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Valledupar,
Alberto Atuesta Mindiola
Alberto Atuesta Mindiola
Opinión del 02/06/2008
El 13 de mayo de 2008
Opinión del 20/05/2008
MARIANGOLA 1968
El secuestro
11/06/2008

Uno de los más famosos secuestro en la historia fue el del hijo de Lindbergh en 1932, un suceso que conmovió la médula de la humanidad. La solidaridad fue universal. Los autores de este atroz crimen se los tragó la vorágine.

Jamás imaginamos que este flagelo nos podía tocar, siempre pensamos que delitos de este tamaño eran imposibles en nuestro entorno.

Hace muchos lustros fue secuestrado en Valledupar un inminente profesional, el médico Guillermo ‘Memo’ Castro, querido por el pueblo, no por ser miembro de una familia prestante de la ciudad, sino por su don de gente y deseo de servir. Se dio y vivió para su profesión. Atendía gratis a  los estudiantes de todos los colegios públicos de la ciudad.

Con su secuestro se despertó una solidaridad general acompañada por la ira en contra seres inhumanos que cometían injusticias con una persona cuyo oficio era servir y ayudar  a los humildes. De pronto todo un pueblo marchaba por las calles, por los caminos veredales,  era un ejército de voluntarios buscando a una víctima no merecedora de un castigo tan cruel.

Más temprano que tarde se dio con el personaje y gracias a  Dios los verdugos le habían perdonado la vida.

Este secuestro tocó la sensibilidad y el afecto del pueblo. Pensamos que sería el primero y el último. Equivocados estábamos. Después siguió una cadena de secuestros. Fueron tantos que a nadie le importaba, se consideraba como un viaje obligado a la manigua donde debían de desfilar todos los que tenían una cuenta bancaria, no importaba la cantidad.

Unos contaban la historia, otros sufrían la flagelación en silencio. Este silencio fue el cómplice de la proliferación  del delito que luego se convirtió en un negocio muy rentable. El secuestrador es un torturador, un ser de afecto plano.

El secuestrado es tratado como un animal, atado, encadenado a un árbol, custodiado por un indolente con un fusil que no vacila en pegarle un tiro en la sien ante el amago de cualquier rescate.  Vivir estos momentos en la peor tortura a que puede ser sometido un ser humano. La indeferencia es la compañera del silencio que alimenta e incrementa este tormento.

El secuestrado es el vecino, no nos importa. No es de nuestra familia. Este es el mundo del individualismo, así se abona para ver día a día crecer la delincuencia y los maleantes se pasean orondos con  vestidos nuevos y nadie tiene el valor de señalarlos. No tiene sentido, la justicia es temerosa, solo castiga a los marginados.

El secuestro tiene que acabar, no habrá guarida para esconder al secuestrado. Esto se dará cuando haya valor. Cuando la solidaridad sea un estandarte, el silencio debe ser sepultado por el grito de la multitud pidiendo justicia. Cuando el pueblo se une los delincuentes  desaparecen. No hay impunidad si una comunidad se agrupa para buscar un grupo de ratas malévolas causantes del temor y la intranquilidad. Si perdemos el miedo de denunciar al que transgrede la ley, podemos ver  en la oscuridad e identificar al enmascarado. Así conseguiremos  una sociedad más igualitaria, más justa, más humana.

Alberto Atuesta Mindiola

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