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EDITORIAL
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Una pelea a la vieja usanza
09/07/2008
Pueblo pequeño infierno grande, era la expresión de antaño que seguramente aún conserva su vigencia a juzgar por el zaperoco formado en el Concejo del municipio de La Paz.
A la usanza de los lunares de los viejos tiempos, los concejales del mentado municipio están enzarzados en unas peleas marrulleras por predominio de poder que en vez de favorecer su misión coadministradora por el contrario distrae su atención y le agrega una dosis alta conflictiva a la cotidianidad pacífica.
No interesan los juicios de valor sobre cuál de los bandos es asistido por la razón jurídica, ni si es legítimo y legal el ‘golpe de estado’ propinado a una mesa directiva elegida en la sesión inaugural…
Importa más bien llamar la atención sobre cómo la suerte y el futuro de un pueblo acoquinado por tantas necesidades pueden verse relegados y malogrados por las peleas bizantinas de unos pichones de políticos que aún no se han percatado que esas rencillas están mandadas a recoger.
La praxis actual de los cuerpos colegiados en todo el país, aunque algunos del Cesar parecen ser la excepción, es de mucha más responsabilidad y compromiso en el análisis dialéctico de los problemas de su ciudad y la búsqueda de soluciones.
Es de la esencia de tales cuerpos colegiados la controversia dialéctica, cómo no, dinamo de la democracia. Es esa fuerza de contrarios, esa expresión múltiple reflejo de la diversidad poblacional, son esos debates, se reitera, inherentes a los cuerpos colegiados; no debe ni puede asustar, pues, el debate en si, necesario para el robustecimiento institucional.
Pero esos debates en el mundo actual se han depurados; ya no pueden ser aquellos insulsos e insustanciales para el desarrollo de los pueblos. Ya no son aquellos repletos de ‘marrullerías’ merced a las cuales pocos profesionales habilidosos y politiqueros enredaban a otros incautos y se tomaban de hecho la institución colegiada.
Tiene que haber un punto de inflexión. El municipio de La Paz, como todos los demás del Cesar, adolece de una irredención imperdonable, acaso atribuida a la pérdida paulatina o quizás abrupta de liderazgo, justamente lo que le sobraba a ese pueblo en épocas aún no muy lejanas.
Pues bien. Mientras más grave la crisis mayor los esfuerzos para mitigarla y superarla, so pena de ‘llorar sobre la leche derramada’.
El momento, pues, debe ser de reflexión, de madurez, de sindéresis, de diagnóstico, de solución, dejando a un lado tantas niñadas que a nada positivo conducen. El momento es de unidad; por fortuna, un proyecto de integración está circulando, proyecto que aviva las esperanzas del renacimiento del aguerrido espíritu de liderazgo proverbial en los pacíficos.
A ese proyecto y a otros tantos de la misma naturaleza hay que apuntarle para unirse alrededor de ellos. Las rebatiñas de poder tienen su tiempo, por fuerza breve. Luego todas las energías deben emplearse en el acompañamiento de aquellos proyectos que marquen la diferencia y el norte promisorio.
Y deben emplearse en la misión coadministradora, para serle consecuente y nunca obsecuente al ejecutivo. Para hacer control político, verdadero control político muy distinto de las mañas politiqueras, y para improbar aquello estimado inconveniente y aprobar lo esencial.
Puede ser candidez, quien quita, pero son esos los comportamientos reclamados por la comunidad, que además reprueba aquellos mañosos tan asiduos en otras épocas de ingrata recordación.
EDITORIAL