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José Atuesta Mindiola
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La virtud de la longevidad
14/07/2008
Las reflexiones infantiles no están exentas de los interrogantes por el temor a la muerte. En esa edad es común escuchar preguntas como estas, ¿La luna no se envejece, ella vive girando alrededor de la tierra y nunca muere? ¿Y por que hay que morir? Yo quisiera ser como la luna, decía Juanito, vivir mucho tiempo, sin envejecerse para no morir.
Envejecer es ir muriendo lentamente, y a la vez, es completar el ciclo vital: nacer, crecer, reproducir, envejecer y morir. El apego a la vida nos emplaza a soñar con una larga estadía terrenal para alcanzar la edad del atardecer, que es un privilegio que nos concede Dios para disfrutar las satisfacciones de haber creado una familia y de renovar la ternura con la llegada de los nietos y bisnietos.
Dichoso el que aprende a envejecer, porque vive la sensatez de caminar sopesando el cansancio lento de los años, y rodeado de la familia recoge los frutos de sus íntimas cosechas. En el silencio de sus soledades palpita la melodía de estos versos:
“Hay hombres que tienen el alma pequeña,
cultivan las penas, recogen dolor;
en cambio yo siembro ternura y nobleza
para recoger cosecha de amor”.
Algunas familias tienen la virtud de ser longevas, la gran mayoría de sus miembros se han despedido de su paraíso terrenal, después de cruzar las fronteras de los ochenta calendarios. Un caso particular es el de la familia Mindiola, los 25 hijos del patriarca José Antonio Mindiola Arregocés casi todos han vivido más de 80 años, tiene el gen de la longevidad. Beatriz vivió más de 103 años, Porfirio, Calixto y Juana vivieron más de noventa años. Néstor y Gonzalo murieron después de los ochenta.
En estos días recibieron el llamado de Dios, José Antonio Mindiola Acosta (de 80 años) y Altagracia Mindiola Montero (de 96 años). Otra virtud de esta familia es que la mayoría muere del corazón. Un privilegio de los románticos morir del corazón, decía el recordado maestro Alfonso Cotes Queruz.
Morir de muerte natural y de vejez es un doble regalo de Dios. No me canso de agradecerle al Supremo Redentor por la larga vida que les regaló a mis padres y a mi abuela Sara Corzo. La muerte por vejez es un premio a la vida, el dolor es menos triste.
Pero hay situaciones de confusión y profundo pesar, cuando la violencia como huracán sin trincheras, inexorable quiere destruir la vida, y la presencia de Dios es salvadora. Transcribo un testimonio de mi hermano Alberto Atuesta:
“… Mi hijo había sobrevivido a una cruel agresión. No era posible que un organismo tolerara tanta violencia. Un ser indefenso ante una jauría de perros de presa armados de navaja, puñales, manoplas y con un anima alimentado por el odio. Para ellos no hay justicia divina ni terrena. Una multitud observa de lejos los acontecimientos y nadie ve, ninguno oye, todos callan, es la ley del silencio. La ley del no me importa.
Este suceso me ayudó a hacer un alto en el camino de la vida, a pensar que tan grande es Dios. Dios todo lo puede. Las oraciones tienen un poder infinito. En cualquier momento de nuestra existencia el Supremo Hacedor nos pone a prueba.
Tropezamos. Dudamos. Hoy me arrodillo ante Dios por no haber creído en su poder. Gracias mi gran Dios, Tu todo lo puedes y nada en el mundo se da sin tu consentimiento. La Virgen de Torcoroma, la Virgen del Rosario, la Virgen de Guadalupe, todas con diferentes nombres son la misma madre del Hijo de Dios. Es la mujer que nos cuida, nos escucha y sufre con nosotros”.
José Atuesta Mindiola