9 junio, 2013

Canciones de Adolfo Pacheco 

Las canciones de Adolfo Pacheco hacen parte del patrimonio estético de Valledupar. La visión poética y la raigambre del patio trenzaron en su espíritu los colores de la música. Él tuvo la influencia de la artesanía de su pueblo; pero en vez de tejer hilos, tejió palabras para convertirlas en canciones.

Por José Atuesta Mindiola

Las canciones de Adolfo Pacheco hacen parte del patrimonio estético de Valledupar.  La visión poética y la raigambre del patio trenzaron en su espíritu los colores de la música. Él tuvo la influencia de la  artesanía de su pueblo; pero en vez de tejer hilos, tejió palabras para convertirlas en canciones.

Cuando por estas regiones del Valle se empezaron escuchar el merengue “El viejo Miguel”, en la voz de Lisandro Meza, y el paseo “La hamaca grande” en la interpretación de Andrés Landero, el nombre de Adolfo Pacheco entró al listado de buenos compositores. Los vallenatos nos postramos a sus pies y lo valoramos como un gran maestro, cuando Los Hermanos Zuleta le grabaron “El viejo Miguel”.

Este merengue es imagen de la nostalgia, del apego a la tierra, del temor al desarraigo; en tanto que “La hamaca grande” es la metáfora surgida de la artesanía de San Jacinto, que se mece por la inmensidad tropical del Caribe de Colombia con las banderas de la tradición musical.

Reafirman su condición de maestro las canciones  El cordobés y  El mochuelo. El primero es un merengue en acentos fónicos y consonancias métricas, donde describe el ambiente de las peleas de gallos, que popularizaron Juan Piña y después Diomedes Díaz.  

El Mochuelo, que grabó Otto Serge,  es un paseo lírico que brilla como el trino de los pájaros. En el fondo es una crítica sutil al hombre que se vuelve carcelero de pájaros para deleitar el corazón de su amada. 

De esa canción, que llevo conmigo, escribo  “Fábula en los Montes de María”: un desfile de árboles a la zaga de una legión de pájaros.

Huyen por el miedo a las cenizas del fuego y a los vigías de la jaula. Uno de esos pájaros se detiene en las ventanas de mi infancia, y desde entonces habita en mis sueños el canto de un mochuelo.

Con estas cuatro canciones y tantas otras que han vencido las fronteras del tiempo, Adolfo Pacheco reúne suficientes méritos para que La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata en el 2005 lo declare “Compositor Vitalicio”; podio que comparte con Tobías Enrique Pumarejo, Rafael Escalona, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta y Calixto Ochoa.

Este año la Universidad Popular del Cesar, en el marco del "II Encuentro de Investigadores de Música Vallenata", le rindió un digno homenaje y le entregó el título de Doctor Honoris Causa. El Encuentro fue excelente, especialmente por los conferencistas, quienes en su mayoría fueron los mismos que han participado en los Foros del Festival Vallenato, que se realizan desde 1983. Para la muestra: en el Foro del Festival de 2012 participaron, entre otros investigadores, Alfonso Hamburger y Rafael Moreno; y en el 2013, Marina Quintero, Roger Bermúdez y René Arrieta, ponentes también en el II Encuentro de la UPC. Los que hemos asistido a los dos eventos, damos testimonios de la calidad de ambos y de la responsabilidad de sus organizadores. 

 

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