20 noviembre, 2019

Fumigación, ¿debatimos?

Aún causa sorpresa que a pesar de haber fumigado 60.000 hectáreas en el último año, hoy tengamos el mismo número de terrenos sembrados con coca. Lo que se fumiga en un sitio aparece sembrado en otras partes. La realidad es tozuda y es importante analizar y entender. Los narcotraficantes tienen su plan de siembra en […]

Aún causa sorpresa que a pesar de haber fumigado 60.000 hectáreas en el último año, hoy tengamos el mismo número de terrenos sembrados con coca. Lo que se fumiga en un sitio aparece sembrado en otras partes. La realidad es tozuda y es importante analizar y entender.

Los narcotraficantes tienen su plan de siembra en respuesta exacta al programa de fumigación del Gobierno nacional. Como ellos saben cuánto y dónde se va a fumigar, tienen claro cuántas hectáreas necesitan para abastecer su mercado.

Lo ingenuo es creer que hectáreas destruidas son hectáreas desaparecidas. Esto no es así, quienes tienen interés en satisfacer la demanda, siembran lo suficiente para que haya tanto para fumigar como para producir con el único fin de cumplir con esa diabólica y desbordada demanda.

Entonces hay que rectificar la estrategia general contra las drogas porque parecería un cuento de nunca acabar. Va en contra de lo que es elemental de entender: el proceso de oferta y demanda, como hace años lo explicaba el economista canadiense John Kenneth Galbraith.

En teoría se pueden destruir, fumigar hectáreas sembradas mucho más rápido de lo que se cultivan, pero la realidad es que se produce mucho más de lo necesario para que la destrucción no afecte lo que se necesita para el consumo. Matemática elemental.

Lo básico es que tiene que diseñarse una estrategia mundial más realista para disminuir la demanda como única manera de acabar con el flagelo de las drogas ilícitas. Con esta estrategia de fumigación solo se trabaja para controlar la oferta, pero sin éxito. El narcotráfico es lo suficientemente rentable para sembrar todo lo que se necesita para mantener viva la demanda. Es inútil negar esta realidad.

Duro aceptar que estamos en un proceso de escalamiento de violencia armada a límites dramáticos por ajustes de cuentas de los carteles, asunto que está estudiado, en detalle, por la inteligencia militar, las autoridades internacionales y la DEA. Cabeza desaparecida, cabeza enseguida remplazada.

Esta violencia se profundiza cada vez más en nuestras raíces históricas y sociales y con un altísimo impacto en la ética y la política.

La política internacional contra las drogas debe entender que el conflicto armado, que ha hecho metástasis con el evento del ‘Chapito Guzmán’ en México, esta alimentado por la alta rentabilidad de los cultivos ilícitos que se elevan cada vez más por la prohibición.

Hay que revisar el porqué no es la política adecuada. La prohibición es la causa mayor del conflicto, ya que lo hace más atractivo porque es más rentable.

La política prohibicionista llegó a tentar hasta la guerrilla en Colombia, contrariando las raíces y convicciones políticas de transformación de sociedad que promovían estos grupos.

La otra cruda realidad es el impacto dramático en nuestro medio ambiente. Los bosques, especialmente los amazónicos que son los más valiosos, y los parques naturales, son los terrenos con más coca. Hemos perdido millones de hectáreas de bosques en la Amazonía precisamente por esta errada política de fumigar para desaparecer los cultivos.

En Colombia, tenemos los ecosistemas más ricos del mundo. El daño ambiental en nuestros bosques no se recompensa con una simple política de “resiembra” porque para recuperar una hectárea de bosque amazónico se requieren varias décadas para volver a su estado original. ¡Debatamos!