Se inauguró anoche el Cuadragésimo Quinto Festival de la Leyenda Vallenata, evento que se ha convertido, sin exagerar, en una de las fiestas culturales populares más importantes de Colombia y de América Latina, como máximo evento de una música que es un fenómeno cultural universal.
La presencia del señor Presidente de la República, Juan Manuel Santos Calderón, algunos de sus ministros y una distinguida comitiva de empresarios y la clase dirigente nacional, confirman la importancia que tiene el Festival y nuestra música en la cultura popular nacional y – también- el cariño que el país le tiene a los cultores de la misma y – en general- a nuestra gente.
Estos días son especiales para Valledupar, para el Cesar y para la música y la cultura vallenata, por cuanto se inicia la cita de cientos de acordeoneros, cajeros, guacharaqueros, cantantes, compositores y verseadores, con el fin de competir en las distintas categorías de los diferentes concursos y escoger a los mejores cultores de la misma. Esa es la esencia del Festival Vallenato y a apreciarla vienen la gran mayoría de turistas de la región Caribe, del país y del mundo que nos visitan esta semana.
Las otras presentaciones musicales, conciertos, parrandas y demás, son opciones para propios y extraños, y cada quien puede disfrutarla como a bien tenga, es libre de hacerlo. La parranda hace parte de la fiesta, claro; y la rumba, también, y son bienvenidas de manera sana y moderada. Pero no debemos olvidar, insistimos, en que los concursos de acordeonero profesional, aficionado, juvenil e infantil; la canción inédita, la piqueria y el baile del pilón, son la esencia y el insumo básico del Festival.
Por eso, hoy volvemos a resaltar la trascendencia que tiene el merecido homenaje que en esta edición se le rinde a una gran figura de esta música: Calixto Antonio Ochoa Campo, el “Negro Cali”, el hijo ilustre de Valencia de Jesús.
Un verdadero juglar, compositor, acordeonero, de origen humilde y campesino, que por medio de esta música con el acordeón de origen europeo, la caja africana y la guacharaca de América, encontró una manera alegre de expresar sus sentimientos, sus ideas y – en general- su forma sencilla y primitiva de ver la vida.
De otra parte, creemos que mucho se ha ganado, sin lugar a dudas, con el Festival Vallenato en la difusión, en la divulgación, y la popularización de nuestra música por Colombia y el mundo. El fenómeno solo es comparable, guardadas las proporciones y las diferencias culturales, al vivido por la ranchera de México, en toda América Latina, hace ya varios lustros, y también el tango de Argentina; géneros musicales que nos merecen el mayor respeto como expresión de sus respectivos pueblos.
Sin embargo, consideramos que por estos días debemos volver a reflexionar, con sinceridad, sobre ¿cuánto hemos perdido del vallenato tradicional?, ¿cuanto nos ha costado la modernidad y la comercialización?. Con todo respecto por los actuales compositores, todos, nos atrevemos a afirmar que hay una crisis de la composición vallenata. Y volvemos a insistir en que de mucho nos serviría que los actuales compositores, hoy muchos de ellos profesionales y lectores de la poesía clásica y moderna, tuvieran siempre presente el origen terrígeno, raizal, con olor a boñiga, de nuestros cantos. Esta música nació en los potreros, en los cantos de vaquería, en el pueblo raso, señores. Ahí está el ejemplo del Maestro Calixto Ochoa.
En medio del inicio del 45º Festival de la Leyenda Vallenata, que esperamos se celebre con respeto, tranquilidad y orden, dejamos estas reflexiones sobre el evento y sobre esta música que tanto nos ha dado, pero que, reiteramos, tenemos el reto de defender y preservar.






