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José Félix Lafaurie Rivera
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Turno para el Sur
20/05/2008
El debate sobre los biocombustibles traspasó los círculos especializados y hoy es tema permanente en la agenda pública mundial. No obstante, a diferencia de los años setenta, cuando se les atribuía efectos benéficos en materia ambiental y de seguridad energética, en los últimos seis años han debido enfrentar el juicio de sus contradictores. Se les acusa de la galopante inflación de los alimentos y de las revueltas en algunos países en desarrollo. Pero la cuestión de los commodities es más compleja. Urge sincerar la discusión, a la luz de una alternativa de producción para los países en desarrollo, que bien podría significar un nuevo y boyante modelo de desarrollo rural y de reducción de la pobreza.
La escasez de alimentos y los altos precios de los commodities son innegables. Los disturbios en Asia, África y América Latina son una manifestación de ese malestar. La tendencia se inició en 2002. Desde entonces, las cotizaciones de los alimentos se han elevado 65%. Según la FAO, los lácteos aumentaron 80% y los granos 42% sólo en 2007. Naciones Unidas habla de un repunte en los precios alimenticios globales de 35% para el primer mes de 2008. En Colombia, que no ha escapado al virus, la variación del IPC de alimentos ha sido del 43% desde 2002.
Pero qué hay detrás de esta burbuja. Una combinación de factores, unos coyunturales y otros estructurales, que más allá de la bioenergía, se fermentaron al calor del olvido del campo: el mal clima, con sequías o lluvias asociadas al calentamiento global; la influencia de los especuladores de granos y otros alimentos primarios en el mercado de futuros, con los fondos de inversión en USA; y los elevados precios del petróleo y los combustibles que incrementan el transporte y los insumos para la producción de alimentos, como los fertilizantes derivados del crudo.
Pero quizá el factor más influyente es la creciente demanda de alimentos derivada de una ascendente población global, la emergencia de una clase media, mejor paga, en varias economías en desarrollo, la industrialización China y, en menor medida, de India y las economías petrolíferas emergentes como Arabia Saudita y Rusia. Sólo China crece, desde 1989, al 9% anual y este año puede llegar al 10%, suma cada año 8 millones de habitantes y sus importaciones de alimentos aumentan 15% anual, especialmente en alimentos y granos. Con apenas 7% de tierra cultivable y una quinta parte de la población mundial, es y será un importador neto de productos agropecuarios.
El asunto es que la escalada de los precios de los alimentos no da muestras de retroceder. La tendencia durará otros siete u ocho años según el Banco Mundial. Y es que ante la estampida de compradores, urge aumentar la producción de alimentos y desarrollar un mercado internacional más competitivo. En otras palabras, desmontar los impactos locales de un modelo mundial de producción de alimentos, basado en los subsidios de las naciones ricas, que ocasionaron las distorsiones en la demanda y la oferta, deprimieron los precios de los bienes agrícolas y desalentaron la producción en el Sur. Sólo desde 2000 y hasta el primer semestre de 2008, las ayudas fiscales de Estados Unidos a la producción agropecuaria, sumaron US$569 mil 476 millones.
Desmontadas las subvenciones –incluso como un efecto deseable de los buenos precios mundiales de los alimentos– las áreas rurales del “Sur”, donde vive el 80% de los pobres del mundo, estarían listas para aumentar sus stocks de comida para el mundo. Pero, además, para incursionar en igualdad de condiciones, en el próspero negocio de los agrocombustibles, aprovechando las privilegiadas condiciones del trópico, donde se encuentran ubicadas en su mayoría. Sin comprometer los bosques, la seguridad alimentaria y la multifuncionalidad de la agricultura, los efectos sociales y económicos del nuevo escenario, tendrían un formidable efecto sobre pequeños y medianos productores rurales, en la generación de empleo, estabilidad social y económica y hasta en el cumplimiento de las Metas del Milenio.
* Presidente Ejecutivo de FEDEGAN
José Félix Lafaurie Rivera