2 agosto, 2021

El pescador y el árbol sin pájaros

 ‘El viejo y el mar’ es la obra maestra de Ernest Hemingway (1899-1961), escritor estadounidense, premio Nobel de Literatura en 1954. Otras de sus novelas renombradas: ‘Adiós a las armas’ y ‘Por quién doblan las campanas’.  El escritor por estos días fue recordado en razón de la celebración del natalicio 122, y asimismo por el […]

 ‘El viejo y el mar’ es la obra maestra de Ernest Hemingway (1899-1961), escritor estadounidense, premio Nobel de Literatura en 1954. Otras de sus novelas renombradas: ‘Adiós a las armas’ y ‘Por quién doblan las campanas’.  El escritor por estos días fue recordado en razón de la celebración del natalicio 122, y asimismo por el concurso “gemelo” de Hemingway, que desde hace varios años realizan en Cayo Hueso (Florida).

Estos eventos me motivaron a buscar en mis archivos el cuento de mi autoría ‘El pescador y el árbol sin pájaros’, que hace referencia a ‘El viejo y el mar’ y a su autor.

“Un puerto de aguas tranquilas y de fondo cenagoso es el lugar adecuado para la pesca de bagre. Una roca bajo la sombra de un caracolí es el sitio elegido para sentarme. Tiro el anzuelo. Sentado, pienso en algunos cuentos que me hubiese gustado escribir… Levanto la mirada, como globos de aire que buscan en la bóveda del cielo la sonrisa de Dios, y la detengo en un racimo de nubes blancas incrustadas en espejos azules; luego la bajo a la altura de mis ojos y percibo la música de los pájaros entre los colores del follaje; pero al extenderla más allá de las riberas, me conmueve la extraña soledad de un árbol de hojas enrojecidas donde los pájaros no llegan.

Dejo el anzuelo atado a una rama y camino hasta llegar muy cerca del vegetal corpulento. Suelto un pájaro que llevo en las manos y raudo vuela de costado, como si un espanto lo ahuyentara. Me aproximo, pero no alcanzo a tocar los nudos de la corteza del árbol, porque una malla de espumas de un olor a sangre lo envuelve, cual escudo repugnante. Frente al árbol, silencioso y asombrado por el inexplicable suceso, evoco los ritos de mis ancestros koguis, y consulto a Kanimpana, el padre de los árboles. En un instante de paz espiritual, cierro los ojos y hablo con el árbol: ¿qué tropiezo hubo en tus raíces que mancharon el follaje?; ¿por qué, tan solo, que hasta los pájaros te huyen?; ¿por qué transpiras gotas enrojecidas con olor a sangre?

En el susurro de viento, escucho la voz del árbol: –Mi padre, Kanimpana, me hizo guardián del aire y protector de la vida, pero mis raíces han bebido sangre. Vi grupos de hombres con motosierra que se acercaban y pensé en el final de mis días, y que pronto terminaría convertido en pequeños trozos desolados; pero fueron hombres, muchos, los que terminaron en pedazos y sobre las orillas de mis raíces sembraron los cuerpos mutilados–.

Abro los ojos. Con la tristeza a cuesta regreso a orillas del río. Encuentro la cuerda templada del anzuelo; halo, imagino un bagre gigante, presiento que tengo mejor suerte que Santiago, el viejo pescador, amigo de Hemingway. Sigo tirando y halando sin desmayo… y ¡vaya estupor!: un bagre gigante, atascado en un esqueleto humano. Superado el pánico que me produce la macabra pesca, me animo y vuelvo a lanzar el anzuelo. Espero mejor suerte. Se templa la cuerda, halo con fuerza y aparece el cadáver de una joven mujer, horadado su cuerpo por el golpe metálico de las armas. Decido suspender la pesca, me ubico en medio de los dos restos mortales, y ofuscado extiendo la mirada hasta el árbol donde no llegan los pájaros”.