Una mirada más del cambio climático

 

Sé que muchas personas en el planeta han escuchado hablar, han tarareado, han murmurado, han hablado y hasta han opinado acerca del llamado “cambio climático”. Pero me pregunto: ¿En realidad sabemos qué es el cambio climático? Pues supongo que son muy pocos los que la tienen clara, así como hay quienes, como yo, que presumimos que “tal vez” comprendemos de qué se trata, además están los que hablan del tema, pero desconocen la realidad de lo que significa y representa este.

Al hablar de cambio climático nos adentramos en un terreno ciertamente desconocido, con múltiples aristas y que mientras no se tenga certeza de esa realidad, difícilmente quienes estén al mando de las naciones encontrarán métodos y formas adecuadas para que sus actos e inversiones no parezcan descoordinados y sin coherencia ambiental, y es que ni siquiera las convenciones climáticas efectuadas durante las dos últimas décadas han permitido a la mayoría de las naciones del plantea, encontrar un método que facilite un impulso radial efectivo; mientras tanto nos hemos conformado con el establecimiento de tareas futuristas, que por cierto, nadie sabe cómo asumir.

Veamos el cambio climático desde los océanos, los ríos, los vientos, el sol, la tierra y su complejidad, el hombre y sus intervenciones mineras, agrícolas y pecuarias, en fin… cuantas actividades se me escapan.

Deseo compartir varios análisis construidos por estudiosos del fenómeno a manera de ejemplo, con la noble intención de armonizar este escrito desde la lógica que recogen y reconocen los científicos, si hay algo claro, es que se trata de un cambio de tal magnitud que aunque podemos predecir que no será agradable, es difícil saber exactamente lo que va a acontecer a mediano y largo plazo, en síntesis… sabemos que no sabemos.

Científicos de la Universidad de Southhampton llevan una temporada midiendo y compilando datos con preocupación sobre la circulación del retorno meridional atlántica (AMOC), una de las principales corrientes implicadas en el movimiento de las aguas oceánicas a nivel global, y lo que han visto, lo han publicado en la revista Nature y es muy preocupante.

Esta corriente oceánica del Atlántico y del mundo, se encarga de transportar agua cálida y en dirección norte, desde el trópico hacia Groenlandia. Por el camino y una vez allí el agua se enfría, se hace más densa y desciende, debido a que su densidad es mayor que la del agua que la rodea.

Una vez abajo, vuelve a circular hacia el sur, de vuelta al trópico, por la base del océano.
En este proceso se distribuye el agua, pero también es una de las formas más eficaces que tiene la Tierra para redistribuir el calor desde los trópicos hacia el norte. El calentamiento global afecta a este proceso porque dificulta que el agua traspase su calor a la atmósfera y por tanto se enfríe y vuelva hacia el trópico; ese movimiento genera una alteración de las corrientes oceánicas que mueven el agua y con ello se distribuyen por todo nuestro planeta, influyendo en el calor y la humedad que dan forma al clima del planeta. Si las corrientes cambian o se detienen no será un cambio suave y tranquilo, de eso podremos estar seguros.

Otro ejemplo es el deshielo del Ártico, que se ha acelerado en las últimas décadas: imágenes tomadas por satélite en el mes de noviembre de 2016, muestran una superficie de hielo en un 30% menor que en 1979. Y la tendencia no parece ir a menos, es difícil predecir cuáles pueden ser las consecuencias en esta ocasión en la que los cambios están ocurriendo tan deprisa, pero entre ellas se encontrarían violentos tifones y lluvias torrenciales en zonas tropicales y un cambio en los patrones de formación y desplazamiento de los huracanes, los inviernos se volverían considerablemente más fríos y los veranos insoportablemente más calientes.

Hace poco La revista The Lancet público un informe en el que advierte de que el impacto actual del cambio climático en la salud es ya un fenómeno global. Este hecho tiene repercusiones graves en la productividad laboral. Además, ha aumentado la propagación de enfermedades infecciosas y, en términos económicos, los eventos climáticos extremos generaron pérdidas insospechadas en la industria mundial; entre otras cosas el costo de esa falta de acción se contabilizará en pérdidas de vidas que se pueden prevenir.

El aumento de las temperaturas también ha dado como resultado una reducción de un 5,3% en la productividad laboral en personas que realizan trabajos manuales al aire libre en áreas rurales, ??lo que incide a su vez en los medios de vida de estos individuos, sus familias y sus comunidades.

La tasa de transmisión de algunas enfermedades infecciosas transmitidas por mosquitos también ha aumentado. Un ejemplo es la capacidad para la transmisión del dengue del mosquito Aedes aegypti, que ha aumentado en un 9,4% desde 1950. El número de casos de esta enfermedad casi se ha duplicado cada década.

El transporte en las ciudades de las economías emergentes sigue estando dominado por la gasolina y el diésel, mientras que los combustibles no convencionales como biocombustibles y gas natural, así como los vehículos eléctricos están ganando adeptos, sobre todo en Europa y EE UU.

En 2016 el uso de las energías renovables llegó a 9,8 millones de personas, un millón más que en el sector de extracción de combustibles fósiles. Sin embargo, la exposición mundial a la contaminación del aire ha aumentado en un 11,2% desde 1990, y alrededor del 71% exceden los niveles recomendados al ser monitoreadas 2.971 ciudades por la OMS.

A su vez, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en su Boletín Anual sobre Gases de Efecto Invernadero, asegura que las actividades humanas unidas al fenómeno de El Niño han elevado la concentración de CO2 un 145% por encima de la era preindustrial (1750). Es el umbral más alto registrado según la OMM, que asegura que “los abruptos cambios experimentados en la atmósfera en los último 70 años no tienen precedente”.

El 2017 ha venido siendo un año cruel por los fenómenos naturales, la devastadora temporada de huracanes, temblores y terremotos, que se sumaron a olas de calor, inundaciones y sequías. causaron innumerables muertes, desplazamientos, hambrunas y devastación en todo el mundo.

En China un sismo de 7.0 grados a principios del 2017 causó 25 víctimas mortales. En Amatrice, Italia en enero de este mismo año, un terremoto de apenas 5.7 grados causó más de treinta muertos en la parte central de Italia. En la Ciudad de México, donde ocurrió el terremoto más reciente y donde murieron 228 personas y más de 6 mil resultaron heridas. Más de 40 edificios se colapsaron.

En el norte de India en julio del 2017, el río Brahmaputra se desbordó en donde 85 personas murieron a causa de estos desbordamientos; y más de 500 mil se quedaron sin hogar. En Asia, las inundaciones asolaron Sri Lanka y causaron que más de 600 mil personas fueran desplazadas, murieran más de 200 y desaparecieran otras ochenta.

En América Latina también hubo devastación por culpa de las fuertes precipitaciones. Los países más afectados fueron Colombia y Perú en donde los deslaves causaron más de 400 víctimas mortales.

El enorme deslave de Mocoa en Colombia mató a 301 personas (de las cuales más de 90 fueron niños). En Perú, más de 2 mil 500 kilómetros de carretera han sido destruidos, 113 personas han muerto y más de 3 millones están en riesgo de contraer alguna enfermedad relacionada con el agua estancada.

En el otro espectro de los terribles fenómenos naturales, están las sequías. Porque la falta de agua puede ser aún más terrible que su exceso. En este fatídico año, tres grandes sequías han causado muerte y hambruna en América y África.

En Somalia, la sequía ha causado que la mitad de la población del país cerca de seis millones de personas estén en riesgo de tener falta de alimentos y agua para consumo humano. En California las sequías llevan más de seis años agudizándose.
En 2016, más de 100 millones de árboles murieron. Y esto ha aumentado el riesgo de incendios forestales.

Sao Paulo ha enfrentado la peor sequía que se ha vivido en los últimos cien años. Los racionamientos de agua han causado también, cortes de energía en una de las ciudades más importantes del continente americano, y la situación parece empeorar día a día.

Los huracanes en este año se hicieron notar de manera nefasta, el huracán Harvey llegó a ser categoría cuatro y se convirtió en el huracán que causó más precipitaciones en la historia de Estados Unidos. En su paso por Texas y otros estados del sur del país, causó fuertes inundaciones y más de noventa muertos.

Poco tiempo después del nacimiento de Harvey, se formó el huracán más poderoso de la temporada, llegó a ser categoría cinco, llamado Irma. Con vientos cercanos a los 300 km por hora, causó estragos catastróficos en Barbuda, Saint Barthélemy, Saint Martin, Anguilla, y en las Islas Vírgenes causo la muerte de 134 personas a su paso.

El 16 de septiembre, el mismo día en que se disolvió Irma, se formó el huracán María. Este huracán se convirtió en el peor fenómeno natural en la historia de República Dominicana y afectó gravemente a Puerto Rico. Causó al menos 94 víctimas mortales y considerables daños materiales en todo el Caribe.

Después de leer esta lista de fenómenos naturales parece imposible seguir ignorando los efectos del cambio climático en la vida del planeta. Por desgracia, en nuestros tiempos, los hombres más poderosos son, en ocasiones, los más ignorantes. Y sí hay algo de qué preocuparnos, ésta en que las condiciones que lo producen el cambio climático permanezcan.

Por estos días y hasta el 17 de noviembre se está desarrollando en Alemania la 23ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, allí se encuentran reunidos 196 países incluyendo Colombia, aun siguen intentando comprometerse para frenar el cambio climático, sin embargo y de acuerdo al último acuerdo en Paris (COP 21) en donde, los países definieron que para fin de siglo, las temperaturas globales no deberían aumentar más de 1,5 °C y cada país se comprometió a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero.

En este momento, al parecer todo el mundo tiene un cumulo de buenas intenciones, incluyendo los EEUU, mas no su presidente; otros líderes del mundo han querido asumir compromisos generales y han programado metas para frenar el cambio climático. Sin embargo el no conocer las realidades, ni las acciones en las que incurrimos diariamente los habitantes del común; y si a esto le sumamos la falta de compromiso y la incoherencia de las industrias del globo, independiente de sus actividades comerciales, así como no tener un mapa lógico de acciones que incluya una guía práctica y que les facilite a los funcionarios públicos encargados de responder por dichas tareas, encaminadas a fortalecer lo programático, para que puedan transferir eficientemente los materiales y mecanismos a utilizar.

En agosto, un estudio publicado en la revista Nature Climate Change señaló que si las cosas siguen avanzando al ritmo actual, las posibilidades de éxito para cumplir el Acuerdo de Paris es apenas del 5 %. Lo más probable, dijeron los científicos de la Universidad de Washington, es que durante el próximo siglo la temperatura de la Tierra aumente entre 2°C y 5°C.
Colombia ha dado unos pequeños pasos en búsqueda de concretar su objetivo, a pesar que intentado cumplir con los compromisos que firmó en el Acuerdo de Paris. Es lamentable tener que decir que el Programa Nacional de Reducción de Emisiones no ha empezado a operar y mucho menos los compromisos de la COP 21 para el año 2050.

Además, sumémosle con voz de alarma la deforestación causada por el postconflicto que aunque ha sido de manera mediática, aún no se ha medido ni calculado esta pérdida, poco se sabe sobre la tala del bosque en zonas como la selva del Guainía, que ha empezado a tener cambios por la deforestación, impulsada por las controversias políticas y sociales; esta realidad va acompañada con el aumento alarmante del 40% de áreas deforestadas del país en 2016; en este caso frenar la tala de bosques se ha convertido en una prioridad del Gobierno colombiano para cumplir con los compromisos que asumió en París, cosa difícil por cierto.

El cambio climático se ha manifestado de manera cruel en el departamento del Cesar, sobre todo en la zona de confluencia minera, que ha reducido sus tierras fértiles y hoy el 65% de ellas están estériles o desertificadas y sin ningún tipo de intervención por parte del gobierno departamental; solo quiero decir: aún se está a tiempo para la rehabilitación y la recuperación del suelo infértil.

En la ciudad de Valledupar hemos visto de manera particular en el transcurso del 2017 los cambios en la naturaleza de las lluvias; y esas manifestaciones con brisas cada vez más intensas y desaforadas, incluyen derribamiento de árboles e inundaciones en sitios que antes no eran inundables.

Pensemos que estamos haciendo mal frente a todas las manifestaciones del cambio climático. ¿Será que tenemos que esperar un desastre natural como el de Mocoa? El cambio climático está transformando nuestro planeta de forma irreversible: sequías, inundaciones, incendios forestales y huracanes de violencia extrema son solo algunos de los impactos que estamos empezando a ver cada vez y con más frecuencia.

No podemos permitirnos ser pesimistas, debemos asumir un rol de conducta apropiada e iniciar acciones desde nuestro hogar y lugar de labores, para limitar el aumento de la temperatura que es crucial en estos momentos, e inoportuno para el sostenimiento de la nevada de la Sierra Nevada de Santa Marta que es nuestro termómetro natural, ya que se encuentra en un deshielo permanente.

Hagamos un cambio no para salvar el planeta que se ha calentado y enfriado en múltiples oportunidades a lo largo de su historia, sino para salvarnos a nosotros mismos.

Por Miguelángel Sierra

@biosierra