12 septiembre, 2019

Herbert Spencer y Augusto Comte

Viene de la columna anterior. El pensamiento filosófico de Herbert Spencer es sugestivo. Considera que todas las religiones presuponen que el mundo es un misterio, pero que, sin embargo, exige una explicación; que la ciencia puede explicar muchas cosas, pero nunca llega a la esencia intima de la realidad; que el pensamiento humano es siempre […]

Viene de la columna anterior. El pensamiento filosófico de Herbert Spencer es sugestivo. Considera que todas las religiones presuponen que el mundo es un misterio, pero que, sin embargo, exige una explicación; que la ciencia puede explicar muchas cosas, pero nunca llega a la esencia intima de la realidad; que el pensamiento humano es siempre relativo, pero que la tendencia humana supone una existencia incondicionada, que puede explicar la existencia condicionada. A la primera la denomina lo incognoscible.

Piensa que un papel importante de la religión es mostrarnos que el mundo es una manifestación de algo, que supera la capacidad de nuestro conocimiento humano, y que el de la ciencia es el de verificar tal incapacidad.

Que además de la religión y de la ciencia, está el conocimiento universal de la filosofía, el cual integra los conocimientos de las ciencias particulares; en cambio, el de éstas es un conocimiento parcialmente unificado.

El pensamiento de Spencer continuó siendo liberal a diferencia del de el cientista positivista Comte; por eso, Spencer se opuso al reformismo social de la segunda mitad del siglo XIX inglés, predicando que no era el Estado sino la libre iniciativa privada la que traería consigo un mundo más próspero y justo.

De todos modos, el Cientismo de la segunda mitad del siglo XIX fue un período optimista. Por ejemplo, de 1.870 a 1.900 aumentó considerablemente la investigación científica, y la revolución tecnológica, que cambió totalmente el ritmo de vida en el trabajo, transporte, comunicaciones internacionales.

Tales progresos sobre la naturaleza, especialmente en los países europeos más avanzados, lo mismo que en los Estados Unidos, inflamaron la esperanza humana en un mundo que, respaldado por la ciencia, se fue glorificando a sí mismo.

Este optimismo se mantuvo durante la llamada Belle Époque de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, escondiendo sin embargo, una contradicción: por una parte, había esperanza por un porvenir feliz y por la otra, resultaba negativo considerar al hombre, a causa del evolucionismo y materialismo, sólo como un elemento más del mundo natural.

Luego, el advenimiento de la Primera Guerra Mundial de 1.914, se encargó de dar al traste con la visión optimista del positivismo y evolucionismo; y para remate, las secuelas de pobreza y miserias de la guerra, parecían confirmar, que el ser humano no era más que cualquiera otro de la naturaleza animal, determinado por leyes biológicas.

Quiero y debo concluir esta columna diciendo que en ninguna otra parte del mundo como en el hemisferio occidental ha existido una vocación específica y continuada para la exaltación de la vida cultural y la investigación científica y las transformaciones sociales, y, que en esta vocación mucho ha tenido que ver las enseñanzas cristianas, no obstante su desconocimiento, sesgado no pocas veces.

Baste con recordar que en plena Edad Media la Iglesia Católica impulsó ese espíritu científico con la creación de la Universidad y de las primeras academias científicas.
Mencionemos al respecto los nombres de Galileo, Copérnico, Kepler, Newton, cuyas ideas han sido distorsionadas por la cultura ideologizada.