19 junio, 2020

Engastando a Álvaro Araujo Noguera

Álvaro Araujo Noguera fue uno de los dirigentes más prominentes del país vallenato. En esta crónica se hace un recorrido en el tiempo desde la llegada de los españoles y negros y la presencia indígena, origen de lo que es hoy una sola región.

Álvaro Araujo Noguera. 
FOTO/CORTESÍA.

Como se sabe, engastar es acuñar algo valioso en una prenda. De los componentes ‘telúricos’ y humanos de que trato en este escrito, surgirá la figura de Álvaro como prototipo del hombre vallenato, pero respetando su personalidad modesta, que lo distinguió; por tanto, no diré de él sino lo preciso, tal cual fue su carácter, pues no quiero exponerme a su reproche desde el más allá, si yo fuese rimbombante.

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Esa es una de las razones que tengo para obrar en consecuencia, y la otra es que el país sabe quién fue él como hombre público, de tal manera que no es menester volver aquí sobre sus ejecutorias como cogobernante de la república.

Tomo como superficie para lo que me propongo los apuntes que sobre la comarca cesarense anotara el trotamundos francés Eliseo Reclus, hacia el año 1856, en su gran obra: Colombia.

Aunque pienso que el espacio geográfico lo redujo mucho, pues este es realmente más extenso. Aquí trato de encuadrarlo, dentro de los cuatro puntos cardinales, pero conservando la descripción que él hizo.

Norte: El territorio de la etnia indígena arhuaca, teniendo como centro la población de Atánquez; además nombra la de Badillo asentada al pie del torrente del mismo nombre, indicando como su comercio principal, la explotación del ‘palo amarillo’ y del ‘palo rojo’.

Este: Las poblaciones de Fonseca, Villanueva y San Juan del Cesar, destacando sus cafetales sembrados en las faldas de la ‘Sierra Negra’.
Sur: La población de Urumita, y anota que los riohacheros la consideraban un ‘sanatorium’, es decir, un lugar para ‘atemperar’, y que en sus vecindades se fundó la ‘Colonia Mutis’; también menciona la población del Espíritu Santo, esta y la de Becerril, incursionadas frecuentemente por miembros de la etnia Indígena de los Motilones; el Espíritu Santo recibió después el nombre de Codazzi en honor del geógrafo italiano Agustín Codazzi, quien allí laboró y murió de fatiga, en 1859; de esa región, indica las plantaciones de cacao, café y tabaco.

Oeste: Los promontorios meridionales de la Sierra Nevada, dominados por el macizo del Alto de las Minas, de abundantes yacimientos metalíferos y capas de carbón mineral.

Al centro de este territorio, cita las extensas sabanas del valle del río Cesar, con sus abundantes y frondosas alamedas, en las que crecía una ganadería próspera, cuyas sacas corrían el destino comercial, especialmente hacia la isla de Cuba, mediante el embarque marítimo en el puerto de Riohacha. Agrega que pocas zonas en Colombia son tan ricas, salubres y adecuadas como la parte alta del Valle, productora de frutos de primera calidad, y apta para auspiciar la inmigración humana; pero también anota que la parte baja no es tan rica por el inconveniente de la proliferación de mosquitos que pican la piel, por lo cual esas personas son llamadas ‘ballenatos’, de aspecto desagradable. Aquí hemos de recordar al “Compai Chipuco”, inmortalizado en el canto vallenato del compositor fonsequero, ‘Chema’ Gómez.

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Como primer fundador de la ciudad de Los Santos Reyes de Valledupar, centro administrativo y comercial regional, menciona al capitán español Francisco Salguero, en el año 1544; y al puente fluvial Salguero -hoy Puente Salguero-, sobre el entonces navegable Río Cesar próximo a la ciudad, a través del cual los habitantes del ‘Valle’ comerciaban con la importante ciudad de Santa Cruz de Mompox, situada en la margen derecha de uno de los caños del río Magdalena, y anota también la circunstancia de haber sido la ciudad de Los Santos Reyes huésped del explorador, cronista y poeta español, don Juan de Castellanos.

Lo dicho es suficiente para pensar ‘El Valle’ como una mágica franja de tierra muy especial, ensimismada, de frente al resto de Colombia. Acá, desde tiempos muy lejanos, se dieron cita, para quedarse, varios elementos sociológicos, hasta ser el inspirador de sus primeros y subsiguientes rapsodas, pues en el se ha conjugado el inefable paisaje rural con los triétnicos instrumentos musicales: indígena, español y africano, cuyas melodías y ritmos corren a través de las venas de los antiguos valduparenses, actuales vallenatos, ya no ‘ballenatos’.

Finalmente, el narrador francés le cantó al ‘Valle’ así: el paisaje de El Valle es único en el globo, por el extraño brillo que dan al aire la Nevada y las emanaciones cobrizas del terreno. Pues bien, en ese vivero humano, se conformaron las familias vallenatas, relacionadas versadamente en sus libros por el vernáculo historiador, Alfredo de Jesús Mestre Orozco.

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Y justamente, de ese brillo del aire y de las emanaciones del terreno cobrizo en matrimonio con su raza campesina, nace el alma del folclor vallenato y han brotado no pocos genios; de donde surge, justamente, la personalidad sencilla, inteligente y humorosa de Álvaro Araujo Noguera, quien fuera amigo de sus amigos, nunca bravo, por nada, siempre incluyente, con una sonrisa permanente, enmarcada por un rostro fuerte, varonil, recio, jamás ofensivo; eficiente, tanto en las actividades públicas como privadas, con una vocación generalizada de servicio a los demás; formado en los lares de su numerosa famila solidaria, e intelectualmente, su bachillerato -un año después de mi-en los claustros del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, e ingeniero de la universidad Nacional de Colombia. Loor, y recuerdos inmarcesibles de una amistad confiada.

Por: Rodrigo López Barros