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Valledupar,
Óscar Andrés Ariza Daza
Óscar Andrés Ariza Daza
A propósito de escatologías y sal de frutas
21/07/2008

A pesar de que la gente puede opinar en sus columnas como le dé la gana, desde mi papel de lector-escritor, en forma cordial quisiera exponer mi desacuerdo ante el modo de expresar las opiniones de algunos columnistas que aunque respeto, no comparto con ellos el hecho de que olviden que quienes leemos, esperamos textos agradables en su manera de plantear el ejercicio periodístico desde la libertad de pensamiento.

Si las canciones vallenatas se toman como referentes para escribir con desacierto sobre la realidad; el arte pierde su finalidad de construir una propuesta ideológica con palabras que aunque representen la estética de lo feo, deben tener como base el buen uso del lenguaje. Por eso, en la medida que reflexiono sobre la escritura encuentro que nuestros juglares que no tuvieron elevados niveles académicos, pueden servirnos de modelo para presentar los hechos con pulcritud, sin caer en la trampa de la extravagancia y el irrespeto por el interlocutor.

Mi único interés es exaltar la correcta escritura y las buenas canciones como “la sal de frutas” de Isaac Carrillo, que narra una historia que aunque lamentable por sus consecuencias, resulta tan extraordinaria en su manera de contarla que en ninguno de sus versos hay uso de alguna palabra fuera de contexto; en ella se demuestra la agudeza y la originalidad a la hora de orientar y divertir a un público que espera un mínimo nivel lexical acorde con su condición humana.

De los juglares como Escalona, Tobías Enrique Pumarejo, Leandro Díaz o Tijito Carrillo entre otros de similar importancia, deberíamos aprender a valorar el cuidado del lenguaje, sin que ello implique renunciar a ser costumbristas, pues se hace inaceptable que la escritura se degrade a la trivialidad especialmente en el ejercicio periodístico en donde debe haber suma responsabilidad con el manejo de las ideas que pertenecen al ámbito de lo público.

La sal de frutas es una canción que utiliza las técnicas de la crónica para mostrar una historia picaresca en la que la ironía es un recurso fundamental para establecer una interpretación del mundo. En ella se muestra la magnitud de la tragedia que desencadenó el festejo, recurriendo a estrategias persuasivas que dan mayor validez a lo que se cuenta, sin caer en la vulgaridad. La historia cantada muestra que todo lo que enuncia se desprende de hechos reales surgidos a partir de la intromisión de elementos extraños a la cultura en la que se desenvuelve, tal es el caso de la comida.

Esta jocosa composición muestra cómo el narrador quiere indicarle al receptor que la intoxicación tuvo implicaciones superiores, de tal manera que los afectados fueron demasiados. Fue tal la magnitud de lo sucedido que el paliativo para la intoxicación “La sal de frutas” se agotó empeorando la situación. Esta presentación de los hechos no cae en usos innecesarios y equívocos de epítetos, lo que la hace aún más dinámica e interesante.

Un famoso poeta chileno para referirse a esas palabras que sobran en los textos expresaba que el adjetivo cuando no adorna, termina matando al texto. Para fortuna de la escritura, nuestros juglares han sido referentes de narradores de la talla de García Márquez o Álvaro Cepeda Samudio, (tan cuidadosos en el uso de los adjetivos) por la maestría al narrar sus cuentos cantados que apelaron a la distinción del lenguaje, para no atascarse en la arena movediza de la ordinariez.

Esta excepcional canción permite detectar la presencia de una crítica a la modernidad instrumental en la medida en que la golosina como le llama el compositor Carrillo a la comida de buffet, se constituye en un elemento sofisticado y extraño a la cultura local, lo que la hace perjudicial para la salud de los invitados.

Este tipo de evaluación del mundo es elaborada por un compositor de origen campesino que pretende salvaguardar su tradición de comer chivos y gallinas en los festejos, sin que por ello tenga que exponer sin elegancia, algunos temas que por pudor pertenecen al ámbito de la intimidad y que con sumo cuidado podrían entrar en el territorio de lo público. Nos queda entonces mucho por aprender de Tijito Carrillo este arte de denunciar con galanura y sagacidad.

arizadaza@yahoo.com

Óscar Andrés Ariza Daza

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