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José Félix Lafaurie Rivera
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Grilla de ganadores y perdedores
26/05/2008
La discusión mundial sobre los biocombustibles está cargada de humo blanco. El único consenso real es que no existe ninguna prueba científica final sobre ningún tema. Sigue siendo un asunto de vieja data, pero de reciente formación. Por este camino, no sabemos cuánta subjetividad y terrorismo ideológico nos están vendiendo a los países en vías de desarrollo, los únicos que en el balance mundial –ambiental, agrológico y climático– tendrían las condiciones para explotarlos. Una razón plausible que, dicho sea de paso, hace inviable extrapolar al tercer mundo, el impacto que ha tenido su desarrollo en las economías industrializadas.
La sensación es que más allá de las múltiples posiciones divergentes, en ámbitos como el económico, político, social, ambiental y agropecuario, se ha mantenido soterrado el tema ético. Una arista que, por el momento, se ha quedado en la supuesta “rivalidad de producir alimentos para las personas o para los automóviles”. En el limbo jurídico quedó, entre otras, la posibilidad de poner freno al apetito de las multinacionales y a la colosal danza de recursos monetarios que destinan los países ricos en subsidios, aranceles, cuotas y otros mecanismos de protección, por encima de las disposiciones de la OMC.
El modelo de los pulpos trasnacionales, basado en el desarrollo de patentes de semillas, transgénicos y clones y de concentración de la producción y comercialización de granos, agroquímicos y productos veterinarios, no sólo genera dependencia tecnológica y dominación económica, sino además, aumento en la contaminación y peligros para la soberanía nacional y la seguridad alimentaria global. Es, además, el mismo sector que está usufructuando, a manos llenas, las ganancias de la inflación de alimentos y las crecientes cotizaciones del crudo, mientras los productores rurales enfrentan los progresivos sobrecostos que imponen estos oligopolios a los agroinsumos.
En la actualidad 20 compañías controlan el 75% del mercado global de vacunas, aditivos alimenticios biológicos, medicinales y nutricionales para ganado, cerdos y aves. Seis de ellas participan con el 40% del total de las ventas. El 66% de la torta mundial de plaguicidas lo comparten cinco grandes con ventas que superan los US$23.000 millones; en tanto que en semillas, cinco mantienen el 40% del mercado global. Pero hay más, también distribuyen alimentos. En 2007, por ejemplo, una sola empresa generó ingresos por US$378.800 millones. Es decir, 2.2 veces el PIB de Colombia en ese año.
Hoy estas mismas compañías miran incisivamente hacia América Latina y El Caribe, en donde se calienta el negocio de los agrocombustibles. El asunto es que la nueva industria se enfrenta a un clima incierto para su uso y masificación, a una institucionalidad precaria y políticas públicas crudas, en pueblos socio-económicamente frágiles. Un entorno que podría repercutir en la privatización de las ganancias a manos de las multinacionales y en una amenaza al objetivo del desarrollo económico, que no es otro que el bienestar general.
Qué vengan los inversionistas. Pero antes urge, por un lado, reforzar nuestra posición para negociar la aplicación de la tecnología y la socialización de los beneficios globales, entre otros. Nada distinto a investigar, regular y diseñar las estrategias para abordar el tema de manera orgánica y favorecer un modelo de desarrollo para los biocombustibles sostenible y sustentable ambiental, tecnológica, económica, social y comercialmente en el tercer mundo. Y, de otra parte, presionar el desmonte de los subsidios en los países ricos y el ascenso de una política justa de producción y comercialización. En últimas, los causantes de las distorsiones en los precios y la oferta de alimentos en el planeta.
*Presidente Ejecutivo de FEDEGAN
José Félix Lafaurie Rivera