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Julio Oñate Martínez
Julio Oñate Martínez
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Los cabarets en el Valle
24/07/2008

Es común en el ámbito caribeño utilizar el término cabaret para referirse a un burdel o prostíbulo, pero en la vida real son claras las diferencias entre uno y otro lugar.

Originalmente el cabaret es un sitio de diversión nocturna con espectáculos y variedades musicales que nunca albergó damiselas o mujeres de vida alegre; ellas acudían solas o acompañadas, interesadas siempre en el placer y el dinero, en tanto que en el burdel o casa de lenocinio si tienen residencia meretrices o prostitutas, considerado entonces como un sitio de pecado donde los hombres sólo buscan objetos totales de placer.

Medio siglo atrás en diferentes sitios del caribe colombiano tuvieron gran preponderancia los modelos de cabarets, propios de aquellas películas del cine mexicano, pero que rápidamente nuestra informalidad criolla se encargó de ir cambiando este esquema cabaretero.

En el Valledupar de los años 50 fue ‘El Samoa’ el primer cabaret que ofreció a los bohemios y tomadores de la época un ambiente de sana diversión con música, trago y servicio de restaurante. Estaba ubicado sobre la carrera cuarta en el sector del barrio El Carmen y fue su propietario Arturo Pacific quien llegaba desde Panamá influenciado por el sabor y la pimienta de las Islas del Caribe.

El sitio estuvo varios años animado musicalmente por la sonora del Caribe; orquesta barranquillera que dirigía el maestro Cesar Pompeyo. Un salón central y una amplia terraza para el goce y el baile eran colmado por los noctámbulos, bacanes y bebedores del Valle y un grupo de atractivas damas sin ataduras sociales ni morales residentes en el pasaje que “El Gabi Villar” administraba en cercanías de ‘Cinco Esquinas’, todas procedentes del interior del país. Después que la orquesta finalizaba su par de tandas los perniciosos que deseaban seguir la festiva jornada se iban al ‘Bosque’, el bailadero que ‘Lucho Baleta’ tenía en el traspatio de donde hoy está Cicola (DPA), pero allí ya para brillar la hebilla era con los discos de moda que tronaban en un estridente picot. El Buchana, ‘Robertico’ y Casa de Lores eran los whiskys que mandaban la parada; de los rones el Caldas y el Aguardiente aún no se asomaba por aquí. Una botella de whisky servido con todas las arandelas costaba 25 pesos en tanto que en la calle se podía conseguir en diez. Posteriormente Baleta construyó una media docena de habitaciones para darle un mayor atractivo al sitio con presencia de hermosas chicas que traía de Bucaramanga.

El éxito del ‘Samoa’ fue notorio y tuvo su competencia en el cabaret ‘El Manguito’ que regentaba un señor apellido Arango instalado en el sitio donde hoy funciona el lavadero del mismo nombre. Para su estreno se trajo de Fundación la orquesta ‘Ritmo Caliente’ cuyos integrantes oriundos del Atlántico y Bolívar se quedaron para siempre aquí en el Valle, entre ellos Enrique Villa su director y el saxofonista Néstor García hoy un consagrado maestro dedicado a la docencia y director de la orquesta ‘Caribe Swin’. Un tiempo más adelante Arango le vendió a Baleta y el ya experimentado importador nuevamente se lució con otro catalogo de esbeltas féminas de origen interiorano cambiando así el original esquema cabaretero.

El Bar ‘Villa Luz’ cercano al ‘Samoa’ tuvo todas las características de un cabaret con música viva y terraza interior, con pista de baile pero con el concepto que imponía ‘Lucho Baleta’. Hermosas y sensuales mujeres que allí tenían su trinchera sexual dejaron en libertinos, mamasantos e iniciados, cálidos recuerdos de esa época grata en añoranzas. Fue en ‘Villa Luz’ donde por vez primera en el ambiente cabaretero de Valledupar por allá en 1959 se desenroscó un acordeón que incitaba al baile por gestión del tempranamente desaparecido Jairo Betancourt el hijo de ‘Doña Luz’, un hincha furibundo de Anibal Velásquez quien desde Barranquilla lo trajo con sus cadentes guarachas en una temporada de casi un año. En los otros cabarets de esa época jamás sonó un tres coronas.

‘La tranquilidad’ curiosamente también incrustada en la carrera cuarta en un principio fue una residencia de mujeres liberadas que desde allí salían a debutar en cualquier sitio de diversióna. La propietaria conocida en el medio como ‘Berta La Macho’ más adelante le dio al lugar un ambiente tabernario donde se bailaba y empinaba el codo.

El costo de sostener una orquesta y el surgimiento de típicos burdeles en la parte norte de la ciudad como ‘Las piedras’, ‘El Cielo de luz’ y el de ‘La chivolo’ fueron opacando esa época de esplendor de los cabarets aquí en el Valle.

Los clientes habituales de la época hoy ya entretenidos lidiando nietos sonreirán al leer estas notas recordando sin duda heroicas jornadas horizontales o en posición cubitodorsal, corcoveos, encoñamientos, falsas promesas y uno que otro ‘conejo’ propio sólo de vivos y veteranos confirmando aquello de que ‘todo tiempo pasado fue mejor’.

manuelitomanuelo2@yahoo.com

Julio Oñate Martínez

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