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Alberto Atuesta Mindiola
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Ya tenemos bastante…
17/07/2008
Por favor ya tenemos bastante con Íngrid. Nos tienen hasta la coronilla. Todos los días no vemos sino su rostro y oímos solo su voz en todos los diarios del mundo. Desde el momento en que fue secuestrada, por terquedad dicen unos, no hemos dejado de sentir rabia, dolor y solidaridad.
Fueron más de seis años de cruel e infame cautiverio. Cada día le pedíamos al gobierno acción para una liberación. Su libertad sería conseguida con un diálogo de sordos, ninguna de las partes hablaba ni escuchaba. El pueblo hacía rogativas, invocaciones, oraciones, súplicas, no solo por la liberación de Ingrid, sino por la libertad de cinco mil secuestrados por la Farc, el Eln, Auc y la delincuencia común. Unos están encadenados por un propósito extorsivo, otros por una cuestión política. Son una mercancía para ser cambiada por dinero o por otro también tratado como objeto.
Después de una larga e interminable espera, hay una liberación de unos secuestrados. Liberación que nadie entiende la manera como son engañados unos duchos en la malicia. Todos se montaron en un helicóptero sin saber para donde iban ni que buscaban, secuestrados y secuestradores eran un bulto. A buena cuenta no hubo un solo disparo, no hubo una gota de sangre derramada. Fue una actuación certera y un rotundo triunfo para el gobierno.
Se izó la bandera de la moral del ejército, se catapultó la popularidad de Álvaro Uribe, del Ministro de Defensa y del Comandante de las Fuerzas Armadas. Pero los héroes, los que pegaron el pellejo al horno, los verdaderos protagonistas quedaron en la página doblada del cuento, nadie los conoce. Es por seguridad dicen los jefes. Casi siempre el trofeo del triunfo de la guerra se lo dan a un personaje barrigón, medio calvo con alergia al olor a la pólvora; el soldado que se arrastra en medio del ruido ensordecedor de la explosión de las bombas es una diana donde el francotirador enemigo trata de afinar la puntería. Su nombre no importa, presta un servicio obligatorio a la patria para defender algo que ignora.
Al conseguir la libertad de esos casi eternos secuestrados, devorados por la manigua y convertidos en recuerdos, se volvieron personas y llenaron un vacío. La prensa mundial durante varios días no tuvo otra noticia. El primer plano siempre se lo llevó Ingrid Betancourt. Esto fue una explosión de júbilo para todos los colombianos, era nuestra familia, eran nuestros vecinos, eran nuestros compatriotas.
Pasó el furor y nos olvidamos de los otros. Solo queda como protagonista de la película Ingrid. La prensa mercantilista, amarillista toma a esta mujer y la convierte en un icono y todas sus actividades son divulgadas en primera página. La ponen de ejemplo de mujer aguantadora, rebelde, no doblegada. Su popularidad es una ola, ya está de primera en las encuestas como presidenciable. Está signada para ganarse el premio Nóbel de la Paz. Escribirá un libro, Los Días Perdidos en la Selva, se ganará el Nóbel de Literatura. Venderá millones de copias. El libro es llevado al cine y obtendrá varios Oscares.
Los demás secuestrados podridos en la infernal selva. Nadie se acuerda de Moncayo, Mendieta, Jara, de cientos de miserables enjaulados, encadenados al cuello con la vista perdida en un verde que no significa esperanza. Reunimos a todos en una sola persona. Es Ingrid la única que tiene derecho al premio, los demás a la mierda.
Bueno sería dejar descansar a Ingrid. Todavía tenemos el INRI.
Alberto Atuesta Mindiola