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Valledupar,
Jairo Tapia Tietjen
Jairo Tapia Tietjen
Opinión del 14/05/2008
¿Por qué nos quitan a Plutón?
Opinión del 22/02/2008
Julio Oñate, cultor del folklore
Con talante mexicano (parte I)
24/05/2008

En la muy noble Villa del Espíritu Santo o El Pueblito, apelativos atribuidos al ser geográfico que con permanencia se sostuvo en la mente añorante de tantos paisanos que veían con asombro el crecimiento incontenible de aquel caserío que inicialmente conformó Palmira y luego se le agrega Machiques, en lo que a mediados de los 60 constituiría el hoy municipio de Agustín Codazzi, segregado de Robles, en el Viejo Magdalena.

Para tales calendas nuestra insaciable curiosidad se nutría de sensaciones imborrables casi cotidianas para que hoy puedan ser recordadas con nitidez. Impresiones tan vívidas como caminar por un pueblo de calles empedradas, un mercado abarrotado de personas desde muy temprano, las multitudinarias procesiones y desfiles cívicos con bandas escolares y sus jóvenes uniformados; las dos iglesias en ruinas que finalmente culminan en la de hoy con dos grandes reestructuraciones lideradas desde ha décadas por sus sucesivos párrocos y, finalmente, las reminiscencias musicales que provienen directamente de sitios como “La Tranquilidad”, irónico nombre para un bar o cantina ubicada en parte céntrica del poblado, que irradiaba la violencia en sus saturnales fines de semana.

Es destacable que a pocas cuadras se ubicaba el sitio recreacional colectivo más popular, cercano a la residencia de Miguel Chinchía, y poco distante al camino a la Serranía de Perijá, surtida por la inagotable acequia que dividía el pueblo, adonde acudían ambos sexos a disfrutar de un buen baño con muestras de caballerosidad y respeto entre muchos miembros jóvenes y adultos de su comunidad.

Y es sobre afamadas piezas musicales del folklore mexicano junto con algunas pocas de las nuestras el objeto de esta crónica. Tema surgido a raíz de un programa musical que orienta nuestro admirado Eduardo Vidal, que nos traía el recuerdo de, entre otras, a “Adelita, Corrido de Michoacán”, lo cual de inmediato estimuló nuestra imaginación para tararear retazos de ‘La cama de piedra’, ‘El jinete’, ‘La calandria’, ‘Una raya en el agua’, etc., escuchadas y coreadas desde la silenciosa noche que hasta nosotros, a pocas cuadras, nos traía el eco desde la afamada ‘Tranquilidad’, que poco después sería reemplazado por el potente eco despedido de los parlantes manejados por “Ringo” y su hermano José Rodríguez, desde el Cine Tiyico, y que en nuestra ignorancia poco asociábamos con las profundas ataduras que en nuestra cultura y folklore tienen tales expresiones vinculadas con Eros y Tánatos.
Proust nos legó la consideración de que la literatura nace de la infancia perdida que la memoria recobra como cuando nos deleitamos oyendo un tema musical determinado. Perspectiva siempre presente en la condición humana y su precariedad y que Holderling nos plantea: ”El hombre es un príncipe cuando sueña y un pordiosero cuando intenta realizar sus sueños”.

Pocos pueblos en la cultura latinoamericana tan cercanos al culto de la muerte como el mejicano, hasta el punto que toda una familia se reúne alrededor de una tumba a degustar deliciosos platillos con tequila, mientras los mariachis le cantan al difunto. Este culto se manifiesta en su gastronomía y artesanías en diversas formas y, especialmente en sus canciones, sin que sea posible emplear calificativos de barbarie puesto que es expresión cultural paliativa para pueblos tan reconocidos en su civilización y muy refinados como el germano, como nos lo cuenta W. Benjamín, que mientras masacraban y desmovilizaban miles de familias judías, les hacían escuchar los acordes musicales clásicos de su inmortal repertorio.

*Esp.Estudios Literarios jttvillstoeccehomo@hotmail.com

Jairo Tapia Tietjen

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