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EDITORIAL
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Un verdadero desmadre
Baldado de agua fría
30/08/2008

La invitación a izar bandera blanca hecha por el vicepresidente Francisco Santos ha caído en el desierto, y lo más inesperado, por reticencia del presidente de la República.

Ante el caldeado panorama existente por los constantes enfrentamientos entre las diversas ramas del poder público, sobre todo por los antagonismos entre el presidente Uribe Vélez y la Corte Suprema de Justicia, los sectores representativos del país claman por bajarle el tono a esa pelea que tan mal deja parado al país.

El guante se lo achantó el vicepresidente Santos, quien aprovechó una de sus pocas alocuciones para bien interpretar al país y reclamar madurez y sindéresis de las autoridades, en especial del propio presidente Uribe, a menudo salido de sus cueros para enzarzarse con Raimundo y todo el mundo.

Por supuesto, la iniciativa recogía el sentimiento nacional, por lo cual de inmediato se fueron desgranando pronunciamiento tras pronunciamiento de los diversos sectores y de las mismas Cortes, reforzando al vicepresidente e invitando a los contendientes a desarmar los espíritus en beneficio de la patria.

Pero no todo sería color de rosa. El entusiasmo desbordado por la invitación de Santos y respaldada por la ciudadanía bien temprano sufrió un traspié, esta vez de quien menos se creía, del Presidente de la República, la figura que entraña la majestad de la Patria, al que se le ha encomendado justamente preservar un clima de concordia entre los colombianos.

Uribe Vélez no dijo expresamente que no, pero defendió su naturaleza de camorrista con el argumento de que el debate no podría castrarse.

Un baldado de agua fría, ciertamente; de manera inexplicable se confunde el desarme de los espíritus con la castración del debate público necesario inclusive para la concordia. Lejos está la iniciativa de la bandera blanca de amordazar y enmudecer a los colombianos, en cuyo caso el remedio sería peor que la enfermedad.

Un pueblo incapaz de expresarse, de debatir sus problemas, de encarar a los enemigos, de ejercer el derecho a la contradicción, es un pueblo condenado al ostracismo, al atraso y finalmente a la guerra, pues cualquiera de estas razones individuales son suficientes para iniciar una conflagración de incalculables proporciones y de impredecibles consecuencias.

La petición era escueta pero clara, cuyo entendimiento no exigía mayores malabarismos. De lo que se trata es de tramitar las diferencias y proponer y realizar los debates sin el ánimo de odiosidad y perversión que hoy los caracteriza, sin la guerra fría y pantanosa con propósitos para nada nobles.

Debates constructivos que privilegie la verdad pero también el respeto y la amistad colaboracionista entre los diversos poderes del Estado, al fin y al cabo uno solo, así esté compuesto de varios órganos y miembros con funciones distintas.

El presidente debe revisar su actitud, bajo el entendido que lo cortés no quita lo valiente. La autoridad puede ejercerse, merecerse y honrarse sin llegar a los extremos de irse a las vías de hecho, a las trompadas con el primer contradictor asomado en el camino.

Por el contrario, nada le hace tanto daño a esa autoridad que la ausencia de templanza en sus gobernantes, pues en vez de bien educar con su ejemplo lo que hace es modelar ciudadanos mal encarados, intolerantes y guerreristas.

Convendría una gesta nacional para apoyar la propuesta de la bandera blanca, extensible a todos los actores actuantes en la civilidad: si al debate civilizado, constructivista; no al debate destructivo.

EDITORIAL

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