Tío Pepe

Pepe Castro dejó un legado familiar, político y social.

Nació en Valledupar el 3 de febrero de 1926. Cariñosamente le dicen Pepe. Contrajo matrimonio con Doña Rosalía Daza García en Fonseca (La Guajira) el 2 de septiembre de 1950, de cuyo hogar nacieron Guillermo, Celso José, Josefina y Juan Manuel Castro Daza.

Pepe Castro mantuvo una relación sentimental, antes de casarse, con Socorro Zuleta Cáceres, hija de Salomón Zuleta Araujo y de Petronila Cáceres Torres, y fueron sus hijos: Ruth e Inés Castro Zuleta. Don Pepe Castro también es padre de Ugoberto Pérez Pérez, nacido en septiembre de 1950, residente en Aguachica (Cesar).

En los constantes viajes que Don Pepe hacía a las fincas familiares, pasaba necesariamente por el corregimiento de Mariangola, donde visitaba a los amigos y en alguna ocasión le presentaron a Teresa Vásquez, joven bonita de quien se enamoró y mantuvo una relación sentimental. Fueron sus hijos: Alix Josefina y Delmis Castro Vásquez. Simultáneamente también tuvo otro romance en Valledupar con Elvia Gámez, de la cual fueron sus hijos: José Guillermo y Andrés Castro Gámez.

De esa colección de mujeres también hizo parte María Mercedes Araujo Morón (3 de marzo de 1939), más conocida como Maricuya, hija de Antolín Araujo Arzuaga y de Carmelita Morón Canales, con quien casó el 29 de junio de 2005 por el rito católico en la Parroquia San Francisco de Asís del municipio de La Paz (Cesar), al año siguiente de enviudar. Fueron sus hijos: Juliethe, Pedro Norberto, María Teresa y María Mercedes.

No es fácil referirse a un personaje como Pepe Castro. Fue mujeriego, político, trabajador, familiar, buen hijo, valiente, ganadero, el rey de los playones del Mono, de las sabanas de Camperucho y hasta escritor, pero también arbitrario, a veces terco, grosero, pero generoso en demasía. Es de esos hombres caracterizados por los pantalones bien puestos, de “cojones” en el buen sentido de la palabra, que solo le temía a Dios.

A mis hermanos y a mí nos consideró como sus hermanos menores porque fuimos criados por Mamafina, su madre. Así nos trató desde pequeños con mucha deferencia y un cariño paternal de jefe natural del clan Castro, jefatura, entre otras, que se ganó con sobrados méritos desde que quedó huérfano en el año 1946, circunstancia que le forzó abandonar los estudios para meterse en el duro barro de la finca Los Alpes y en los anegados playones familiares para sacar a sus hermanos adelante, pero que así como la ganó no la supo mantener como era lo deseado, quedando prácticamente la familia acéfala y en desbandada.

Años más tarde incursionó al mundo de la política donde tenía aceptación por su sencillez y vocación de servicio. Se convirtió rápidamente en un importante líder de la región. El pueblo le apoyó y llevó al Concejo Municipal de Valledupar, a la Asamblea Departamental del Cesar, a la Alcaldía de Valledupar, a la Gobernación del Cesar –en el periodo del 25 de agosto de 1978 al 12 de marzo de 1981- a la Cámara de Representantes por el Cesar y al Senado de la República, con un movimiento fundado por él llamado Mayorías Liberales, del que hacían parte importantes líderes como Benjamín Costa Gutiérrez, Clemente Díaz Lúquez, Monche Rois Gómez, Armando Maestre Pavajeau, Fausto Cotes Núñez y muchos seguidores de la política de Don Pepe. Sin embargo, aunque las bases populares del liberalismo le ayudaban, tenía acérrimos enemigos políticos, un grupo de intelectuales vallenatos que no aceptaban que un burro -así le llamaban-, tuviera más aceptación popular que ellos. Entre más burro le decían, él le recordaba al fiel pueblo vallenato, que el burro era un animal de trabajo como él, que un burro había cargado a nuestro amado Jesucristo el domingo de ramos, etc., hecho que generaba mayor respaldo y se reflejaba en las urnas, donde Pepe Castro aventajaba a sus rivales con muchos votos de diferencia.

Como político fue visionario y generoso. En el año 1961 regaló varias hectáreas de terreno a la multinacional Nestlé, en el norte de Valledupar y allí se instaló la fábrica de leche de Cicolac, dando progreso a la región. Ayudó también a los nativos Arhuacos, regalándoles un predio donde se construyó la Casa Indígena, también al norte de Valledupar y permanentemente ayuda a los más necesitados de la ciudad.

Tuvo afición por la música vallenata, en especial la del maestro y rey vallenato Calixto Ochoa, famoso compositor de ‘Lirio Rojo’, ‘Los Sabanales’, ‘Todo es para ti’, ‘Amorcito consentido’ y muchísimas canciones que Pepe Castro disfrutaba.

Tuvo muchas novias, arte que le aprendió a su maestro de amoríos Eusebio ‘Chevo’ Pinto en la universidad de Camperucho, quien siempre enfatizó que en asuntos de mujeres no se debe ingerir licor para evitar que otros se aprovechen del estado de embriaguez del enamorado y esa es la razón por la que él no bebía licor. Hay un hecho anecdótico donde el alumno superó al maestro. En una noche fresca se encontraba Don Pepe recostado en un taburete sobre las viejas paredes de la casa de la finca Los Alpes, refrescándose de las brisas frías que viajan de la Sierra Nevada. Había luna llena que permitía ver a cierta distancia y él observó que se aproximaba alguien en caballo. Se trataba de ‘Chevo’ Pinto, su profesor de clases de amor, montado en una hermosa yegua, trayendo en ancas a una joven campesina, al parecer, su enamorada. Don Pepe lo invitó a bajarse, mandó a buscar un par de sillas y le ofreció whisky. Inicialmente ‘Chevo’ no quería aceptar porque debía continuar el viaje, pero Don Pepe le dijo que se tomaran un par de tragos, que eso era un estimulante para el romance con la novia. ‘Chevo’, ante la insistencia, se tomó el primero, el segundo, el tercero y perdió la cuenta quedándose dormido debajo del higuito frente al corral de las cabras y Don Pepe aprovechó para conquistar a la novia y una vez lo logró se montó con ella en la yegua de su profesor y fueron a bañarse al río Lajas, donde la luna y la yegua fueron las únicas testigos del amorío del aventajado alumno.

De sus novias se recuerda la Mamito de Guacoche, una cachaca que le decíamos la devora hombres, que afortunadamente el Bala Escalona se la quitó para bien de su salud. Al final estuvo feliz y rejuvenecido con su adorada flaca Elizabeth Linares Ospino, joven bonita, decente, atenta con él, sus familiares y amigos.

Tío Pepe visitaba asiduamente el apartamento donde mis hermanos y yo vivíamos en Bogotá, pues él también tenía uno en el mismo edificio Taironaca, en el barrio Los Rosales. Allí se desestresaba cuando llegaba de las secciones del Congreso de la República. Se quitaba los zapatos, quedando al descubierto con unas medias de color verde o naranja encendido, se acomodaba en el viejo sofá y refería cuentos de la familia. Una vez le pregunté por qué usaba esas medias de colores ácidos y me respondió que las compraba donde Ana Matilde, en Riohacha, con la ventaja de que esas no se la cogían sus hijos.

En alguna ocasión nos propuso realizar un famoso sancocho que él llamaba las siete carnes, que le había enseñado Casimirito, un indígena que apreciaba. Salimos con él a Carulla de la calle 64 con carrera 7, a comprar las carnes de res, costilla, panza, cerdo, pollo, conejo y chivo, lo mismo que un variado bastimento de yuca, mazorca, ahuyama, plátano verde y maduro, guineo, papa, hojitas, malanga, arracacha, ají, un vinagre criollo, cebolla, cebollín, ajo, un queso biche, suero y una canasta de huevos. Era sábado y él estaba entusiasmado con nosotros, es decir, mi hermano Juanca, Chuni Palmera, mis primos Mono y Mandi Araujo, el Yinye Ruiz, el Bala Escalona y yo. Empezó a preparar el sancocho y nosotros le ayudábamos. Yo notaba que él le echaba de todo, hasta los huevos. Eso estaba bastante espeso y olía bien. Cuando ya estuvo, servimos la mesa y empezamos a comer. Estaba delicioso pero muy pesado. Al rato todos estábamos con una llenura tal que sudábamos frío, en especial él, que estaba colorado, con dolor estomacal y hubo que llamar a la droguería Arley para que trajeran sal de frutas y a su secretaria del Senado Carmenza Hobaica Ortiz para que buscara un médico.

Viajar con él era un espectáculo. En alguna ocasión viajamos en carro de Bogotá a Valledupar. Paraba en todas partes a comprar frutas y cuanta cosa vendían en el camino. El problema era coger las carreteras del Cesar, porque se detenía en cada pueblo a saludar compadres, amigos y una que otra novia y de paso les regalaba piñas, mandarinas o fresas. Sus amigos quedaban felices. Eran viajes agotadores pero nos acomodábamos porque esa era su condición.

Pepe Castro será recordado por hechos que fueron noticia nacional como la vez que asistió el 31 de diciembre de 1981 al Club Valledupar y le pidió a la orquesta venezolana contratada para amenizar el baile, que tocaran el himno nacional de Colombia. Ellos manifestaron que no lo sabían, entonces él les dijo que no podían tocar en el Club por no ser dignos. Su intención era dar un mensaje al pueblo venezolano que no era pecado tocar los himnos nacionales por los grupos musicales y también como represalia a la humillación y lesiones personales que recibió el rey vallenato Alfredo Gutiérrez el 16 de noviembre de ese mismo año en Maracaibo (Venezuela), por tocar con su acordeón el himno de Venezuela. Enseguida muchos socios empezaron a insultarlo y su primo Lalo Montero que era de la Junta Directiva intentó quitarle el micrófono con otros socios, hecho que hizo reaccionar a Pepe Castro, pegándole a Lalo. Además, desenfundó el revólver e hizo un disparo al aire. Todo fue un caos. Las mujeres con sus vestidos largos se metieron debajo de las mesas, otras se tiraron a la piscina, había tacones rajados y regados por todas partes, bloweres deshechos, aretes en el piso, fue una verdadera locura. Este hecho solidario con el folclor vallenato le costó dos años de suspensión del Club por haber violado el reglamento social.

Sin ser sacerdote casó a una pareja de novios. En alguna ocasión se encontraba en su finca El Gobernador, ubicada en el corregimiento de Los Venados, cuando recibió la visita de un amigo trabajador con su novia y le comentó que quería casarse pero había un problema y era que el cura no estaba en el pueblo y la solución era que D. Pepe los casara. Ante la petición, él respondió que no era sacerdote, pero el trabajador antojado por casarse le insistió que eso no importaba porque él (D. Pepe) sabía rezar. Ante tanta insistencia de los novios, él decidió casarlos, les rezó el padre nuestro y el credo y les dijo: -“Los declaro marido y mujer. Ya pueden comerse los mangos”.

Asimismo, será recordado en los corregimientos y municipios del departamento del Cesar por los 24 colegios que hizo, la electrificación rural y kilómetros de carreteables para apoyar al campesinado. De hecho, era condecorado a cada momento en tales poblaciones donde lo declararon hijo adoptivo por lo que significó en el desarrollo comunitario. Consecuencia de sus obras sociales le fue otorgado el título de abogado Honoris Causa por la Universidad Libre de Bogotá. Quizás, el más importante de los homenajes que le han brindado, por lo simbólico que representa, es el que le organizó la “Universidad Popular de Camperucho”, liderado por su sobrino Juan Carlos Castro Arias y su hijo Pedro Norberto Castro Araujo, en un asoleado 27 de diciembre de 2008, donde los buenos hijos del pueblo como las familias Almenáres, Quiroz, Arzuaga entre otros, le rindieron un justo reconocimiento porque allí, en esas vastas sabanas, D. Pepe aprendió a formarse como hombre responsable para sacar a sus hermanos adelante, en lo que los nativos denominan la universidad de la vida. A dicho acto asistieron Hermes Pumarejo Hernández, William Restrepo Sierra, William Andrés Restrepo Urbina, Balmiro Carrillo, Carlos Alberto Atehortúa, Jique Cabas, Alcides Arregocés Atencio, Juan José Escalona Arzuaga, José Martín Bermúdez Cuello, Álvaro de Jesús Castro Castro, María Beatriz Almenares Castro, Juan Carlos y Pedro Guillermo Castro Arias, Azalia Gutiérrez Cerchar y su hijo Juan José Castro, Álvaro Ruiz Castro, Álvaro Ruiz Molina, Celso Ramiro Castro Castro, D. Alfonso Araujo Cotes, María Mercedes Araujo Morón y sus hijos, las hermanas Gutiérrez Almenares, un europeo pasado de olor y otros amigos de la familia Castro. Se destacó la intervención de Juan Carlos Castro Arias y de D. Alfonso Araujo Cotes quien en un discurso emotivo aprovechó para decir a D. Pepe que ellos eran familiares, hijos de dos mujeres que se quisieron como hermanas y que quería hacer las paces con él y ser los buenos amigos del pasado, hecho que generó aplausos y mucha alegría en los asistentes, principalmente a D. Pepe quien lloró de la emoción.

Don Pepe Castro siempre creyó en los misterios de la magia. Se le recuerda mucho a la Maje, Julio Izquierdo y Casimirito, los dos últimos eran indígenas quienes decían conocer los secretos del más allá. En alguna ocasión que D. Pepe visitó su finca Santa Rosa, llevó como invitado a Julio Izquierdo. Se transportaban en una Toyota. Cuando venían de regreso por la boca del zorro, al asomar a la carretera negra, D. Pepe vio a lo lejos un personal vestido de militar y le preguntó a Julio Izquierdo: -“Compadre, dígame si esos hombres son amigos o enemigos?” De inmediato Julio sacó el poporo de la mochila, comió y cerrando los ojos contestó: -“Pepa, tranquilo, son amigos, puedes seguir”. Don Pepe, que todo le creía a Julio, decidió continuar la marcha cuando de repente le empezaron a disparar varias ráfagas de fusil. Don Pepe, gracias a su habilidad y a que fue protegido de Dios, reaccionó dando reversa al vehículo mientras Julio Izquierdo se enroscaba como una cascabel y metía su cabeza debajo de la guantera para evitar ser herido. Al final se salvaron de los disparos de la guerrilla pero que lío fue sacar a Julio Izquierdo, quien quedó atorado y se estaba asfixiando y hubo que romper la silla para poder rescatarlo con vida.

Fue Presidente del Club Valledupar S.A. en los periodos 1958-1959, 1959-1960, 1960-1961, 1964-1965, 1965-1966, destacándose por el gigantesco impulso que le dio a la sede actual, comprando el lote donde queda la sede actual por $5.000 a la señora Olga Niebles Padilla, según Escritura Pública 180 del 20 de octubre de 1958 y contratando en 1960 a la firma ‘Ingelecon’ para iniciar la edificación. Doña Josefina Mercedes Castro Monsalvo, madre de D. Pepe, quien vivió 100 años, facilitó gratuitamente su bulldozer para limpiar el terreno, inclusive regaló una reja para proteger al centro social. El 11 de noviembre de 1960 contrató a la orquesta venezolana Billos Caracas Boys, siendo un éxito la fiesta y con los dineros recaudados se concluyó el segundo piso del club. En su segunda administración como presidente, volvió a contratar a la misma orquesta para recaudar fondos para terminar las obras del primer piso. Fue otro éxito y con los recaudos hizo el restaurante, bar, oficinas, parqueadero, baños y proyectó la piscina.

Escribió las crónicas de la Plaza Mayor en la vieja casa símbolo de la familia Castro, donde era visitado por sus sobrinos, amigos, indígenas Arhuacos, vendedores, compadres, huérfanos, viudas, escritores, sacerdotes, etc., y aprovechaba para rememorar los tiempos pasados al lado de sus amigos el Capi Hernández, Toño Mindiola y muchos más.

Murió a las 9 y 10 de la noche del 28 de mayo de 2017, en la clínica cardiovascular, de viejito como otrora se lo pronosticó Casimirito, indígena que lo quiso mucho.

Se nos fue no solo el tío querido, sino el jefe de la familia, un gran líder que amó y dio todo por su pueblo, un ser solidario que jamás olvidaremos por sus obras imborrables. Adiós tío, saludos a Mamafina y a mi papá (Memo) que tanto te quiso. Que Dios te tenga en la gloria.

Por Federico ‘Fico’ Castro

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