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Jarol Ferreira
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Tío Pundo (Moisés Ferreira)
07/08/2008

“No hay poesía cuando se vive aquí. Estas piedras son tuyas, esos ruidos son tu mente”. Malcolm Lowry

Pocas personas en esta época poseen su talento. Si buscan malditos este hombre no lo fue a propósito, pero a su desventura se le unió algo más, también fue un hombre extraordinario.

Tuve que esperar más de diez años para poder digitar este artículo. A veces uno tiene que tomar distancia para escribir sobre algo que estuvo muy cerca, evitar que el resplandor de la presencia esté por encima de la sustancia esencial es indispensable para evitar que los detalles irrelevantes obnubilen lo principal del relato.

Tío Pundo descansa en el cementerio de Villanueva, en una incómoda tumba que conserva los restos que estructuraban su cuerpo. A su lado, la hierba crece sobre una bóveda descolorida por el descuido y el tiempo. Aún en época de lluvias, los cementerios de La Guajira son calientes como el infierno.

Alguien que no miraba de reojo, una persona sensible y culta que no pretendía cambiar el mundo, pero que significó un gran ejemplo de autodestrucción y desesperación. Un hombre subvalorado, incomprendido e inteligente, que asumió sus karmas caminando derecho hacia su encuentro con la decadencia, la enfermedad, el vacío y la nada.

Pionero del arte electrónico en este valle de ciegos oligofrénicos y tuertos sicorrígidos, fue capaz de revelar toda la mística de la muerte, la belleza y la vida, a través de los cuadros que dejó impresos en lienzos, fijados en papeles o encriptados en discos duros que celosamente hoy guardan quienes quisieron preservarlos de la rapiña familiar que significó su muerte: “Desde que existe la tecnología digital ya nadie tiene que ensuciarse los dedos”- me dijo un día, desde su lecho de muerte.

Arquitecto de profesión, astrólogo de afición, artista de convicción y criador de conejos de desilusión, era un hombre tipo renacimiento. Se burlaba de todos y de todo. Fumaba desde los ocho años, preparaba su propio licor. Practicó la cetrería, adoraba el judo, ejercía el budismo Zen.

Comía de los hongos alucinógenos que encontraba en sus expediciones, con Emilio Salem, a La Serranía del Perijá. Levantó una urbanización de interés social, loteó la finca que luego se convirtió en el barrio Blanca Martínez. Fue profesor en la Universidad Nacional de Medellín, despreció una beca para estudiar pintura en París, por no mortificar a su familia. Fue capaz de construir boomerangs y un kayac, con sus propias manos.

Odiaba los pueblos, detestaba el pensamiento provinciano pero, aunque se educó sobre las montañas de la sabana de Bogotá y ejerció su cortísima carrera como docente encima de los cerros de Medellín, nació, creció, se reprodujo y murió en Villanueva, epicentro del sur de La Guajira, lugar al que amó a pesar de considerar ‘El culo del mundo’.

Jarol Ferreira

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