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Alberto Atuesta Mindiola
Alberto Atuesta Mindiola
MARIANGOLA 1968
20/05/2008

En 1968 sucedieron muchas cosas. Un año con doce meses como todo, fue muy corto para tantos accidentes. En Francia, unos pequeños burgueses, estudiantes de prestigiosas y costosas universidades, quisieron divertirse poniendo barricadas adornadas con flores, más tarde se convirtieron en fogatas.

Un movimiento comandado por un pequeño grupo de riquitos se tornó en una vorágine incontenible que arrastró una transformación  de la sociedad, de la familia y del individuo.

Comenzó en la universidad de Nanterre por un problema  de números en las notas de calificaciones. Muy pronto se  ampliaron los objetivos, el cambio del sistema de gobierno autoritario de general Charles de Gaulle, aunque llamó al pueblo a un referendo y salió triunfante en pleno caos, se murió de tristeza al año siguiente. Se escribieron eslogan como el zumo del anarquismo, “prohibido prohibir” o la filosofía de la utopía “seamos realistas, pidamos lo imposible”.

 En mayo de 1968 las principales ciudades francesas fueron sacudidas por un  tsunami que comenzó con una simple ola para convertirse en una fuerza avasalladora, marcó un antes y un después.

A esos aprendices de burgueses se le unieron los obreros, sindicatos, desempleados, inconformes que sin saber lo que buscaban se fueron dando los hechos con ayuda de la ceguera gubernamental que  no toleró el diálogo y pensó en la solución del garrote y el cierre de las universidades.

Cuando a la multitud se le azota siempre hay solo dos caminos, salen todos corriendo y se  esconden en su madriguera olvidando sus reclamos o la sangre derramada sirve de abono para aumentar el inconformismo y la ira, llegan al aglutinamiento que se convierte en anarquía y no hay muralla para contenerla.

Del reclamo por unas calificaciones escolares, surgieron movimientos que estaban reprimidos y tenían temor de gritar, solo murmuraban en silencio. La juventud se dio a la pela, por denunciar la barbarie de  la guerra de Vietnam, un estado súper poderoso, prepotente, masacrando con bombas de quinientos kilos a unos héroes que se defendían con flechas y con el arma más poderosa del hombre: El valor y la dignidad.

En 1968 fue el auge del hippismo, aunque no trajo ningún beneficio social  creó un boquete para la liberación sexual, el cambio de la concepción familiar, la búsqueda de la felicidad efímera a través de la droga y la música o ruido ensordecedor con guitarras eléctricas sin notas y baterías sin armonía.

El LSD convierte el trueno en una melodía y el relámpago en una pintura, lo vertical se horizontaliza y la pirámide termina apoyada en su vértice superior. De ese año solo queda como recuerdo la violencia. El comienzo de una guerra injusta y cruel. El asesinato de un provocador de la barbarie como  Robert Kennedy y la muerte de un predicador de la paz, la convivencia, de la pacificación y de la igualdad como Martín Luther King.

 Ya van 40 años  y seguimos en lo mismo. El imperio masacrando pueblos inermes como los iraquíes y los afganos, demostrando un poderío que poco a poco se lo va tragando la tierra movediza donde quedan atascados los infernales tanques, las pistas de los aeropuertos se achican y sus inmensos aviones se los comen el oxido. Al final sus soldados salen corriendo para montarse en el  tren de aterrizaje del último helicóptero. La guerra siempre ha sido el mejor negocio para los poderosos. La industria militar aumenta su ganancia en progresión geométrica. Los generales nunca mueren en la guerra.

Los muertos son los negros y los latinoamericanos que el ejército norteamericano pone de carne de cañón. Las víctimas son los indefensos, los que temen, los que huyen, los campesinos que nunca han utilizado un arma de fuego, sin embargo aparecen en primer plano en los principales medios noticiosos estirados como árboles caídos con botas negras y con un fusil o una pistola nueve mm en la mano izquierda a pesar de ser derecho el difunto.

Alberto Atuesta Mindiola

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