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José Félix Lafaurie Rivera
José Félix Lafaurie Rivera
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“Calentura electoral”. Así se llama el problema que tiene congelado el TLC de Estados Unidos con Colombia. El duelo Obama/Clinton por las primarias de Pennsylvania, hizo inevitable el radicalismo de los demócratas, en la plaza pública y en el legislativo. En su discurso se estaban jugando los resultados de este martes, por el feudo de un Estado con un núcleo obrero significativo y los sindicatos más representativos. La discusión atada a una inusual ética –afectada por la presión de los “lobbyistas” y lo que pareciera ser una ofensiva neoproteccionista– nos tiene en ascuas. Pierde Colombia, pese a los esfuerzos de la política de Seguridad Democrática, que ha permitido disminuir la criminalidad y fortalecer la democracia y los derechos constitucionales.

Y es que si en algo ha fallado Colombia, ha sido en no repicar sobre el verdadero germen y alimento de nuestra violencia: el narcotráfico. Un fenómeno en el que tienen igual responsabilidad los grandes consumidores de drogas, como Estados Unidos.

Ese mismo narcotráfico que financia a los victimarios, de derecha y de izquierda, que desde hace medio siglo habilitaron métodos terroristas contra la población civil y un Estado legítimamente constituido. Grupos armados y delincuentes que salpican con su barbarie a nuestros vecinos más próximos y hasta los Estados Unidos, con un saldo incalculable de muertos, secuestrados, viudas y huérfanos, de todo linaje y no sólo sindicalistas.

No obstante, bajo el prurito inverosímil de proteger a los sindicalistas colombianos, un pobre país andino, saltó a la palestra del debate político americano. Los quince minutos que mojamos prensa, no fueron para hacer alusión al tema comercial. A fin de cuentas, nuestras ventas al coloso del norte no superan el 1% de sus importaciones totales. La discusión se dio con argumentos éticos, de derechos humanos y hasta laborales. Como si por definición el comercio tuviera moral.

Fue el “caballito de batalla” en el momento propicio para los dirigentes demócratas, que buscaban retribuir y ser complacientes, con sus grandes benefactores: los sindicatos industriales americanos. De ahí que los demócratas echaran mano de mayores exigencias al presidente Bush, para ampliar el programa de Asistencia por Ajuste Comercial. Un sistema de compensaciones, en donde los trabajadores del sector industrial no son los únicos beneficiarios, sino también los burócratas.

Por estos caminos, aguaron un mecanismo urgente y conveniente para Colombia. Me pregunto ¿cuál puede ser el efecto de firmar un tratado con fuertes salvaguardias laborales y una economía 43 veces más pequeña? Doble rasero, es el juego. No sólo en lo comercial, sino en derechos humanos. Y en cambio, sí nos pueden dejar expuestos a un escenario con enormes asimetrías, en un vecindario que empieza a gozar de la apertura del mercado americano y de inversión creciente. Con lo cual el algoritmo abstracto, de alcanzar medio punto más de crecimiento, pasa a ser secundario.

Otra habría sido la reacción sin la coyuntura de la campaña, sin el interés publicitario, que terminó por sobredimensionar los supuestos efectos del TLC y si alguno de los dos aspirantes hubiese presentado una clara ventaja en la reñida definición de la candidatura demócrata. Pero ni siquiera los comicios de Pennsylvania, dieron tranquilidad a ninguno de los dos adalides del cierre de la economía norteamericana. Una postura que, dicho sea de paso, resulta sorprendente en la exprimera dama.

Quizá y sólo quizá, hasta cuando pase el aluvión de las urnas, podamos ver luz al final del túnel. Entonces, podremos pasar a temas álgidos. Como el de honrar lealtades, producto de las alianzas estratégicas que sí necesita Estados Unidos en el continente. Un hecho simbólico de reconocimiento, al enorme costo que ha pagado Colombia en su lucha contra el terrorismo y el narcotráfico. Una lucha, por demás, en solitario. Pero es una realidad que no ve la prepotencia de la señora Pelosi, ni el afán de proteger los votos y la financiación de la campaña.

* Presidente Ejecutivo de FEDEGAN.

José Félix Lafaurie Rivera

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