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Valledupar,
Valerio Mejía Araújo
Valerio Mejía Araújo
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07/08/2008

“Juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” Efesios 2:6

Leí la historia del escultor Gutzon Borglum, quien junto con un equipo de colaboradores estuvieron suspendidos en cuerdas a una altura de más de 200 metros, usando desde cinceles hasta dinamita durante unos catorce años, para llevar a cabo la visión futurista de trasformar las faldas de las negras montañas de Dakota del Sur en los rostros de los ex presidentes americanos: Washington, Jefferson, Lincoln y Roosevelt. Un inocente turista preguntó una vez: ¿Cómo supieron que el señor Roosevelt estaba en esa roca?

Hoy quiero compartir contigo acerca de la importancia de romper las estructuras que nos impiden ver lo que hay más allá. Es necesario romper lo que hay detrás y que tiene la forma justa de nuestra vida. Es necesario quebrantar toda limitación física, emocional o espiritual para acceder a los lugares que Dios ha preparado para nosotros. Transformándonos por la renovación de nuestro entendimiento, y comprobando la perfecta voluntad de Dios para con nosotros.

He aquí la historia de un príncipe llamado a ser rey, cuyo destino se ve truncado y termina en la tristeza y mediocridad:
David fue ungido rey cuando Saúl todavía estaba en el reinado. Su victoria frente a Goliat le abrió las puertas y lo catapultó hacia el palacio donde establece una sincera amistad con Jonatán el hijo del rey. El hijo de Jonatán Tenía cinco años cuando su abuelo y su padre mueren en los montes de Gilboa, y cuando la noticia llega al palacio, la nodriza que lo cuidaba salió corriendo para protegerlo, se cae y lo deja lisiado de sus piernas para el resto de su vida.

Este joven príncipe estuvo escondido, en un lugar cercano pero distante, debió haber crecido en el anonimato y la adversidad, entre las penumbras. Era lisiado y no podía irse a ninguna otra parte. Vivió en un lugar de miseria, pobreza, insuficiencia, limitación, no salía a ningún sitio y vivía lleno de temores y pánico sufriendo por su vida. Cualquier persona podía denunciarlo como descendiente de la casa de Saúl y su integridad podría peligra para borrar todo vestigio de legítima herencia y toda posible pretensión de recuperar el trono de su padre.

Sin embargo, David por amor al pacto que había hecho con su padre Jonatán, le busca y le manda traer al palacio para recomponer y restaurar su destino, prometiéndole: Misericordia por amor a su padre Jonatán. Restaurar sus derechos y devolver su herencia en bienes y tierras. Invitarle a compartir siempre la mesa del rey y ser tratado como parte de la familia real y como un hijo del rey.

Este personaje llamado Mefi-boset , es símbolo de cada uno de nosotros, quienes vivíamos sin Cristo y llenos de angustia y temor. Con derechos legítimos adquiridos por causa de la herencia, pero viviendo a espaldas de ellos y completamente ajenos a nuestra ciudadanía celestial. Pero también representa a la iglesia colectiva, cuando un rey desconocido, por amor a un pacto nos manda a llamar y nos saca de esta tierra del olvido. Tierra de tristeza y depresión.

Querido amigo lector, Dios quiere sacarnos del lugar de estreches en que podemos estar viviendo y llevarnos a vivir al palacio. ¿Qué significa vivir en el palacio? Significa salir del anonimato, de la miseria y la mediocridad. Saber que somos parte de la familia celestial y que Dios mostrará su favor y su poder a través de nosotros.

La promesa más hermosa de esa invitación, es la de ir a vivir al palacio y no solamente la de visitarlo cada semana. Convertirnos en habitantes residentes y no sólo turistas visitantes.

Pero lo que más me agrada de todo este nuevo plan de vida es el llamamiento a sentarnos a su mesa, donde todos los días seremos nutridos de su amor y de su gracia.

Hoy quiero invitar a cada amable lector que sienta que en alguna área particular de su vida aun vive en desasosiego y frustración, a recuperar sus derechos legales y aceptar la invitación de volver a vivir al palacio y a disfrutar de la misericordia del rey por los meritos de un pacto de amor.

Todos aquellos que hoy quieran tomar esta invitación, díganle conmigo: “Querido Señor, gracias por invitarme a disfrutar de tu mesa. Acepto ser parte de la familia real. Te doy gracias. Amén”.

¡Deseo que la Gracia de Dios llene tu vida ahora! ¡Abrazos y muchas bendiciones!

valeriomejia@etb.net.co

*Editado

Valerio Mejía Araújo

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