21 noviembre, 2020

Festejar, comprar, reír, con una alegría bien administrada

Se avecina diciembre. ¡La Olímpica tiene tiempo de estar anunciando las navidades! Es el día sin Iva para que aquellos a los que les quedó algo en el bolsillo y puedan aprovecharlo lo hagan y, con certeza, es una gran oportunidad para hacernos a cosas que antes no hacíamos, como estrenar la pinta para recibir el domingo y verse y gozarse de manera novedosa el concierto de Silvestre desde las exaltadas aguas del río Guatapurí.

Se avecina diciembre. ¡La Olímpica tiene tiempo de estar anunciando las navidades! Es el día sin Iva para que aquellos a los que les quedó algo en el bolsillo y puedan aprovecharlo lo hagan y, con certeza, es una gran oportunidad para hacernos a cosas que antes no hacíamos, como estrenar la pinta para recibir el domingo y verse y gozarse de manera novedosa el concierto de Silvestre desde las exaltadas aguas del río Guatapurí.

Podría ser un sábado de fiesta y carnaval, pero es raro por el uso de una máscara que se ha puesto de moda; no el capuchón que los viejos carnavaleros confinados recuerdan en la caseta Broadway del refinado y delicado Víctor Cohen, que ahora fue inventada en los conjuros de luces y animales raros de la China. Tiene de extraño que al descubierto se te ven los ojos llenos de miedo y de incertidumbre. Así que puedes gozar pero debes tener en cuenta que esta alegría de hoy es un juego distinto, pues la sonrisa podría tornarse en la mueca dolorosa de una gran pérdida.

Han sido días intensos de brisas cruzadas y aguas violentas, de una selección nacional de fútbol humillada en Ecuador que nos produjo desilusión; de miles de compatriotas en la isla Providencia lacerados sin misericordia por un desproporcionado ciclón y que lo han perdido todo. De cielos más oscuros y de anuncios de maravilla informando que el elíxir de la felicidad vendrá pronto empacado en el hielo nórdico de la vacuna contra el coronavirus.

Es un día de alegría controlada, no desbordada, que tiene de todo, como la tristeza y dolor por aquel hombre de Tomarrazón; ese pueblo localizado en la esquina suroriental de la Sierra Nevada: Romualdo Brito, que supo cantarle a su pueblo, cuando hace 42 años en plena época de la ‘marimba’ se venía ‘la plaga’ de las fumigaciones policiales y el descrédito hacia la actividad ilegal del guajiro en los ‘periódicos embusteros’ de la capital; solo porque encontraban una oportunidad de superación económica.

compadre yo soy el indio
que tiene todo y no tiene nada
trabajo para mis hijos
llevo carbón y pesco en la playa,
yo soy el indio guajiro,
de mi ingrata patria colombiana
que tiene todo del indio
más sin embargo no le dan nada:
no hay colegio pa’ el estudio,
ni hospital pa’ los enfermos,
todavía andamos en burro
y en cayuquitos de remos.

¿Y entonces cuál es la vaina?
¿Qué es lo que pasa
con nuestro pueblo?
el gobierno no da nada
y nos censura por lo que hacemos
lo que nos da es mala fama
en sus periódicos embusteros.

Romualdo ha muerto y el pueblo guajiro y vallenato, la vieja y hermana provincia le damos una despedida de dolor profundo y, paradójicamente, como buen funeral de la tierra de la sal y el viento, con la nostálgica alegría y lamento de sus canciones.

Decía con razón nuestro Gabriel García Márquez, que el hombre del Caribe, contrario a lo que se creía, lo embargaba siempre una nostalgia triste.

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