12 septiembre, 2019

Ante La dirigencia política del Cesar no es un paradigma

Cada vez que se acerca un periodo electoral, necesariamente tenemos que sentir añoranzas por la dirigencia económico-política que tuvimos en los tiempos previos a la creación del Cesar como departamento e inicios de este como ente territorial. En su mayoría eran empresarios del sector agropecuario que vieron en la política una forma de empoderar al […]

Cada vez que se acerca un periodo electoral, necesariamente tenemos que sentir añoranzas por la dirigencia económico-política que tuvimos en los tiempos previos a la creación del Cesar como departamento e inicios de este como ente territorial.

En su mayoría eran empresarios del sector agropecuario que vieron en la política una forma de empoderar al nuevo ente ante el poder central. Varones como Alfonso Araujo Cotes, José Antonio Murgas, Crispín Villazón de Armas y otros más, que no veían en la nueva entidad un botín de oro sino un minusválido naciente, al cual le dedicaron todas sus energías y hasta sus fortunas, para cumplir un mecenazgo inaplazable.

En esa época se pensaba en lo público, ahora en la cartera del político. Crispín murió pobre pese a su figuración en los altos niveles de la vida nacional e igual le pasa a los nombrados que le sobreviven. En esa época, las elecciones se ganaban, no en componendas en la registraría sino en franca lid en la plaza pública sin la parafernalia de las altas sumas de dinero hoy empleadas, en forma ilimitada. El cambio de generación con la entrada del narcotráfico con sus mafias a bordo, nació proclive, con falsos valores, y con la pérdida de dignidad del nuevo elector, convirtieron la controversia electoral en un vellocino de oro al cual se quiere llegar sin importar los medios.

Todas las flaquezas humanas emergieron, ya lo dijo Maquiavelo. El prurito de cooptar todo tipo de poder ha llegado a un estadio hasta de aniquilamiento del adversario. Por eso, el Cesar, como todo el país, está involucionando; ya no existen figuras paradigmáticas, razón por la cual, las elecciones de hoy solo sirven para exponer vanidades y dineros, no ideas ni principios donde gana el más rico y el más mafioso. Son pocas las excepciones.

El Cesar baja por un plano inclinado sin rozamiento, así como cae un cuerpo libre en el espacio. La semana pasada dimos algunos indicadores básicos suficientes para un buen diagnóstico de nuestra deprimente situación social y económica, pero quiero dotar al lector de más elementos que le permitan tomar decisiones serias y responsables respecto a su futuro como ente territorial.

Tenemos un crecimiento estático; en los últimos 15 años el valor de nuestra economía se ha mantenido por debajo del 2% del PIB nacional, con carbón a bordo, pero bajando en el ranking; las inversiones en minería han tenido poco peso frente al PIB y, sin ser mineros, 23 departamentos crecieron, en ese periodo, más que nosotros; en competitividad ocupamos el puesto 20/32 a 2018 con un puntaje de 4.23/10, rajados.

Ahora somos el primer exportador de carbón pero importamos comida y no llenamos los puestos de trabajo que generaba la agricultura. El sector lechero, antes promisorio, hoy es vegetativo, ya es imposible que medianos y pequeños productores vivan de eso.

La economía del Cesar es ficticia y subterránea puesto que, pese a no existir un sector real poderoso que nos distinga, el boato desborda igual que el flujo de capitales en inversiones inmobiliarias y en ostentación vehicular. El ajusticiamiento de ciertas personalidades deja en el imaginario colectivo una sensación de temor por vendettas económicas. Se impone una sana reflexión, somos el 11° con gente más joven (índice de juventud: 15 a 29 años/total, s/Censo); somos responsables por ellos.