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Valledupar,
José Atuesta Mindiola
José Atuesta Mindiola
Opinión del 29/06/2008
Al señor alcalde Rubén Carvajal
Opinión del 17/06/2008
Gracias, Monseñor Oscar José
Elegía al mango del patio
06/07/2008

El ser humano tiene raíces como un árbol cuando se establece en un lugar, afianza su sentido de pertenencia y desarrolla empatía con el entorno.

El afecto y el respeto por los vecinos son los mástiles que enaltecen la amistad y hasta el punto de que los buenos vecinos llegan a sentirse miembros de una misma familia; y cuando las circunstancias obligan a cambiar de lugar, los recuerdos son carruseles en amasijos. Se cambia de calle, de barrio y de vecinos, pero la gratitud con ese lugar vivido, con el paisaje, los amigos y los árboles son inagotables.

Más de 20 años viví en el barrio Loperena, en la primera casa que hizo (1943) mi padre a mi madre. Pero esos 20 años en compañía de mi señora Belky y mis dos hijas, se suman a mis recuerdos de estudiante en el colegio Ateneo El Rosario y de la Escuela Industrial, vivíamos con nuestros hermanos en la casa de la abuela Sara Corzo, en el mismo barrio, al frente del famoso ‘Callejón de los Quinteros’.

En esa casa que fue de mis padres vi nacer a mi hija menor, Angélica María, y crecer junto a su hermana Falena. Ahí en la frondosidad del árbol de mango en el patio sentí el hervor de la poesía deslizándose por mis dedos, sentí la frescura de su follaje mitigar la fatiga calurosa del cemento. Ese árbol fue tan bondadoso con nosotros que todo el tiempo tuvo cosecha.

En ese patio, el otear de varias alboradas nos sorprendió con el corazón lleno de fiesta. En el follaje quedaron guardadas mis viejas melodías preferidas: Los merengues de Ángel Viloria, los porros de Pedro Laza y Lucho Bermúdez, los sones de Guillermo Portabales y Miguel Matamoro, los clásicos del vallenato de Diomedes, Los Zuleta y Jorge Oñate, las voces de las guitarras de los Hermanos Carrascal y la voz decimera de Joaquín Pertuz.

También viví el placer de meditar en la levedad de una hamaca bajo la soledad del árbol recordando a un hombre parecido a mí. Pero se hizo necesario dejar ese querido lugar: mis padres ya se fueron a la casa celestial y los vecinos se trasladaron a otros barrios, desplazado por el comercio y el bullicio del centro de la ciudad. Mi señora, Belky y yo, casi los dos en soledad, Falena, la hija mayor, abogada, trabaja en Bogotá y la menor estudia en Barranquilla. Ya casi sin vecinos residenciales, ayer dejamos el barrio.

Pero de esos 20 años, queda la gratitud de ser vecinos de Maria Trespalacios Orozco, Ena Socarrás de Morelli, Efraín Quintero Araujo, Ruth Corzo, Jose Cabello, Carlos y Eloy Quintero, Etilvia Ruiz “Tía Ety”, Paulina Zuñiga de López, Eufemia Guerra, Rosalba López, Carlos Daza Ramírez, Otilia de Fuentes y algunos empleados del CTI. La gratitud de mi amistad para todos ellos.

Ahora, soy el nuevo vecino del barrio “Rosas de Los Cortijos”, cuando llegué recibí la grata sorpresa de varios vecinos que llegaron a darme el saludo de bienvenida, y para nuestra fortuna algunos desde hace tiempo conozco, admiro y respeto, entre ellos la supervisora Nohora, mi exalumno Gustavo Zequeda y el profesor William Martínez que con su señora Dignora Aroca, me invitó a su casa, sacó su viejo acordeón y tatareo este verso, que empieza a ser historia en la memoria.

“Bienvenido Jose Atuesta,

usted es mi querido amigo,

desde hoy es nuestro vecino

y le voy a brindá una fiesta”.

Esta calurosa e informal bienvenida hizo menos triste la nostalgia por mi antigua casa. Mi hermana quien estuvo en hace algunos días de visita se abrazó al árbol de mango y le habló en secreto y entre sollozos, porque ese patio pronto será una edificación de locales comerciales y de oficinas, y el mango dejará de ser un árbol.

José Atuesta Mindiola

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