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Valledupar,
Gonzalo Araujo Daza
Gonzalo Araujo Daza
El cuatro es el cuatro
06/10/2008

El cuatro de octubre tiene para todos los oriundos de La Paz una connotación y significado imborrable, sin importar que distancia de tiempo o de lugar exista en el momento.

Estoy completamente seguro que para quienes nacimos o vivimos nuestra niñez deambulando en sus calles raras, ese día no es, ni será un día cualquiera.

No interesa que por alguna circunstancia de fuerza mayor no podamos ir a nuestra patria chica, incluso para quienes ahora practican una religión que niega la existencia de los santos y rechazan la adoración de imágenes, los Cuatro de Octubre nos traslada por el inevitable terreno de la nostalgia, a las fiestas felices de nuestra niñez, a nuestra primera comunión, a la pólvora de la vaca loca, los buscapiés, la fantasía de castillos fluorescentes, las carreras de caballos.

Todos esos recuerdos maravillosos que hacen parte muy adentro de nuestro ser, es un patrimonio colectivo que todos los pacíficos ostentamos orgullosos y revivimos cada octubre y que cualquiera pude ver en los ojos melancólicos de los que asistimos a la misa o procesión de San Francisco, escuchando la Banda de los Calderones, en los bemoles de sus saxofones y trompeta invencibles e inmortales, como si en la muros de la puerta de la iglesia o detrás de San Francisco en la Procesión, se encuentra omnipresente las almas de Luís Gregorio, Clemente y Napo.

Si me atrevo a decir que el día de San Francisco evocamos las fiestas pretéritas de la infancia y adolescencia, me atrevo a decir que no existe otra fecha entre los pacíficos que nos identifique mas, por que sabemos que casi todos los cuatros de octubre de nuestra vidas, desde que nuestros padres nos llevaron cargados en brazos a conocer a San Francisco, hasta que lo seguimos haciendo ahora desde adulto, como si hubiera quedado gravado en nuestro infantil cerebro el compromiso ineludible de estar ahí todos los cuatro, tal vez con la ilusión secreta de sentirnos nuevamente niños, sin importar que de un tiempo para acá se haga paralelamente un estupendo Festival Vallenato de Voces y Canciones, pero el cuatro es el cuatro.

Por la magia de la más inocente y maravillosa ignorancia de mi niñez, durante mucho tiempo tuve la hermosa creencia que las fiestas de San Francisco eran de carácter mundial y de hecho para mi lo eran, considerando que para entonces la conciencia de la existencia del mundo estaba circunscrita estrictamente a sus calles pedregosas y sus alrededores, el río Mocho, con sus pozos: El Chorro, el poso arribita, el pozo del diablo etc., mas arriba el Pereira y para abajo, un inmenso río Cesar, no necesitábamos mas, eso nos bastaba y nos sobraba para ser feliz.

Como dijo Miguel Ángel Cornejo: “Los hábitos crean las costumbres, las costumbres crean las culturas y las culturas son las que nos definen como sociedad” yo podría decir al margen de la discusión religiosa que San Francisco de Así, como consecuencia del sano habito trasmitido de generación en generación, al hacernos participar activamente en sus celebraciones de Octubre, se fue incrustando en nuestros genes haciendo parte integral de la cultura pacifica, desde cuando los antepasados lo llamaban, para ahorrar palabras, simplemente “el Seráfico”.

Mientras se mantenga esa sana tradición y costumbre de venerar a ese gran hombre, ejemplo de desprendimiento y abnegación, que siempre quiso ser, con esa humildad que tanto nos hace falta en estos tiempos de prepotencia y arrogancia, un simple instrumento de Paz, palabra esta manoseadas especialmente por aquellos que profesan y practican todo lo contrario, por eso defiendo a ultranza a los que por una u otra razón nos sentimos seguidores de San Francisco de Así, y estamos seguros que adoramos algo más que una imagen de yeso, lo que realmente veneramos es esa parte intima y sentimental de nuestra orgullosa idiosincrasia, y lo más importante con eso no le hacemos daño a nadie.

Gonzalo Araujo Daza

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