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Fernando Londoño Hoyos
Fernando Londoño Hoyos
Defender al Presidente
26/06/2007

A comienzos de la semana que pasó tuvimos que sufrir a la CNN en español, repitiendo cada 10 minutos la gran noticia: había aparecido una nueva prueba para demostrar que Álvaro Uribe fue elegido con el dinero de la mafia. Lo decía nadie menos que la revista Semana, siempre tan ecuánime ella, cuyas páginas saltaban a la vista con las declaraciones de un hombre que no podía mentir. Porque se trataba de testigo tan insospechable como Fabio Ochoa Vasco, quien reconocía haber participado en una colecta de dólares, provenientes de la venta de cocaína en cualquiera ciudad de los Estados Unidos, y destinados a financiar la campaña de Uribe en 2002.

Ochoa es un hombre muy serio. Su prontuario criminal haría palidecer de envidia a cualquier matón, narcotraficante o asesino que quisiera competirle en merecimientos. ¿Cómo y dónde se descubre a un miserable de ese calado? Pues andando por las alcantarillas, que es su hábitat ordinario, y teniendo alma afín con ese particular entorno. Semana estaba en su salsa, y el testigo con el que engalanó sus páginas volvía a demostrar, una vez más, hasta dónde fue perspicaz Goethe en sus "afinidades electivas".

Claro que Ochoa no se acercó a la campaña. Hasta el mentir tiene sus límites. Pero sí recuerda haberle entregado al Mono Mancuso manotadas de billetes, con el propósito obvio de que por esa vía tan confiable llegaran a las tiendas uribistas. Y así queda completa la prueba, tan incontestable que sirve de noticia central para la entrega semanal de miserias que nos regala la casa López. Lo que sigue es encontrar alguien con motivos de resentimiento en la televisión de los Estados Unidos, y asunto concluido. Uribe es un paramilitar y la presidencia que ejerce, ilegítima. No podría ser de otra manera cuando lo denuncia la CNN, lo dice Semana, y Semana lo sabe de un dilecto amigo que la vida le regaló en sus andanzas por los albañales, el tal Ochoa Vasco. Lo que falta es elemental, a saber, el recibo de historia tan fidedigna por los demócratas americanos, que nos quieren tan poco, para valerse de argumentos tan contundentes para quitarnos el TLC, la ayuda militar e inscribirnos en el catálogo de los pueblos despreciables de la tierra.

El episodio no viaja solitario por los socavones de la infamia. Ya habíamos denunciado las que nos parecieron increíbles declaraciones del Fiscal Mario Iguarán en Washington, sosteniendo que los sindicalistas colombianos mueren asesinados por los paramilitares, y por los miembros de la Fuerza Pública, dentro de un propósito criminal bien concertado. Vinimos a entender de lo que se trataba, cuando repasamos el destino del dinero que los demócratas le quitan a las Fuerzas Militares y de Policía de Colombia. De esa cuantía, más de treinta millones de dólares van a parar a las arcas de Iguarán. Treinta monedas para traicionar a Jesús. Treinta millones para despedazar moralmente a Colombia. Vaya coincidencia.

Casi al tiempo, aparece en la escena el personaje que no podía faltar. Cuando el Presidente recorría las oficinas del Capitolio en Washington, el Procurador anunciaba el desentierro de decenas de investigaciones que ya tenía archivadas, que se referían al asesinato de civiles a manos de los militares colombianos. ¿Qué busca este Tartufo? Acaso otros treinta millones, como los de Iguarán, o tal vez solamente apaciguar los voraces incendios que se levantan en su alma turbulenta. Pero todo va contra Uribe, y contra Colombia. A los apátridas les da una higa maltratar a la que para los demás es tan sagrada como su propia madre.

Quieren volver pedazos al Presidente. No le perdonan muchas cosas. Como haber conquistado la paz y llevarnos al galope del 8 por ciento en el crecimiento del PIB, para desterrar la pobreza y fundar, ahí sí bien dicho, una nueva Colombia para todos. Por eso lo atacan sin clemencia. Y como no hay políticos que lo defiendan y como los grandes medios de comunicación son parte del complot, ¿qué tal si lo hacemos los simples ciudadanos?

Fernando Londoño Hoyos

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