegada del primer centro de educación superior del país a la región. Este será el punto de quiebre del analfabetismo funcional que nos tiene presos en el subdesarrollo. No olvidemos que la UN es la única universidad de Colombia ranqueada en el top 500 de las mejores del mundo. La UN es sinónimo de garantía en el campo de la investigación, insustituible premisa para el desarrollo, y es punta de lanza misional de la educación superior para la producción de conocimiento o al menos adaptarlo con pertinencia. Estábamos en mora; este ha sido un proceso demasiado lento para una oportunidad poco usual. Ya han pasado cuatro años desde que esta idea fue planteada por Rodolfo Quintero, otros cesarenses ilustres que viven en Bogotá, y Cristian Moreno, a quien también hay que reconocerle su gran aporte. Durante este tiempo esta iniciativa no ha estado exenta de la manifestación de enemigos, algunos gratuitos, otros por meras mezquindades que los intereses particulares propician, porque no quieren un referente para el avance académico que ha estado sujeto a un comportamiento vegetativo, tanto de Instituciones privadas así como públicas; esta es una especie de envidia institucional. La UN no viene a competir, viene a enseñarnos a aprender, a darle estatura al quehacer académico de la región. Por supuesto, sus retos son inmensos pero necesitan un acompañamiento de las fuerzas vivas de la región. En productividad agropecuaria es grande el rezago; en planeamiento urbano y procesos de contratación, la UN es un referente nacional; en investigación social somos una cantera inexplotada que, bien enfocada, podría convertirse en un rubro de generación de trabajo. Ni en esto, que es lo más fácil de realizar, hemos despegado. Este será un hito para nuestra historia regional.
Adenda. Recibí varios comentarios sobre mi anterior columna acerca de la separación de dos ídolos de la música vallenata, todos en contra de mis apreciaciones. Me gustó porque esa es la esencia de la opinión pública. Me entristece cuando alguno de mis escritos no hace detener al lector; quedo con la impresión de que su contenido era plano. Lo que no comparto es el fundamentalismo con el cual se abordan ciertos temas. La música vallenata se volvió una religión, lo que impide ver con objetividad ciertos fenómenos. Aquí todos sabemos algo de vallenato, en especial, los que hemos conocido a los primeros juglares y hemos presenciado cómo este género se ha ido acomodando a las nuevas circunstancias del mercado y hasta de las excentricidades que le introdujo el narcotráfico; los costosos saludos en los discos a ciertos personajes podrían hacer parte de esta metamorfosis. Pero no sabe más quien más asista a las casetas, ni quien haga más parrandas, ni quien tenga más recorrido motorizado en la oferta de un nuevo trabajo discográfico. El vallenato, como género musical, va más allá de eso; como fenómeno cultural tiene un comportamiento socio antropológico que aún no se ha investigado (posiblemente lo hagan los sociólogos de la UN). Aquí se han escrito monografías, recopilaciones y datos, a veces con toque mitológico como el caso de Francisco el Hombre. Estudios muy pocos. El día que eso se haga, ahí comenzaremos a saber y comprender que es “vallenato”.
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