10 febrero, 2019

El arte marcial de los caballeros

Y ahí estaba él, con sus largas patillas más allá de las orejas, su peinado de canas grises engominadas hacia los lados y su cuidada barba de candado, parecía un villano victoriano de esos que abundaban por las calles de Londres durante el Siglo XIX.

Y ahí estaba él, con sus largas patillas más allá de las orejas, su peinado de canas grises engominadas hacia los lados y su cuidada barba de candado, parecía un villano victoriano de esos que abundaban por las calles de Londres durante el Siglo XIX. El chaleco negro le quedaba justo y las mangas de su camisa blanca de lino sobresalían con soltura mientras asía con firmeza intimidante un bastón caoba que levantaba por los aires. Su nombre es Mark Donnelly y es uno de los siete grandes maestros de Bartitsu que hay en el mundo. Ese día, en un dojo camuflado en la segunda planta de una calle recóndita de Nueva York, yo lo tendría frente a frente durante dos horas para que me diera una paliza que paradójicamente ya le había pagado con anticipación.

Dolió, claro, pero de todas las personas que podrían partirme la madre en esta vida, fue un honor que lo haya hecho él. Asistir a una de sus clases era un sueño que tenía desde aquella tarde de mi época universitaria en que me senté en la cafetería junto al Museo del Oro y leí “La Casa Vacía”, el relato con el que Arthur Conan Doyle resucitó a Sherlock Holmes. Sentado en la sala de su casa, ante un Watson estupefacto tras los años que lloró la muerte de su amigo en vano, Holmes le explica cómo logró vencer a su némesis, el Profesor Moriarty, en la catarata de Reichenbach utilizando un arte marcial olvidado llamado Bartitsu, un hibrido de boxeo, jiu-jitsu japonés y canne francés.

Así, lo que empezó como una referencia literaria suelta en una página perdida me llevó por un viaje investigativo de muchos años, a lo largo del cual invertí horas fascinantes de investigación rastreando el arte marcial de los caballeros, como se le conoce también en su natal Inglaterra, pues fue diseñado para que cualquier lord inglés pudiera defenderse de un ataque con su sombrero de copa, el pañuelo de su bolsillo o un conveniente paraguas que tuviera a la mano. Desde reportes antiquísimos de la policía india en los que se dejaba constancia de una técnica de reducción de criminales llamada el “Walking stick method” que estaba siendo enseñada por un cadete que regresaba tras una pasantía por Japón, hasta vestigios de una disciplina europea donde solo se usan las piernas para romper el equilibrio de rodillas del rival, poco a poco iba sumergiéndome en el universo místico del Bartitsu.

Y todo me llevó a ese momento en que Mark Donnelly desplegó sus conocimientos para inculcarnos que, sin importar el tamaño del rival, como Carl, el colosal agente de la NYPD cuyo metro noventa de estatura y 180 kilos me habían asignado como compañero de práctica, nadie podría resistir al halón correcto del antebrazo, ni a la sacada de balance de un agarre sólido de la pantorrilla, ni a la presión tras el giro preciso de las muñecas. En ese instante, aunque corto, la ficción literaria y la realidad se fundieron en una sola.

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