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Entrevista - 4 agosto, 2022

Andrés Mendiola, los sonidos del ermitaño 

Carlos César Silva conversó con el cantautor Andrés Mendiola sobre el folclor vallenato, su obra musical y su vida como ermitaño. 

Andrés Mendiola le canta a las desgracias del amor, las aventuras callejeras y las contradicciones humanas. Invita a confiar en los colores de la noche y las sombras que vagan en el ayer. Su voz sabe a panela atanquera, a un baile suave, de seres apasionados y nostálgicos. 

A continuación, una charla con el ermitaño que convirtió a la Sierra Nevada en su universo poético, su principio y su fin.

“La Sierra representa para mi música una lógica existencial”.

¿Qué significa la música vallenata para ti?

La música vallenata se convirtió en mi luz y mi sombra desde antes de saber observarla. He querido quitármela de encima varias veces, pero es imposible. Me apasiona escudriñar su contenido. Tuve la fortuna de conocerla desde lo más puro y grande de sus exponentes. Mientras me salvaba —sin saberlo— de la delincuencia, plasmaba en mí la huella y la profunda herencia de mi padre y toda nuestra relación amorosa con sus diferencias y coincidencias.

¿Cómo te salvó la música vallenata de la delincuencia?

Estudié la primaria en Valledupar y la secundaria en Bogotá. Siempre fui indisciplinado y, por ende, muy libre y rebelde. Estaba en medio de una gran competencia con muchachos que mostraban resultados diferentes a los míos. Hasta que sentí que me acompañaba una novia eterna, la música, que me generaba alegrías, emociones y reflexiones. Me hizo cambiar de competidores, empecé a competir con músicos y artistas. Hay una frase que resume el estado de un artista decidido: puede que el arte no te alcance para comer, pero seguro te alcanza para vivir. Elegí sacarme un poco la presión social que me conllevaba a competir en otros campos de la vida y endulzarme con el arte y sus vivencias. Ahí fue donde me quité la posibilidad tentativa de hacer dinero con o sin delitos. Ahora, después de muchos años reconociéndome una y otra vez, solo compito conmigo mismo.  

Hace rato estás metido en el mundo de la música. ¿Cómo ha sido tu vida artística?

Por el contrario, hace rato que no estoy metido en el mundo de la música, hace rato que no entiendo ese mundo, ni en que momento me salí. Yo he sido un soldadito aventurero con muy buena fortuna, mi vida artística es una fábrica de carisma que me hizo posible caminar libre entre buenas manos.

Un artista siempre está buscando una forma original de expresar lo que siente y piensa, ¿cuál es la tuya?

Yo tengo ese artista por dentro, pero también tengo un campesino, un vendedor, un emprendedor. En fin, siempre trato de expresar libremente lo que quiero y pienso, casi como una autocondición en cada actividad por la que esté caminando. En mi faceta de cantautor me intereso por contar historias reales, esencialmente sencillas.

En el 2018, con la canción La confianza, que hiciste con Andrea Echeverri, El Cholo Valderrama, Johana Reina y Ahiman, recorriste el país promoviendo la paz. ¿Qué papel debe cumplir el arte en la solución de los conflictos sociales? 

Fue un año muy lindo, nos sentimos sembrando, ideando cosas buenas para todos. Es muy gratificante dedicar tiempo a servir, a hacer el bien sin mirar a quien. Convertimos la canción en una invitación a la confianza, sembramos esa onda con artistas que solo inspiraban lo mismo. Claro, nos reconocimos labrando soluciones desde el poder sublime y subliminal del arte musical, que si es protagonista coquetea, alcanza y muchas veces contribuye a las más sensibles soluciones sostenibles.

Hay una canción de tu autoría que me impactó mucho por su historia de amor y tragedia. Se llama Tere. ¿Háblame un poco de ella?

Esa canción es una fábula, una reconciliación conmigo mismo, con un proceso doloroso que debí aprender a discernir. En mi vida solitaria encontré en los animales mis mejores compañeros y compañeras. Así fue como compré a Tere, una mascota tipo porcino que eduqué y me educó. Bueno, hoy en día creo que intentó educarme y no lo logró. Pero sigamos, al pasar más de un año de mi relación con Tere, la llevé a aparearse con otro de su especie, seguí el sonoro consejo monetario de un campesino amigo. Sin embargo, Tere no estaba de acuerdo con aquel encuentro. Puso absoluta resistencia, huyó por un pequeño espacio y encontró la muerte. Fue literalmente una violación, una escena para los deleites de mis culpas. Quedé muy triste y desolado. No obstante, los testigos de aquella normal tragedia me rogaban que descuartizara a Tere y la vendiera o repartiera en la población. Esta petición me pareció difícil e inoportuna, pero no tuve otra opción, seguí envuelto en esa cadena trágica y triste.

¿O sea que esta canción es una forma de pedir perdón?

Realmente escribí Tere con un sentimiento de culpa que solo pude ir mitigando con el tiempo. La culpa pasa, pero cada vez que canto esa canción vuelvo a la reflexión profunda. 

Tienes otra canción hermosa que se titula Lento deprisa.  Me causa curiosidad que la grabaste en varios ritmos a través de los años. ¿Qué te conllevó a esa insistente exploración?

Esta canción fue una bella historia de amor prohibido y destierro. Data del año 2000. Tiene más de dos décadas. Siempre fui muy feliz improvisando y dejándome sorprender por cada momento. En un principio, escribí la canción en un ritmo único, pero cuando iba en el taxi para el estudio decidimos grabarla en un ritmo ternario, un andino merengue vallenato. Quedó con algunas reservas en la producción, pero se sentía una buena historia, una melodía alegre y una letra contemporánea entre social y tierna que apenas nacía en los intereses del mercado musical de aquella época. Me llevó a firmar mi primer contrato discográfico en el 2001. En esa oportunidad, desde el punto de vista comercial, no pasó mucho, pero musicalmente nacía un compositor exigente con la poesía y la sencillez de las letras. Algunos años después, en el 2012, en Chile, otro de mis países favoritos, volvimos a grabar Lento deprisa, esta vez en un sistema binario, un paseo vallenato. Logramos sincronizar la canción para Cine Colombia, convirtiéndose en la banda sonora de una película colombo mexicana llamada Bola e trapo. Sin mucha gloria pasaron varios años hasta que en Bogotá me insistieron en hacer otra versión, pero ya no tenía mas ritmos en mi haber, así que la grabamos tal cual la compusimos, en su ritmo único y con solo dos instrumentos, trasmitiendo un piano y una voz sentida. Fue masivamente elogiada por la crítica y la prensa bogotana, enseñándome a soltar mientras perseveraba amando y a ir lento y deprisa en la tierra más hermosa.

¿Qué representa la Sierra Nevada para tu música?

La Sierra representa para mi música una lógica existencial. En la sierra vi la primera parranda improvisada de mi vida, más o menos a mis seis años. Improvisé mi primer verso que canté con mucho cariño a mi abuela, quien además era mi primer amor alcahueta. Conocí al primer guitarrista y compositor de nuestra familia Mendiola o Mindiola: Juan Francisco. Tengo momentos de catarsis, encuentros directos de creatividad elemental y concluyo frases cómo esta que me hacen sentir muchas veces en lo cierto: “Como acá no tengo luz, a veces puedo ver la luna más clarita”.

¿Qué opinas de la industria musical?

Para mí hay dos industrias musicales. La que maneja el marketing, los premios, la farándula, lo que se debe hacer y lo que no para tener masivamente reconocimiento y éxito comercial. La otra es la de los creadores, los artistas reconocidos o emergentes, la infinita industria del talento. De esta depende la anterior, pero es independiente y estoica.

¿Qué te parece lo más revolucionario y atractivo del vallenato actual?

Me parece atractivo el respeto por los juglares. Me encanta que el Festival Vallenato obliga a mantener los sonidos tradicionales, fomentando así el reconocimiento de cada uno de los exponentes del pasado con admiración y respeto. Realmente la profundidad del legado musical de los maestros es para mí imposible de igualar, pero también me parece atractiva la adaptación de las letras contemporáneas en el vallenato actual. Aunque siento que las costumbres de mi época sonaban más lindas en un vallenato, también creo que las costumbres actuales se bailan mas sabroso y con un poco más de diversión. 

Veo muy atractivo y revolucionario el increíble semillero y la feliz inclusión del género femenino en el folclore.

¿Por qué tomaste la decisión de convertirte en una especie de ermitaño?

Esa no fue una decisión. En la Sierra mi familia tiene un pedacito de tierra que yo quiero mucho desde niño, esa finquita estuvo capturada por la guerrilla más de diez años y cada vez que podía venir al país o a Valledupar a saludar a mis viejos tenía que subir a este lugar a dar una vuelta, a respirar. En el 2015, llegué de Chile a vivir a Colombia nuevamente. Así que empecé a subir con más frecuencia a la finca. Luego vino lo que yo llamo mi propia pandemia, me fui sintiendo sin espacio en el mundo que me rodeaba, me sentí un poco falso, muy vacío. Solo en la Sierra encontraba sosiego para mí. Así pasaron varios años, encontré realmente mi lugar en la tierra, no solo el lugar donde me gusta vivir, sino el lugar donde quiero morir. Después de mi pandemia vino la mundial, me tocó quedarme un año entero sin salir del resguardo indígena kankuamo. Así que me dediqué a sembrar, entregué y solté todo lo que debía salir de mí y hasta el día de hoy siento que a lo mejor está brotando un ermitaño decidido.

“Me encanta que el Festival Vallenato obliga a mantener los sonidos tradicionales”.

REDACCIÓN/EL PILÓN