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Editorial El País
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Un combate desigual
06/07/2008
De no haberse producido el rescate de los quince secuestrados el miércoles pasado, una de las noticias más importantes en Colombia habría sido el editorial de uno de los diarios más influyente del mundo que aseguraba que “la guerra contra las drogas se está perdiendo”.
Ese día, el New York Times contradijo la posición optimista del gobierno Bush sobre la lucha antidrogas, afirmando que “los miles de millones de dólares que Estados Unidos ha gastado en la batalla contra los carteles del narcotráfico no le han hecho mella al comercio de la cocaína”. Más aún, le pidió al nuevo presidente de ese país que aumente los esfuerzos para reducir la demanda, asumiendo el consumo como un problema de salud pública.
La discusión le atañe a Colombia, después de que la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito, Unodc, aseguró que los cultivos de coca en su territorio aumentaron un 27% durante el 2007. Es por lo menos paradójico que mientras las autoridades norteamericanas reconocen la erradicación de 220.000 hectáreas de coca, la extradición de 164 narcotraficantes y el decomiso de cientos de toneladas de cocaína, este organismo informe que en nuestro país todavía hay 99.000 hectáreas sembradas de cultivos ilícitos.
Como podría esperarse, el Gobierno Nacional acogió esas cifras con grandes reservas. Pero también es necesario mirar el problema desde la otra perspectiva: la del consumo y los esfuerzos con que el mundo enfrenta el que es uno de los grandes enemigos de la humanidad. Entonces hay que coincidir con el Times en que la solución no puede estar sólo en la represión.
Mientras en Europa y Norteamérica la demanda siga creciendo y América del Sur empiece a destacarse como consumidor importante, siempre habrá alguien dispuesto a recurrir a la corrupción y a la violencia para abastecer un mercado que eleva la cotización de la droga cuando crecen los obstáculos y las incautaciones, en tanto que poco se hace para controlar el enorme flujo de dineros o para educar a la juventud sobre los peligros que tal demanda acarrea.
Por eso es oportuno que los gobiernos de Estados Unidos y de los demás países consumidores aumenten sus aportes para frenar la producción de narcóticos, además de intensificar las campañas de prevención contra la drogadicción.
De lo contrario, la sangrienta experiencia que vivió Colombia en los años 80 y 90 y que ahora enluta a la sociedad mexicana se seguirá repitiendo en muchas partes, porque los carteles del narcotráfico continuarán expandiendo su poder.
Es evidente que en tanto la comunidad internacional no tome conciencia de esta realidad, la lucha de naciones como Colombia tendrá que enfrentar sinsabores como las cifras de la Unodc.
Y no habrá manera de evitar que Venezuela se convierta en corredor ideal para el tráfico de narcóticos, ante la permisividad de sus autoridades. O que otras sociedades se amparen en un supuesto pensamiento libre para promover la legalización de la droga, mientras el vicio sigue matando 200.000 personas cada año y financiando las peores formas de organización criminal contra la democracia.
Editorial El País. Julio 5 de 2008
Editorial El País