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Luis Augusto González Pimienta
Luis Augusto González Pimienta
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Despedidas
20/07/2008

“Partir es morir un poco”, (Proverbio francés)

La separación de los seres que queremos es siempre triste. Tanto el que se aleja como el queda atrás sienten esa punzada en el estómago que a veces se convierte en ardor. En el que se queda es más grande el dolor de la partida; el que se va, generalmente lo hace en procura de una meta y la esperanza mitiga su malestar.

Una es la situación de quien se marcha por haber cumplido su ciclo vital. Su descanso es eterno. Los que lloran son los parientes y amigos. La pérdida de un familiar o de un amigo cercano conmueve. Se agolpan en descomunal desorden los recuerdos de los bellos momentos pasados, e incluso se evocan con cariño aquellos que en su tiempo estimamos desagradables. Es un repaso vertiginoso y feliz que termina en dolor cuando volvemos al presente y contemplamos el cuerpo inerte, de quien en vida respondía con amor y complicidad a nuestros requerimientos.

Otra cosa son las separaciones terrenas. ¿Quién no ha sufrido la necesaria o forzada ausencia de un amor? De jóvenes ese dolor es incalculable y lacera el alma por lo menos un par de meses. De adultos, nunca se supera, apenas si se atenúa. Decía Cervantes en el Quijote que “Quien está ausente, todos los males tiene y teme”. Parafraseándolo diría, aquél que es dejado todos los males que temía, tiene.

Una despedida que causa escozor es la que se produce al dejar un empleo que se ha ocupado por largo tiempo o con entrega absoluta. Margaret Thatcher cuando dejó de ser Primera Ministra, miró a la multitud de reporteros y permitió que los reflectores y los flashes iluminaran sus lágrimas antes de subir al auto que la llevaría a su refugio privado.

Cuando se despide a un compañero de trabajo lo usual es que se reúnan todos (o un número considerable) a tomar un trago y comer algo con el que se va, desearle suerte, darle un abrazo y decirle, “Vamos a comer un día de estos, me llamas o te llamo.” Por supuesto no llaman, porque a rey muerto, rey puesto. Claro que no siempre es así. En ocasiones las palabras son sinceras y la amistad no se marchita. A veces las despedidas expresan un verdadero deseo de que todo vaya bien en otra parte y envidia porque irse es señal de que todo va bien.

Otro tipo de despedidas que producen alegría, tristeza y hasta envidia en unos pocos, son las de solteros. La tradición popular indica que la despedida de solteros tuvo su aparición a partir de una pareja que carecía del consentimiento de sus padres para casarse. Los amigos, para apoyar su unión, organizaron una reunión a la que llevaron regalos para ayudarles a realizar su sueño. Hoy es una costumbre tanto para mujeres como para hombres, con una connotación totalmente distinta: ahora se hacen las despedidas cuando hay consentimiento de las familias.

Las despedidas largas alargan la tristeza. Ocurre así cuando hay una fecha marcada con anticipación para marcharse y al llegar el día señalado pareciera repentino. Acostumbrarse a la presencia de alguien es fácil; lo difícil es amoldarse a su ausencia.

Con la venia de los lectores, confieso que me venido preparando para despedir a mi hijo que se marcha a adelantar estudios superiores. Sé que es por su bien, sé que las distancias se han recortado y las comunicaciones se han perfeccionado, pero aún así preferiría mil veces no tener que separarme de él. Si la dicha existe, ella consiste en no decir ni escuchar decir nunca adiós.

Luis Augusto González Pimienta

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