Venezolanos de cartón

Hace poco veía a través de las redes,  el vídeo de una mujer venezolana, Reymar Perdomo, cantando en tierras peruanas; cuenta ella  la historia de su vida y la historia de su país. “Me fui”  se llama la canción y allí, entre lágrimas, describe como la vida se ha vuelto dura e inclemente con millares de hermanos venezolanos a quienes no les ha quedado otra opción que emigrar por culpa del proceso nefasto de un mandatario estúpido e inclemente que acabó con un país en otrora opulento y orgulloso.

El mensaje es crudo, te toca el corazón; te obliga a pensar en el duro momento que, como a Reymar, les corresponde hoy día, vivir a miles de seres humanos que han tenido que emigrar de su país a tierras lejanas. Venezolanos de cartón… esos que hoy golpea la vida. Ahora recurren a un cartón para exponer su argumento, cuentan en tres o cuatro líneas su triste historia y las razones por las cuales les tocó irse. Sin trabajo, con hambre, con sed. Lejos de su tierra, en compañía de unos hijos vestidos de harapos y tristes. Con las manos en alto, tratan de tocar la sensibilidad de aquellas personas que les miran con escepticismo, con duda; algunos con el corazón endurecido que les hace indiferentes; otros con intenciones, pero impedidos por las mismas circunstancias.

La dura batalla que se libra no es fácil. En ocasiones lo más expedito y fácil es sucumbir, derrumbarse y volver atrás. De pronto, unas monedas, se encuentra su esperanza con unos ojos caritativos que invitan a no desfallecer. Mas allá un inocente bebé observa desde los brazos de su madre, lo obliga a seguir. Venezolanos de cartón, pero quizás más de acero, ¿serán más que cobardes, o demasiado osados? Esa no es la vida que merece nadie, sin duda alguna. Hoy están obligados a decir “me fui” como la canción de Reymar: “Obligaba a mis ojos a no  ver la realidad, creando excusas para no escuchar, yo me escudaba… no reaccionaba; pero tarde o temprano me tenía que marchar” y ahí están con su cartón en la mano, contando una historia de hambre y sed. Con recuerdos lejanos y extrañando  abrazos, de una familia igual de triste por la ausencia. Expuestos en un semáforo a la mirada inquisidora y al dedo inclemente que señala  a los que son y a los que no. Un día la vida cambiará, los días aciagos terminarán y podrán de alguna forma volver a casa con la frente en alto. Mientras eso pasa, amigos, les pedimos a los venezolanos de cartón, que no desmayen. Siempre hay una aurora después de una noche oscura y aciaga. Un día podrán cantar: volví.  Sólo Eso.