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Elio Díaz Granados
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Aquel pasado
23/06/2008
Cómo me aterra el adelanto que llevamos en nuestras vidas. La ciencia y la tecnología en especial avanza escalonadamente en pro y en contra de la evolución de la humanidad.
Cuando compramos un computador portátil o un celular última tecnología, resulta que no hemos terminado de manejarlo a fondo, cuando ya ha salido uno mucho mejor, e inclusive a menor precio.
Recuerdo la llegada de la telefonía celular a nuestro país, los primeros privilegiados fueron senadores y representantes a la Cámara, presidentes de multinacionales entre otros, era verdaderamente un lujo, ninguna persona de escasos recursos económicos tenía la posibilidad de fantasear con uno de estos aparatos que por cierto eran bastante grandes y bien pesados en comparación con los que hoy disfrutamos.
Todo esto me parece maravilloso, pero lo que no comparto de ninguna manera es que nos dejemos contaminar de este desarrollo en nuestra cultura amorosa, (la relación de pareja), hoy por hoy los afectos son cada vez más lejanos, desechables, simples e impuros.
Cada vez que acaricio este tema despierto el recuerdo de los abuelos, donde nada era pasajero, se prometían amor para toda la vida, la pasión la convertían en una enfermedad, quizás la única que no hacia daño, se pronunciaban un te amo en cada mirada tierna, noble y sincera.
La humildad era el mayor tesoro de ambos. Vivían el uno para el otro. Cuando lograban la hora de darse el primer beso era por que estaban frente a un sacerdote recibiendo la bendición y aquella frase celebre: “hasta que la muerte los separe”.
Al cabo de muchos años llegaba el momento de separarse, lo hacían porque la naturaleza les recordaba la ley de la vida y ellos orgullosamente la aceptaban y se preparaban para aquel descanso eterno, por lo general partía él primero, nunca comprendí por qué, pero a los pocos días surgía ella como imaginándose que su esposo la escudriñaba ansiosamente por toda la casa y como podía ella dejar esperando al único amor de toda su vida.
La crianza la convertían en el eje fundamental del desarrollo del ser, los valores los inculcaban paso a paso sin abandonar alguno en el camino, fue por esto que la palabra se convirtió en la mejor referencia del hombre, donde nunca hubo la necesidad de firmar algún documento ni nada en los negocios, por que la palabra de caballero era suficiente.
Desafortunadamente, esta tradición ha desvanecido con el tiempo, historia que debería regresar pero ya es inadmisible.
Yo recomiendo a mis queridos lectores que rescatemos de aquel pasado culto, dos elementos esenciales para este presente confuso: El amor puro y el respeto sano.
Además de estos dos elementos indispensables agreguémosle un materialismo vital, porque les recuerdo que en una familia puede haber incontable amor y mucho respeto pero si no hay esa base económica valiosa para sobrellevar una vida digna, como es la alimentación de todos los días, pagar los servicios públicos, el arriendo (para aquellos que no tienen casa propia), colegio de los hijos, ropa, zapatos, tarjetas de créditos, salir de vacaciones, salir los fines de semana a comerse por lo menos un helado, se va convirtiendo la relación en un problema y empiezan las falencias dentro del hogar como son las discusiones entre parejas.
El amor y el respeto debe ser recíproco, nadie puede dar más de lo que da el otro, porque se genera un desequilibrio y la balanza siempre debe estar equitativa.
Insisto, los tres mecanismos son esenciales y cada uno trabaja conectado al otro, de manera que no pueden fallar ninguno de los tres. De estos, el único que puede ser remediado es el materialismo vital, por que los dos primeros son naturales, nada los puede comprar, se cultivan en ti desde que naces. Aquel que fue criado con amor y respeto eso mismo va a generar en su proceso como individuo.
Por eso no comparto con aquellos que dicen que el amor y el respeto se adquieren porque tienes un buen sueldo, una gran herencia, ya tienes asegurado tu futuro amoroso. Solo construyes un sueño falso, con intereses, sin esas bases nobles que son el alma de la relación.
Lamentablemente cada día crecen hogares desarticulados, por la penuria del amor, el respeto y ese materialismo vital, dejando a la deriva el sueño de los niños como es crecer felices al lado de sus padres compartiendo cada pregunta ingenua, cada grito de felicidad cuando ríen a rienda suelta.
eliodiazgranados@yahoo.es
Elio Díaz Granados