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Rodrigo López Barros
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Autoliberación interior
24/07/2008
El cautiverio de Ingrid Betancourt y sus compañeros de infortunio, en el pasado, y su feliz liberación; su ánimo personal ante los medios de comunicación, que me lo imagino más calido en sus respectivos entornos familiares, me dan oportunidad para hacer una breve reflexión acerca de la libertad interior de la persona; quizás arrojar alguna luz sobre la conducta humana de ellos (general a nuestra especie), antes de haber padecido tan grave situación y después de concluida, con el afortunado desenlace por todos conocido.
Lo primero que se me ocurre es que aquellas desgraciadas circunstancias seguramente les permitieron un mayor grado de iluminación espiritual y una mejor comprensión de su ser interior, al confrontar su padecimiento con lo que ocurría fuera de ellos, tanto allí mismo como en el mundo del que violentamente los habían separado. Y espero que, no obstante su prisión, hayan logrado su libertad interior plenamente, la libertad espiritual, que es la más preciosa y preciada libertad del hombre. La autentica libertad. Pues “es el sufrimiento lo que ayuda a despertar. El encuentro con la realidad”.
No de otra manera puedo entender, por ejemplo, la carta sobre vivencia de Ingrid anterior a su liberación, escrita a su señora madre, en la que hace su confesión de fe y escribe 26 veces el nombre de Dios, con gratitud, y otras varias veces las palabras amor, bondad, solidaridad, ternura, agradecimiento…, que evidentemente hacen parte del repertorio espiritual del ser humano, y no cabe duda, Ingrid y sus compañeros y todos los secuestrados, liberados o no, se han convertido para el mundo entero en personas receptoras y fuentes de amor. Son personas transformadas en el bien. Incluyentes.
Ordinariamente nos pasa igual a todos: Somos una cosa cuando la vida nos mima, y, mientras tanto, nuestros comportamientos son eufóricos, y otra muy diferente, cuando ella nos golpea con dureza y nos sumimos en la tristeza.
Generalmente la fuente de aquella euforia es la posesión de un poder: económico y/o político, y la carencia de éste, se toma como una situación deplorable, digna de reivindicaciones y contiendas. Así es, el ser humano ha sido proclive a las apariencias antes que a las realidades. Ha preferido el tener antes que el ser.
En la primera situación solemos vivir en ensoñaciones e ilusiones, y en la segunda, despertamos y aterrizamos. Allá nos obsesionan los deseos posesivos, acá aprehendemos la realidad, y hacemos conciencia de que quienes predican la observancia de la virtud de la templanza no lo hacen sólo por profesionalismo, o por caprichos moralizantes, sino porque ella ayuda a perfeccionar la naturaleza humana.
El hombre moderno ha desarrollado el mundo casi solamente en el orden material, pero ha avanzado relativamente poco en la construcción de pensamientos cualitativos y en el manejo de las emociones, con lo cual no ha podido mejorar la calidad espiritual de su vida; no se ha educado suficientemente en la teoría y en la praxis de la psicología, la psiquiatría, la psicoterapia ni en la experiencia religiosa; lo que solo se alcanza con el descubrimiento del mundo interior de su mente.
No se puede dudar que él ha logrado explorar el inmenso espacio cósmico y los secretos del minúsculo átomo, pero ha sido escaso en investigar su propio espacio interior, que es el más rico de todos los mundos y el que más y mejores satisfacciones nos da; ha fabricado toda clase de máquinas para hacer producir la tierra y construido inmensas fabricas de alimentos, que se requieren para saciar el hambre física, pero no ha elaborado sistemas inteligentes, coherentes y realistas para producir en él la transformación que cambie su inconsciente egoísta por una conciencia altruista, conforme a la cual no solamente se preocupe por sí mismo sino también por los demás.
Una correcta educación en la virtud de la templanza podría prepararnos anticipadamente para afrontar las situaciones menos y más difíciles de la vida.
rodrigolopezbarros@hotmail.com
Rodrigo López Barros