Al inicio de esta semana se celebró el Día del Abogado; festejo que se hace en honor a San Ivo, el abogado santo al cual los juristas de muchos países tienen como Patrono, incluido Colombia.
Pero creo que en estas fechas más que preocuparse por una simple conmemoración y un frío y aburrido festejo, debería haber más preocupación por la función social del abogado en la sociedad y su rol frente a la administración de justicia, ya que es muy repugnante y vergonzoso lo que generalmente se comenta sobre estos profesionales. Se dice que la abogacía es la profesión con la peor fama que existe, que ni los zapateros, ni los costureros, ni los mecánicos tienen tanto descrédito como lo tienen los profesionales del derecho.
Es tanta esa mala fama, que es común escuchar chistes donde se les compara con ratas, tiburones, cocodrilos o lo peor aún, históricamente se dice que los abogados no entran al cielo porque son del diablo; pero creo que buena parte de esta difamación obedece al mal uso de unos preconceptos que tiene la misma sociedad que hacen distorsionar el buen sentido de la profesión a la hora de ocupar sus servicios.





