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Columnista - 16 noviembre, 2023

Escribir en la oscuridad

Lamentablemente, la paz en mi país sigue siendo una cuestión de esperanza, llena de conjeturas y meras especulaciones, y más cuando se habla de “paz total”: una utopía. 

Lamentablemente, la paz en mi país sigue siendo una cuestión de esperanza, llena de conjeturas y meras especulaciones, y más cuando se habla de “paz total”: una utopía. 

Muchos creían que la guerra terminaría en nuestro país con la firma de los acuerdos en La Habana con las FARC y el reconocimiento incluso de otro Nobel, esta vez de paz, creíamos que nos estábamos acercando al final de la guerra; pero lo cierto es que cada vez más parece que en vez de acercarnos a ella, esta se aleja más de nosotros, pero también es cierto, que no debemos dejar de pensar en ella, no imaginarla como una paz que se aleja, al contrario, debemos pensarla como si pudiéramos por fin abrazarla.

Si dejamos de pensar que existe una, aunque sea mínima, posibilidad de paz y si no seguimos esforzándonos continuamente para pensarla como una verdadera alternativa real, como una opción a la situación existente, solo tendremos la desesperación creada por la guerra, las ocupaciones y el terrorismo, la desesperanza instigada por la violencia.

Si hay algo alentador es que el pueblo cuando se expresa lo hace con optimismo, con esperanza, grita a cada momento que tenemos futuro, aunque a veces habría que reflexionar si este futuro es bueno o malo, pero al menos, refirámonos a lo esencial de la posibilidad de tener un futuro, aunque también muchos no estén plenamente convencidos, pues se mira a la paz como una simple noción utópica, abstracta y muchas veces imposible de alcanzar, se ve como un horizonte que, cuando más se acerca uno a él, más se aleja él de uno.

Quizás sé que mis palabras suenan utópicas, incluso ingenuas y que todo lo que escribo y digo también tiene algo de utópico, de mi deseo del corazón, por no llamarlo anhelo y eso debo admitirlo, pues desde pequeño me gustó soñar, lo que aún hago despierto y por ello escribo para que la gente igualmente sueñe porque creo que esta decisión de soñar es una decisión firme y consciente de pretender cambiar la realidad que tenemos por delante, una realidad que nos transmite muchas veces desesperación y que nos crea más desesperación, violencia y odio y, por eso, mientras soñamos, aunque sea lentamente, podemos provocar esperanza, un mecanismo de expectación, de creer que existe una posibilidad de cambio, de escapatoria de un sentimiento de sacrificio duradero y que aparenta ser permanente.

Para mí, pretender explicar lo que ocurre en todo proceso de inspiración se parecería mucho a tratar de explicar lo que ocurre en un sueño. En ambos, debemos recurrir a las palabras para expresar una experiencia cuya vida se deriva del hecho que no se somete a definiciones conocidas. Muchos escritores acudimos al sentido de la fragilidad de la existencia, al sufrimiento agazapado en lo cotidiano, al miedo continuo de no volver a casa, al diálogo, muchas veces sin fe, con Dios, al poder absoluto de los sueños y pretender interpretarlos de una forma que despierte a aquellos que nos rodean, pero también acudimos a la presencia permanente de los muertos, de aquellos fantasmas eternos con los cuales entablamos conversaciones orates pretendiendo escucharlos en nuestra fantástica realidad. 

Quizás lo que pretendemos es crear un mundo de sueños real a través de nuestros poemas, de nuestros cuentos, de nuestras novelas, en fin, a través de los libros. Un mundo en el cual muchos tenemos que escribir en la oscuridad porque encender la luz provocaría molestia a otros que no quieren verla y entonces tienes que acostumbrarte a escribir en la penumbra y que aquella palabra muda que nace dentro de ti en el inicio, ose recorrer el espacio hasta que logre ser oída por aquellos que quieren oír y verla por aquellos que quieren ver.

Mis reflexiones no son sólo relevantes en el conflicto de nuestro país. En la actualidad, en muchas partes del mundo, millones de personas se enfrentan ante una situación en la que su propia existencia, su libertad, sus valores y hasta sus propias identidades se encuentran amenazados.

Tal vez debemos aceptar que casi todos tenemos nuestro propio viacrucis o nuestra propia maldición, pero no nos podemos dejar envolver por ella, pues estaríamos perdiendo nuestra libertad, nuestro sentimiento de hogar por nuestro país y quizás estaríamos también renunciando a nuestro libre albedrío. 

Es mi realidad, es la realidad en que escribimos los que nos gusta escribir. Y quizás, cuando he terminado de hacerlo, levanto la cabeza y medito: así como yo, en este momento, otro escritor a quien ni siquiera conozco se dedica a este fantástico y maravilloso oficio extraño, escribir, creamos en el seno de una realidad cargada de tanta violencia, limitaciones y alienaciones. En otro lado del mundo tengo a un aliado distante; no nos conocemos, pero juntos tejemos una telaraña irreal que, sin embargo, posee el poder maravilloso de cambiar y recrear el mundo.

Por: Jairo Mejía Cuello.

Columnista
16 noviembre, 2023

Escribir en la oscuridad

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Jairo Mejía Cuello

Lamentablemente, la paz en mi país sigue siendo una cuestión de esperanza, llena de conjeturas y meras especulaciones, y más cuando se habla de “paz total”: una utopía. 


Lamentablemente, la paz en mi país sigue siendo una cuestión de esperanza, llena de conjeturas y meras especulaciones, y más cuando se habla de “paz total”: una utopía. 

Muchos creían que la guerra terminaría en nuestro país con la firma de los acuerdos en La Habana con las FARC y el reconocimiento incluso de otro Nobel, esta vez de paz, creíamos que nos estábamos acercando al final de la guerra; pero lo cierto es que cada vez más parece que en vez de acercarnos a ella, esta se aleja más de nosotros, pero también es cierto, que no debemos dejar de pensar en ella, no imaginarla como una paz que se aleja, al contrario, debemos pensarla como si pudiéramos por fin abrazarla.

Si dejamos de pensar que existe una, aunque sea mínima, posibilidad de paz y si no seguimos esforzándonos continuamente para pensarla como una verdadera alternativa real, como una opción a la situación existente, solo tendremos la desesperación creada por la guerra, las ocupaciones y el terrorismo, la desesperanza instigada por la violencia.

Si hay algo alentador es que el pueblo cuando se expresa lo hace con optimismo, con esperanza, grita a cada momento que tenemos futuro, aunque a veces habría que reflexionar si este futuro es bueno o malo, pero al menos, refirámonos a lo esencial de la posibilidad de tener un futuro, aunque también muchos no estén plenamente convencidos, pues se mira a la paz como una simple noción utópica, abstracta y muchas veces imposible de alcanzar, se ve como un horizonte que, cuando más se acerca uno a él, más se aleja él de uno.

Quizás sé que mis palabras suenan utópicas, incluso ingenuas y que todo lo que escribo y digo también tiene algo de utópico, de mi deseo del corazón, por no llamarlo anhelo y eso debo admitirlo, pues desde pequeño me gustó soñar, lo que aún hago despierto y por ello escribo para que la gente igualmente sueñe porque creo que esta decisión de soñar es una decisión firme y consciente de pretender cambiar la realidad que tenemos por delante, una realidad que nos transmite muchas veces desesperación y que nos crea más desesperación, violencia y odio y, por eso, mientras soñamos, aunque sea lentamente, podemos provocar esperanza, un mecanismo de expectación, de creer que existe una posibilidad de cambio, de escapatoria de un sentimiento de sacrificio duradero y que aparenta ser permanente.

Para mí, pretender explicar lo que ocurre en todo proceso de inspiración se parecería mucho a tratar de explicar lo que ocurre en un sueño. En ambos, debemos recurrir a las palabras para expresar una experiencia cuya vida se deriva del hecho que no se somete a definiciones conocidas. Muchos escritores acudimos al sentido de la fragilidad de la existencia, al sufrimiento agazapado en lo cotidiano, al miedo continuo de no volver a casa, al diálogo, muchas veces sin fe, con Dios, al poder absoluto de los sueños y pretender interpretarlos de una forma que despierte a aquellos que nos rodean, pero también acudimos a la presencia permanente de los muertos, de aquellos fantasmas eternos con los cuales entablamos conversaciones orates pretendiendo escucharlos en nuestra fantástica realidad. 

Quizás lo que pretendemos es crear un mundo de sueños real a través de nuestros poemas, de nuestros cuentos, de nuestras novelas, en fin, a través de los libros. Un mundo en el cual muchos tenemos que escribir en la oscuridad porque encender la luz provocaría molestia a otros que no quieren verla y entonces tienes que acostumbrarte a escribir en la penumbra y que aquella palabra muda que nace dentro de ti en el inicio, ose recorrer el espacio hasta que logre ser oída por aquellos que quieren oír y verla por aquellos que quieren ver.

Mis reflexiones no son sólo relevantes en el conflicto de nuestro país. En la actualidad, en muchas partes del mundo, millones de personas se enfrentan ante una situación en la que su propia existencia, su libertad, sus valores y hasta sus propias identidades se encuentran amenazados.

Tal vez debemos aceptar que casi todos tenemos nuestro propio viacrucis o nuestra propia maldición, pero no nos podemos dejar envolver por ella, pues estaríamos perdiendo nuestra libertad, nuestro sentimiento de hogar por nuestro país y quizás estaríamos también renunciando a nuestro libre albedrío. 

Es mi realidad, es la realidad en que escribimos los que nos gusta escribir. Y quizás, cuando he terminado de hacerlo, levanto la cabeza y medito: así como yo, en este momento, otro escritor a quien ni siquiera conozco se dedica a este fantástico y maravilloso oficio extraño, escribir, creamos en el seno de una realidad cargada de tanta violencia, limitaciones y alienaciones. En otro lado del mundo tengo a un aliado distante; no nos conocemos, pero juntos tejemos una telaraña irreal que, sin embargo, posee el poder maravilloso de cambiar y recrear el mundo.

Por: Jairo Mejía Cuello.