12 julio, 2019

«El colmo de la estupidez»

Explorar el fondo del mar y derretir la Antártida con fines navegables son los planes inmediatos de las principales potencias económicas del mundo, lo que equivaldría a destruir los ecosistemas más grandes del planeta. Ya fueron otorgadas 29 licencias ambientales a Estados Unidos, China, Corea, Reino Unido, Francia, Alemania y Rusia, para que la industria […]

Explorar el fondo del mar y derretir la Antártida con fines navegables son los planes inmediatos de las principales potencias económicas del mundo, lo que equivaldría a destruir los ecosistemas más grandes del planeta.

Ya fueron otorgadas 29 licencias ambientales a Estados Unidos, China, Corea, Reino Unido, Francia, Alemania y Rusia, para que la industria minera de estos países exploren una vasta área de 1 millón de kilómetros cuadrados en los Océanos Pacífico, Atlántico e Índico.

Científicos, gobiernos, ambientalistas y la industria pesquera alertaron sobre la amenaza que se cierne sobre la vida marina y expusieron el daño que provocaría la maquinaria minera y la contaminación tóxica de las aguas profundas.

La ONG ambientalista internacional Greenpeace denunció potenciales prácticas que podrían empeorar la emergencia climática al quebrantar las reservas de carbono azul en los sedimentos del fondo marino, cobertura vegetal que controla la erosión y amortigua los impactos del aumento en el nivel del mar.

La ONG denunció intereses corporativos por encima de la protección marina, situación que hace inaplazable pactar con intervención de la ONU la firma de un Tratado Global Oceánico que ponga la conservación de las aguas por encima de su explotación, creando una red de santuario libre de explotación industrial.

No menos catastróficos son los enfoques de Estados Unidos, Rusia, Corea, Hong Kong, China, India y Japón, encaminados a derretir la Antártida para acortar distancia navegable entre Norte América y Asia.

De por sí que el deshielo de los páramos y glaciares ya son desastres medioambientales y reflejan la respuesta de un planeta que cobra factura con el cambio climático, terremotos,  tsunamis y otros fenómenos, al paso de la depredación humana, extractora de minerales y metales.

Como se pregona en Santander con la demencial idea de explotar el oro del páramo de Santurbán, en multitudinarias movilizaciones: » La minería puede ser generadora de riqueza, pero no garantiza el agua».

Y para el cierre de este capítulo tenebroso aparece la denuncia de Orlando Rangel, biólogo y director del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, justo cuando están a punto de perderse 100 millones de dólares donados por Alemania, Noruega y el Reino Unido para reforestar la Amazonía Colombiana (pulmón del mundo), con dos condiciones: tener en cuenta a los académicos y cero deforestación a 2020.

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