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Gustavo Rodriguez
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El conflicto árabe israelí
21/07/2008
A propósito del acuerdo humanitario logrado en días pasados, entre Israel y Jezbolá, en el cual hubo intercambio de seres humanos, vivos y muertos, es bueno recordar la difamación a la cual se ha visto sometida, desde hace más de cuarenta años, la nación israelí, como colofón de la leyenda negra que, durante milenios, se urdió contra ella en Europa.
Para eso, es necesario remontarnos a los inicios de la fundación de la nación judía, la cual tiene sus orígenes en épocas remotas, anteriores a la venida de Jesús, cuando Josué abatió las murallas de Jericó. Allí se asentó el pueblo judío por miles de años, hasta cuando, en el año 70 de la era cristiana, el emperador Tito destruyó Jerusalén y expulsó a los judíos, iniciándose, así, la diáspora.
Durante más de 18 siglos los judíos vivieron -desperdigados por el mundo- la persecución más larga y ominosa de la Historia, alimentada por el odio y la envidia de todas las naciones europeas. Solamente en América, a partir del siglo XVI, tuvieron acogida. Aquí, desde Alaska hasta la Patagonia, se les recibió y pudieron convivir con los nativos del Nuevo Mundo. Mientras tanto, en Europa, siguieron los pogromos, en donde las matanzas de judíos y la devastación de sus bienes, cuando no les eran saqueados, constituían el pan de cada día. No obstante, faltaba lo peor: el clímax de esta insólita persecución, que tuvo lugar, cuando el nazismo tomó las riendas del poder en la Alemania devastada por la Primera Guerra Mundial. Entonces, so pretexto de depurar la nación aria de razas inferiores, según el evangelio de Hitler, pero con el único propósito de apropiarse de las riquezas que los judíos habían logrado reunir a través de los siglos, a base de disciplina y organización, fueron sacrificados, enviándolos al patíbulo, a los hornos crematorios, a la cámara de gas o por medio de muchas otras maneras, hasta alcanzar la escalofriante cifra de ¡seis millones! de judíos, cuyo único delito consistía en ser eso, judíos, paisanos del mismo Jesucristo.
Cuando la pesadilla nazi terminó, al ser derrotado el maníaco Hitler quien, entre paréntesis, había acaparado las otras ramas del poder en Alemania y en todos los países ocupados, los Aliados, sobre todo Inglaterra, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, resolvieron dar una nación al pueblo judío, víctima principal del Holocausto y, por eso en 1948, decidieron la Partición de Palestina, cediéndoles una franja desértica de ésta, allí, precisamente donde sus antepasados habían vivido por milenios, casi 19 siglos atrás.
Quién dijo miedo, el pueblo árabe (paradójicamente, primo hermano del judío), se reveló contra la decisión de la Organización de las Naciones Unidas y, desde el principio, quisieron aumentar el boicot iniciado a comienzos del siglo XX, cuando grupos de familias judías empezaron a comprar terrenos en Palestina y, allí, iniciar el primer asentamiento israelí de la era moderna, logrando, con el tiempo, convertir en un jardín lo que por milenios había sido un desierto.
Las casi cotidianas escaramuzas árabes contra los asentamientos de los judíos, se frenaron un poco cuando éstos se organizaron como nación; sin embargo el “tatequieto“ llegó en 1967, con la Guerra de los Seis Días, en la cual, durante sólo una semana, el Ejército israelí derrotó a los ejércitos unidos de todas las naciones árabes.
A partir de allí, Israel no ha hecho otra cosa que defenderse de los ataques terroristas de los palestinos apoyados, a veces en forma soterrada, en otras ocasiones de manera abierta, por Siria, Líbano, Libia, Irak, Irán y otras naciones árabes. Sólo en los últimos tiempos, estas naciones le han empezado a quitar la ayuda a los palestinos.
Vale la pena aclarar que, en los territorios ocupados por los judíos, durante la Guerra de los Seis Días, como los Lugares Santos, por ejemplo, conviven judíos y árabes, sin mayor problema. Más aún, hay familias mixtas de árabes y judíos.
Naturalmente, el ejército judío ha cometido excesos, pero nunca mayores que los cometidos por sus atacantes. Al fin y al cabo, Israel no ha hecho otra cosa que defenderse.
Ahora bien, si los palestinos quieren una patria propia (y están en todo el derecho de exigirla), el Estado de Israel no es el culpable de que esto no se haya hecho realidad; son las Naciones Unidas las que tienen la última palabra al respecto.
Tal vez cuando esto ocurra, cuando los palestinos cuenten con una nación Palestina, quizás entonces, haya paz en el Medio Oriente.
Entre tanto, celebremos que allá haya habido acuerdo humanitario y roguemos porque la tregua pactada vaya más allá del tiempo fijado por los dos pueblos, descendientes todos de Abraham, que, desde hace varios decenios, se encuentran en conflicto.
Gustavo Rodriguez