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Dubis María Medina Cuadros
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El ejercicio adecuado de la autoridad
07/04/2008
“Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. Pitágoras
En las últimas décadas, intentando encontrar una forma más adecuada de educar, se ha pasado del “ordeno y mando” a negociarlo todo. Caemos en una especie de diálogo entre “desiguales” que, en una errónea pretensión de aparente correspondencia, termina por consentir en todo lo que el niño reclama. Hay un continuo entre la amenaza autoritaria (“como vengas un minuto después de lo estipulado la tendrás conmigo”, “como no trabajes te quedas sin recreo”) y la tolerancia permisiva (“pero ven pronto ¿vale?, “yo no se que hacer contigo”…)
Los padres y maestros intentan evitar el conflicto cediendo. Abdican de su autoridad en un exceso de permisividad que a veces resulta alarmante. Se consiente demasiado para no “traumatizar”, para evitar “males mayores”, para acabar cuanto antes con la discusión.
Hoy en día se está poniendo mucho énfasis en el tema de la autoridad a la hora de educar a los hijos y estudiantes. Es sin duda, un tema de especial preocupación, pues se nos está saliendo de las manos la formación de nuestros hijos y pupilos.
Muchos padres y maestros podrían confundir tantos mensajes sobre la necesaria autoridad con la aplicación de castigos, asociado a frases del tipo: “se va a llevar su merecido”, “él o ella se lo ha buscado”, “así aprenderá a respetarme”. Tal vez logren con esa actitud una aparente obediencia y sumisión pero, en no pocos casos, la relación con el hijo y el alumno puede verse teñida de miedo, desconfianza o recelo, muy lejos de lo realmente importante cual es el Respeto.
Es necesario precisar que al hablar de autoridad en la educación no estamos refiriéndonos a ella como sinónimo de dominio, superioridad, fuerza, jerarquía o prepotencia.
En realidad estamos haciendo alusión a un verdadero poder de influencia positiva sobre los hijos y estudiantes; la autoridad va ligada al razonamiento, a la posibilidad de opinar, a la búsqueda del respeto, al sentido de la justicia y la coherencia, en fin a una autoridad que se gana y que va estrechamente ligada a la atribución de competencia a la persona que la administra, del reconocimiento de su sentido de la ecuanimidad, y de la coherencia de su conducta.
Los padres y maestros no deben actuar como jefes en lo referente a la educación de sus hijos y estudiantes, sino “liderar” la misma, lo que requiere adquirir y desarrollar una serie de competencias que son necesarias para hacerlo correctamente.
La autoridad bien ejercida logrará el respeto del hijo y alumno sin anular su individualidad, sin constreñir su personalidad. Entre la represión y la permisividad seguro que sabremos encontrar la justa medida, la precisa y necesaria combinación de exigencia y tolerancia, de firmeza y diálogo.
Podremos ganarnos la autoridad como padres y maestros si logramos convertirnos en un ejemplo y un modelo de respeto y de valores. Se trata de lograr una verdadera autoridad que dimane de la capacidad personal, del criterio, de la razón, del respeto, la coherencia y el sentido de la equidad.
No olvidemos que la educación de los hijos y pupilos se sustenta sobre algunos pilares básicos, entre los que cabe destacar el afecto, el diálogo, la autoridad, el respeto, la tolerancia, la perseverancia y la coherencia.
*Docente
Dubis María Medina Cuadros