22 febrero, 2015

Guacoche, un pueblo que se resiste al olvido

Guacoche, una comunidad víctima de la violencia que lucha por conservar sus tradiciones.

“Guacochera que se respete, tiene como mínimo dos toallas; una para utilizar en el baño y otra para salir a la calle”, es la máxima con que Pastora Rondón, se refiere a una de las tradiciones más representativas entre las mujeres de su pueblo natal.

Ella nació hace 52 años en Guacoche, ubicado a 15 minutos de Valledupar, en la zona nororiental; un corregimiento en el que la gente se resiste a perder sus costumbres y trata de preservar prácticas ancestrales, como la de salir a la calle con la cabeza envuelta en una toalla.
“En mi casa hay seis toallas, las dos mías y las otras cuatro son de mis dos hijas. Es una costumbre que va de generación en generación”, contó la mujer mientras caminaba la plaza principal.

Para llegar de Valledupar a Guacoche hay una carretera angosta, algunos vehículos pequeños tienen que salirse de la vía para darle paso a las volquetas cargadas de arena y de material de arrastre, extraído de las riberas del río Cesar.
En el noventa por ciento del recorrido termina la vía pavimentada, a la altura del corregimiento El Jabo y comienza la polvorienta entrada de un kilómetro hacía ‘La tierra de la tinaja’.

Desde la primera calle en el sector conocido como La Duda se avizoran las mujeres con los particulares velos, que no son de tul ni de seda como en el Medio Oriente, sino de algodón con vivos colores que reflejan la alegría de los moradores.
Las toallas en tonos diversos engalanan las calles destapadas de este asentamiento de afrodescendientes reconocido por sus artesanías, principalmente las tinajas.

Algunos se atreven a decir que durante la elaboración de las primeras tinajas, vasijas elaboradas en barro, comenzó la tradición de las toallas en la cabeza, puesto que servían para protegerla al cargar los pesados recipientes y además mejorar el equilibrio.

Sin embargo, el líder comunitario Argemiro Quiroz asegura que “las guacocheras salen a la calle con su toalla para protegerse del sol y de la brisa, porque ventea fuerte y las sombrillas no aguantan con el viento”.
Quiroz es uno de los que mejor conoce la idiosincrasia de su pueblo, tiene una tienda en la plaza principal y se atreve a afirmar que pese a la cercanía entre los corregimientos de Valledupar, este es el único donde las toallas hacen parte de la vestimenta femenina.

“Aquí las toallas para andar en las calles son para las mujeres, el hombre que la use despierta sospechas”, dijo entre risas mientras que una de las volquetas que a diario viaja del río hacía Valledupar levantaba una polvareda por todo el pueblo.
Dicen que la mujer que no usa toalla no es guacochera. Es una prenda indispensable para ir a la tienda, salir a pasear, visitar a los familiares o cualquier diligencia durante el día.

En la noche, principalmente cuando hay baile en la caseta, las mujeres salen bien arregladas y es la única ocasión en que dejen la toalla en la casa.

Son víctimas
En Guacoche hay alrededor de 1.800 habitantes, en 440 casas distribuidas en sectores como Brisas del río, Calle ancha, Calle de Los Hermanos, Cacajalito y El Cuchugo.
La mayoría de guacocheros que no se han dejado seducir por la ciudad, trabajan en la extracción de material de arrastre, otros son pequeños productores del campo y un grupo significativo de mujeres siguen fabricando tinajas, uno de sus principales atractivos turísticos al que hace más de una década le rinden tributo en diciembre, con el Festival de La Tinaja.

Pero no todo ha sido color de rosa. Desde 1996 hasta el 2005, Guacoche fue azotado por la violencia de los paramilitares que marcaron la historia de esta comunidad; el 6 de abril 1996, en la plaza principal, delante de toda la comunidad asesinaron a dos personas, una de ellas era su líder comunitario ‘Miro’ Quiroz.

En ese entonces los ‘paras’ se creían los dueños de Guacoche, todos los fines de semana llegaban al pueblo, obligaban a la gente a limpiar la plaza y las calles; a quitar la maleza en lotes abandonados; y raparon a las mujeres que ellos consideraban chismosas. A las afectadas les facilitó la vida la costumbre de salir a la calle cubiertas con una toalla.

Pero una década después, la historia ha cambiado; los guacocheros viven más tranquilos y están reconstruyendo la memoria histórica de su caso para que el Estado los repare colectivamente y les titule sus tierras, según lo contempla la Ley 70 de 1993 que reconoce a las comunidades negras a poseer colectivamente sus territorios.

Tienen su propio consejo comunitario y a partir del decreto 4635 de diciembre 9 de 2011, obtuvieron la resolución que los ampara como sujeto colectivo víctima, por lo que sus líderes trabajan para que el Estado les otorgue la reparación colectiva a la que tienen derecho por los daños sufridos bajo el terror paramilitar.
“Nos estamos sentando con miembros del gobierno a través del Ministerio del Interior y de la Unidad de Víctimas concertando de qué forma vamos a ser reparados”, explicó uno de los líderes de esta comunidad.

–INTERTITULO–

Resistencia al desarrollo
Los guacocheros se resisten a que las autoridades gubernamentales pavimenten las calles, porque si lo permiten creen que perderán su atractivo de pueblo tradicional.
“Qué pueblo no quiere ser desarrollado, pero originalmente Guacoche tiene calles destapadas, polvorientas y hemos conservado esa tradición de nuestros ancestros que nunca han permitido que las calles sean tocadas en materia de pavimento o empedrados, como hay en otros corregimientos de Valledupar. Queremos seguir así”, afirmó Alber Castilla Romero.
Lo que si solicitan es mejoramiento de las vías de acceso, para facilitar la llegada de turistas que llegan allá a buscar las artesanías.
Sobre este aspecto, cabe anotar que la vía Valledupar- Guacoche está pavimentada en un 90 por ciento y avanzan las obras obra en la vía al corregimiento Los Corazones. El contrato de este último tramo fue adjudicado en junio del año pasado al consorcio Vías Valledupar y tiene un costo de 12 mil 720 millones de pesos con recursos de la Alcaldía de Valledupar e Invías.
Aunque tienen acueducto, el agua captada del río Badillo no es apta para el consumo humano y también se han acostumbrado a vivir sin alcantarillado en un territorio que pareciera estar detenido en el tiempo. Con sus calles destapas y la idea de que estas no pueden ser intervenidas, los lleva a pensar que la tradición de la toalla, por el momento, no acabará.

Por Martín Elías Mendoza / EL PILÓN