|
Julio Oñate Martínez
|
|
 |
Un jurado con visión de icopor
15/05/2008
Uno de los primeros músicos de viento que se destacaron en la historia musical de la vieja Provincia de Padilla fue el guajiro Encarnación Bermúdez ‘Ción’, quien hacia 1926 compuso el célebre ‘Pilón Riohachero’, quizás la primera pieza conocida del repertorio de nuestra música criolla.
El gran compositor fonsequero ‘Chema’ Gómez en sus pininos con las corcheas y los bemoles acompañaba a un grupo de paisanos que allá en su pueblo amenizaban tertulias y serenatas. A comienzos de 1940 tuvo oportunidad de asistir a las fiestas que los indios celebran en Atánquez durante el mes de mayo, experiencia gratísima para él ya que el sonsonete de las melodías indígenas realmente lo cautivaron al punto que él mismo afirmaba: “esa musiquilla de los indios la cogí prestada para ponerle la letra del ‘Compa´e Chipuco’, mi canción más conocida. Igualmente, otras obras bastante antañonas como ‘La Pava Echá’ o ‘Zumba La Pava’, lo mismo que ‘La Mujer Amarilla’, surgieron en la colectividad provinciana pero sus líneas melódicas están más cercanas al carrizo que al acordeón.
Por allá en 1938 en los confines del país vallenato, Abel Antonio Villa en su pueblo Piedras de Moler ya tocaba una puya instrumental que los indios con sus gaitas interpretaban en la fiesta del pueblo. Posteriormente, en 1944 le puso letra y con el nombre de ‘Mi negra linda’ la llevó al disco, siendo la primera puya grabada en el génesis de nuestra fonografía.
He querido traer a colación esta pequeña muestra de históricas reseñas que testimonian la presencia indígena en el vallenato, porque sé que son desconocidas por los distinguidos miembros del jurado que en el reciente festival, en la primera ronda eliminatoria de la categoría infantil descalificaron al niño Wayuú de nueve años, Maín Hernández Uriana, y al pequeño invidente de ocho abriles, Juan David Atencia, que ya toca, compone y canta, ambos alumnos del ‘Turco’ Gil, quienes no obstante tener buen dominio del acordeón, aún no alcanzan el nivel de los triunfadores en ésta franja.
Si bien es cierto que en el Festival sólo suben al podium los que exhiban mayor destreza, hay situaciones como la descrita en que no basta solamente el conocimiento para calificar bien, se necesita contemplar el aspecto humano, tener una visión más allá de lo parroquial, ecuanimidad, lucidez y saber dimensionar las cosas en su momento.
Podrían imaginarse los señores del jurado de quienes ignoro sus nombres, el impacto mundial que tendría ver un indiecito con guayuco y todo orgulloso de su estirpe en una final de categoría infantil, hoy que la comunidad internacional lucha enconadamente por la reivindicación social, cultural y geográfica de las etnias indígenas, o tal vez desconocen que el guajiro hace parte de la cultura vallenata actual, pues tan guajiro es Francisco El Hombre, Luis Enrique Martínez, Leandro Díaz y Colacho Mendoza, como el pequeño Wayuú que fue descabezado con el celo de aquel computador que hace algunos años eligió en Estados Unidos a Israel Romero como el acordeonero más rápido del mundo. O acaso olvidaron lo que nos dice el sabanero Adolfo Pacheco en su preciosa obra “Fuente Vallenata”:
El indio del corozo para ti
la caña entrecortó sin la esperanza
que fueras a recibir
el son de la guacharaca
por eso este instrumento es para mí
el rey de la parranda vallenata.
En este momento en que por falta de brillo y protagonismo tambalea la Categoría Vallenato en la Academia del Gramy, que saludable hubiera sido ver al cieguito acordeonero, el más aplaudido en su única presentación o al niño del guayuco ripiando nota por los sesenta y cuatro canales de televisión que hoy llegan a todo el planeta por la magia del satélite presente en el festival.
En 1972 fue el rey infantil Luciano Poveda, mientras que ‘El Chiche’ Martínez siendo el más diestro pero abusando del tiempo en la ejecución fue relegado al tercer lugar en tanto que todavía chupando dedo y balbuceando notas en el teclado a la entonces niña Yeni Cabello se le otorgó el segundo puesto, por eso, por ser una niña que reafirmaba el espacio que la mujer tiene en el folclor vallenato.
No dudo de la buena fe que los miembros del jurado en cuestión hayan tenido al proceder en este trance pero con esa visión de icopor que no va más allá de la plaza ‘Alfonso López’ hoy son censurados por la mayor parte de la gente que pudo ver este festival.
manuelitomanuelon2@yahoo.com
Julio Oñate Martínez