Salvajes

Los gobernantes, como el rey de la selva, pretenden imponerse ante sus súbditos más por la amenaza del presupuesto a repartir que por la fuerza de las ideas o el ejemplo del buen gobierno.

El pueblo como ovejas borregas son dirigidas y gobernadas hasta donde Vicente y sus chirridos de protesta son objeto de burlas, exageraciones guerreristas o enjuiciadas desdibujándose la ley natural de la vida como serían vivir, caminar y aullar diferentes.

La sociedad como burros da con el hocico a sus propios, juzga, humilla, segrega y discrimina entre razas y colores hasta el punto de equiparar a los incultos con los indios, ignorando que los indígenas poseen la cultura más rica y milenaria del universo.

Más grave aún resulta la inexplicable decisión a veces mayoritaria del rebaño de validar líderes endiosándolos e idolatrándolos a quienes les otorgan el hálito de Mesías para resolver lo divino, lo humano, lo inhumano y lo salvaje. Olvidando los pasajes de la historia que en la mayoría de casos, los reyezuelos o mesías se transforman en dictadores dejando por legado más problemas que soluciones.

La justicia, en lugar de ser como madres que en su naturaleza cuidan y defienden a cada uno de sus hijos, por el contrario, se autodestruye conduciéndose al abismo de la connivencia, laxitud y prohijando a que impere la ley de los más fuertes de la manada o de los más salvajes o poderosos.

Los grupos al margen de la ley, salvajemente deambulan como camaleones cambiando de pigmentación para disparar sobre seguro su viscosa saliva mortal en contra de ancianos, niños, mujeres indefensas como de humildes vigilantes de su propia raza y condición, so pretexto de liberar a la especie y conducirnos hacia la salvación del socialismo.

Los medios de prensa repiten como pericos los mensajes de la paloma mensajera de la buena nueva, de la señal santuaria, de la panacea como del advenimiento de la paz.

La clase política se desnaturaliza cada día más, cuando se desvive a picotazo limpio por el plato del almíbar de su alpiste, para acrecentar su estómago personal sin percatarse de la existencia de sus iguales de especie y raza a quienes realmente debe su dignidad.
¡Qué clase de animales! ¿Asnos? Si destruimos todas las especies a nuestro alrededor por capricho, por deporte o por simple afán de devorarla. Tampoco nos percatamos siquiera que las demás especies cumplen una función especial de protección de la tierra. ¡Que bestias!

La humanidad en lugar de dar con su inteligencia desarrollada dentro de los parámetros de convivencia, concordia y armonía para garantizar la supervivencia de su especie acude por el contrario a la fuerza animal y salvaje para imponerse contra propios y semejantes, hasta el punto de colocarse en peligro de destruir su propio hábitat y la vida de la especie humana. ¡Que salvajes! Es imperdonable que la única raza con inteligencia actúe desaforadamente, deslumbrándose por el brillo del enriquecimiento del dinero a costas que muy pronto no haya nada que comprar ante el holocausto ambiental derivado del desarrollo brutal.