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Valerio Mejía Araújo
Valerio Mejía Araújo
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“Y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los secaba con sus cabellos; y besaba sus pies y los ungía con el perfume” San Lucas 7.38

Nos encontramos aquí con un relato fascinante, acerca de la búsqueda, el reconocimiento y la genuina adoración al Señor.
Consideremos lo que Jesús dijo a la mujer “pecadora” que rompió el vaso de alabastro para ungirle. Los mismos discípulos estaban tan confundidos por la acción de la mujer que tocaba a Jesús que hasta la rechazaron, pero Jesús no sólo aceptó, sino que defendió y habló a favor de la mujer enfatizando su acto de adoración.

Dios desea nuestra devoción y nuestra adoración y esta mujer logró tocar el corazón de Dios, marcando con sus lágrimas el camino del arrepentimiento y desechando su propia gloria para alcanzar la gloria del Señor.

Hoy quiero animar a cada lector, a todos aquellos buscadores sinceros que pueden estar a sólo unas pocas pulgadas espirituales del encuentro de toda su vida… si queremos ver el rostro de Dios, entonces sigamos el ejemplo de esta María a los pies del Señor. Saque su frasco de alabastro lleno de preciosa alabanza y adoración sacrificial, porque hay alguien digno de recibirlo.

María tuvo que ejercitar humildad para lavar los pies del Señor y secarlos con su cabello, utilizó algo tan preciado como su cabello para limpiar y secar los pies del Señor. Los caminos polvorientos y llenos de excrementos de animales demandaban que en las casas de estrato medio existiera un empleado para lavar los pies de los visitantes. Jesús dice con claridad que cuando entró en casa de Simón, nadie lavó sus pies. Pareciera que Simón quería tenerlo en casa pero sin honrarlo.

Por mucho tiempo, nosotros mismos le hemos pedido a Dios que esté presente en nuestras reuniones del templo y en las casas, pero nunca ubicamos su presencia en un sitio de honor. Esto significa, que lo que en realidad queremos es su sanidad Divina, sus dones sobrenaturales y todas las cosas milagrosas que Él puede hacer, pero en realidad no tenemos el interés de honrarlo.

Me pregunto si cuando María rompió su vaso de alabastro que contenía el precioso perfume de nardo puro y dejó caer sus lágrimas sobre los sucios pies del Señor, también se dio cuenta de la falta de respeto que se había mostrado con Jesús, aunque era un huésped en aquella casa.

Tomó el desdén y la falta de respeto público para Jesús en aquel lugar como asunto suyo y removió toda evidencia del rechazo público hacia Él con sus lágrimas y su cabello.

De la abierta reprensión que Jesús hace a su anfitrión, nosotros podemos derivar tres ingredientes para alcanzar la adoración: Primera, agua para lavar los pies. A falta de agua, buenas son las lágrimas. El agua es símbolo de pureza y transparencia, de limpieza y decoro. Es indecoroso entrar a la presencia del Señor, con los pies sucios, así que necesitamos lavar nuestros pies con agua pura. Purificarnos de toda intención, motivos y conductas.

Segunda, beso. El beso era símbolo de amistad y cariño, de familiaridad y confianza. Se recibían las visitas con ósculo santo. Es necesario acercarnos con confianza y amistad, sabiendo que es real y que es galardonador de los que le buscan.
Tercera, el aceite. Símbolo de la unción y de la presencia. Necesitamos entrar a su presencia con la ayuda de nuestro amigo el Espíritu Santo, con reposo y paz en nuestro corazón.

María tuvo que llegar al punto en que su pasión le hizo olvidar de la audiencia para caer a los pies del Señor suplicando misericordia y perdón. Igual nosotros, debemos permitir que nuestro amor explote, saquemos ese recipiente de cosas preciosas y rompamos nuestro propio vaso de perfume de alabastro para honrarle a Él, en una demostración pública de pasión personal.

Amado amigo, Dios no quiere nuestra religiosidad, sino nuestra adoración. Y la única adoración valedera es la que proviene de un corazón contrito y humillado, por lo tanto hoy te invito a que le brindes a Él tu mejor adoración.

Tal vez quieras decirle conmigo: “Querido Dios, hoy me postro ante tus pies y te brindo mi mejor adoración. Amén”

Si Él escucha el ruido que hace tu vaso de alabastro al romperse y si nota el sonido al inclinarte para colocar de lado tu propia gloria, lograrás atraer su atención y detendrá cualquier actividad para visitarte, porque Dios no puede pasar por alto un corazón humilde y dispuesto para adorarlo.

Te mando un abrazo y bendiciones de lo alto. ¡Adoremos!

valeriomejia@etb.net.co

Valerio Mejía Araújo

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