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Los niños, víctimas fatales
06/10/2008

Parecería llover sobre mojado. No hay día del año que no registre un accidente cuya víctima fatal sea un niño, o para ampliar el espectro, un menor de edad.

La exposición del secuestro y crimen de Luis Santiago, de pocos meses de nacido, cuyo victimario fue su propio padre, acaso tuvo la virtualidad de exhibir y escandalizar por tantos casos similares acaecido y otros donde los niños por accidentes resultaron muertos.

El Cesar, por infortunio, ha sido noticia en los últimos días por esa causalidad, en veces contingente, en veces proterva; es decir, el Cesar quizás no anda rezagada de la media nacional en cuanto a víctimas de la niñez.

Aún está fresco en la memoria el accidente ocurrido en la población de Pueblo Bello, en la cual tres niños murieron incinerados al caer en el colchón donde dormían una vela que había sido encendida para mitigar la oscuridad provocada por vientos huracanados causantes del deterioro de las líneas de la energía eléctrica.

Unos días después, en la población de Sandiego, un menor de cuatro años tomó un arma dejada descuidada y la disparó acertándole en la cara a su abuela, provocándole de inmediato la muerte. Ojalá logre conservarse la inocencia y la salud síquica del victimario.

Los casos no paran. Ayer, en el barrio Primero de Mayo de la ciudad de Valledupar, para combatir la presencia de las ratas le fue untado raticida a una torta o pudín, con tan mala suerte que fueron dos menores de edad los comensales; uno, de tres años, pereció; el otro, de diez, se encuentra hospitalizado, apenas estable.

En la misma fecha se reportó otro secuestro, esta vez de una menor de cuatro años de edad, desconociéndose paradero y autoría. Es una orgía de atentados y accidentes que cobran víctimas inocentes.

Muchos otros ejemplos podrían enumerarse e ilustrarse, que los hay a manos llenas para mayor desgracia y paradoja de un país que dice librar una lucha tesonera contra el maltrato infantil y la protección de la niñez y la adolescencia.

Por supuesto, se ha echado ex profeso en una misma vasija todos los casos causales de muerte de los menores de edad, sin importar si hubo dolo o una de las modalidades de culpa. Lo que interesa connotar es la vulnerabilidad en Colombia de los menores de edad y no justamente por la indefensión de su edad, sino sobre todo por la actual deshumanización del colombiano.

Conviene reflexionar sobre el tema. Inclusive, poner en remojo la multiplicidad de casos culposos, en especial de los responsables del cuidado de los niños, cuya imprevisión finalmente provoca una alta tasa de morbilidad/mortalidad en los niños: hoy se reportó el caso de una niña que se tragó una ‘checa’ o tapa de gaseosa; ayer, un boliche; antesdeayer, un dije. Y pare de contar. ¿No habrá manera alguna de evitar esas contingencias?

Desde luego, otro es el caso de la conducta dolosa, repetida hasta la saciedad y que deja muy mal parada a la sociedad colombiana, mostrándola enferma, viciosa, deshumanizada.

¿Se está lejos de la realidad? No tanto, a juzgar por los espeluznantes y vergonzosos hechos repetidos cada día. Ha de encontrarse, al menos explorar desde la política sociológica, las causas de ese comportamiento perverso tan recurrente en las épocas actuales.

Algunos aventuran hipótesis; son padres/madres que traen al mundo hijos no queridos, valga decir, embarazos no deseados, unos terminados en abortos, otros abandonados o asesinados a temprana edad, y la mayoría crecidos con resentimiento, desadaptación, carencia de afectos, malos ciudadanos…

Ardua es la tarea por delante.

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